Es un arte que ha existido desde la creación de la humanidad, es tan falso que envenena el corazón y la mente de los hombres, es la hipocresía enmascarada de halagos. Ha existido tanto social como políticamente y tiene un nombre muy sencillo, pero lleno de veneno, se llama: adulación.

En las esferas del gobierno hay hacia el político una adulación burda, donde al gobernante le dicen sus “virtudes” para ganarse su simpatía; el adulador cree que con tener la gracia del poderoso puede escalar posiciones. A esos personajes se les llama “trepadores” y existen un sinnúmero en la política. También, los falsos profetas son maestros de la adulación, le dicen al pueblo lo que quiere escuchar con el propósito de tener popularidad y controlarlo a través de la manipulación.

Nunca olvidaré la plática que tuve hace muchos años con un amigo político que se encontraba en ese entonces en la cumbre del poder y todos lo llenaban de alabanzas. Al terminar un evento y ante el sinnúmero de lisonjas le dije: “¿Abogado, no se da cuenta que lo que le dicen solo son alabanzas exageradas? Y con todo respeto, la mayoría de los elogios y cumplidos son desmesurados”.

Me miró seriamente y después, esbozando una leve sonrisa, me contestó: “Lo sé, pero hasta ahora no he podido evitar que me gusten”. En ese momento entendí que cada quien sabe lo que vale y lo que es.

La adulación apaga la luz de la razón, nunca es veraz. La alabanza correcta sale del corazón. La Biblia condena la adulación, ésta nunca será sincera, no se basa en la verdad sino en el interés de quien lo dice.

Jesús da el ejemplo, como humano fue tentado por la adulación, el diablo le ofreció poder a cambio de adorarlo. El nazareno rechazó la oferta, era un hombre perfecto. ¿Cuántos hay como Él?

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