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  • A la izquierda y debajo, imágenes de la señora Esthela Hernández Ramos, quien anteayer domingo celebró 100 años de vida rodeada de su familia, que está conformada por 11 hijos, 26 nietos y 22 bisnietos

Anteayer domingo, en la ciudad resonó una voz que no ha sido pausada por el tiempo, sino que sigue sosteniendo el brillo de la esperanza y la calidez de la fe. Es la voz de doña Esthela Hernández Ramos, quien, al igual que Diario de Yucatán, celebra cien años de historia.

Nació el 13 de julio de 1925 en el puerto de Veracruz, entre el bullicio de la calle Independencia y la brisa que saluda cada mañana al Golfo de México. Su infancia transcurrió cerca del centro, a dos cuadras del legendario Café La Parroquia, ese lugar donde tantas tertulias y romances veracruzanos se han cocinado al calor de un buen café lechero.

“Recuerdo el Hotel Diligencia y las tardes de paseo”, cuenta al Diario, con una lucidez que asombra a todos los que la escuchan hoy.

Fue hija de don José Guadalupe Hernández y doña Estela Ramos Raimer, de raíces alemanas y españolas. “De ahí vienen mis ojos, dicen”, bromea, dejando ver esa mirada clara que parece agua viva.

Doña Esthelita o Teté —como la llaman sus conocidos— llegó a Yucatán cuando apenas se asomaba a la juventud. Tenía 19 años cuando la brisa veracruzana se convirtió en brisa peninsular y el mar se transformó en tierra fértil para sembrar amor y familia.

Fue en Mérida donde un flechazo le cambió la vida: conoció a Raúl Ermilo Salazar Castro, quien, en apenas cuatro meses, supo que no podía dejarla ir. Se casaron en 1950, cuando los amores eran promesas que duraban toda la vida, y juntos criaron 11 hijos, “una bendición”, dice ella con una sonrisa y la vivacidad en la mirada, que desarma el paso del tiempo.

Mientras cuidaba su hogar, crecía a sus hijos —que, admite, algunos fueron muy traviesos, sobre todo el que ahora es policía— ayudaba a su esposo en los almacenes de importación del negocio familiar, pero Esthelita guardaba un secreto en el pecho: su voz. “Mi mamá cantaba, mi tía cantaba… eso ya venía conmigo”, recuerda, entre risas y nostalgias.

Una voz que trasciende

No fue sino a los 45 años de edad que decidió compartir su talento.

Fue invitada a formar parte del coro de la iglesia de la colonia Alemán y, pronto, la pasión se hizo un sueño cumplido. Se integró al Orfeón de Carlos Tello Solís y, con un pequeño grupo de amigas, se animó a entonar música sacra en bodas y ceremonias.

Fue así como conoció al padre Roberto Caamal Casanova, quien la impulsó a crecer aún más en la música. Con su guía, doña Esthela pisó iglesias y escenarios de teatros en Mérida, Campeche, Chetumal y ciudades de Tabasco, entre otros sitios, llevando su voz adonde Dios y la música la llamaban.

Su travesía la llevó a compartir escenario con tenores como Luis Antonio Romero Barrera y Eduardo Rosado Guillermo, en montajes como “Yucatán y sus raíces” y “Bodas y fiestas de México”, presentados en el Teatro José Peón Contreras y el Esperanza Iris de Villahermosa y en giras que la hicieron sentir muy viva. Incluso se aventuró en el mundo del teatro musical y formó parte del elenco de “El hombre de La Mancha” en 1996.

Con un grupo de actores yucatecos —entre ellos Madeleine Lizama, Ariadna Medina y Tanicho— llevó la obra a Valladolid e incluso a Ciudad de México, donde permanecieron cuatro meses en cartelera en el Teatro Ramiro Jiménez. “Estaba rodeada de juventud, me transmitían mucho colágeno en su alegría”, dice entre carcajadas, recordando aquellos días en los cuales la convivencia era tan luminosa como la luz de los reflectores.

Siguió perfeccionándose con maestros como Felipe Serrano y Conchita Antuñano, cuidando cada nota como quien guarda un tesoro. Hoy, a sus cien años, doña Esthela sigue afinando la memoria y el corazón, escuchando ópera y boleros que la transportan a su Veracruz natal y a las noches de canto y aplausos. El tiempo, sin embargo, puso freno a sus rodillas, pero no a su voz ni a sus ganas.

Durante la entrevista, con voz pausada pero firme, demostró su lucidez y su energía intacta.

Doña Esthela sorprendió al equipo con fragmentos de canto mostrando su dulzura musical, y con gran histrionismo, versos del poema “Tú no sabes amar”, de Julio Flores. Con ello, mostró que su memoria, su voz y su amor por la declamación permanecen intactos.

“Yo fui artista, canté bonito… ahora ya solo soy recuerdo”, declara con humildad. Pero realmente Esthelita sigue cantando en cada sonrisa y con sus ojos claros tan expresivos. Además de que tiene una memoria privilegiada, sus hijas cuentan con orgullo que sabe de memoria el número de teléfono de sus 11 hijos.

Su casa sigue siendo un refugio de recuerdos, ahí suena la ópera, el bolero, la música clásica que alimenta su oído y su espíritu. “Me gustan los boleros y el tango… y a veces Alexa me pone reggaetón”, asegura, demostrando que no hay edad para sorprenderse con la tecnología.

Celebración musical

Su voz aún se atreve a florecer y el pasado domingo, rodeada de 11 hijos, 26 nietos y 22 bisnietos, un trío musical la acompañó para su festejo como ella sabe disfrutar la vida, con música.

Porque doña Esthela no solo celebra un siglo de existencia, celebra también cien años de amor inquebrantable, de fe que no se apaga y de un legado que vibra en cada nota. Invitó a familiares y amigos a su convivencia en el Salón Montejo, donde tuvo a tantas personas como años cumplió.

En su corazón, su esposo —partido en 1982, tras más de 30 años de matrimonio— sigue escuchando sus canciones. “Él no vio a mis nietos ni bisnietos, pero está aquí”, asegura con ojos vidriosos, llevándose la mano al pecho.

Para ella, la familia lo es todo y les da un mensaje: “Que vivan como yo he vivido: tranquilos, con valores, obedeciendo a Dios y cuidando lo que comen. Nada de comida chatarra”, aconseja, entre bromas y verdades. “Me cuido y por eso he vivido hasta hoy”, puntualiza.

En su mensaje para los niños y jóvenes de hoy, Teté pide volver a lo esencial: “Que amen a Dios, que obedezcan a sus padres y que no se desvíen del buen camino. Hoy hay mucho peligro, pero si hay fe y amor todo se puede”.

Doña Esthela Hernández Ramos, como Diario de Yucatán, es testigo viviente de un siglo que se fue volando entre mucho trabajo y sueños cumplidos. Que su voz —y su vida— sigan recordándonos que nunca es tarde para disfrutar. ¡Feliz centenario, Esthelita!

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