Me gusta mirar la ciudad a la hora que empieza a apagarse… cuando el ruido de los motores se pierde y el bullicio calla. Cuando las estrellas empiezan a salpicar el cielo con polvo de eternidad.
Los recuerdos tienen la mala costumbre de colarse en el silencio, se sientan despacito junto a nosotros y provocan que los ojos lluevan inundando el alma que riega la siembra de nuestro corazón. Y ahí muy adentro se encuentran los brotes de vida, lo que con tanto cuidado procuramos cultivar y después de nuestros propios aguaceros florece.
No me gusta hablar de cosecha hasta que no sea abundante como el trigo limpio, pero sí señalaría el esfuerzo que llevó la simiente que apenas asoma.
No importaron las heladas, la sequía o los depredadores que merodeaban.
Desde el alma enraizamos tantas veces como sea necesario, arrancando las ortigas que impiden que la siega continúe.
Y así nuestro camino se va convirtiendo en un campo de posibilidades infinitas que cuando nos regale un retoño, por pequeño que parezca, sabremos con certeza que todo ha valido la pena.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
