La calidez del clima yucateco no se compara con la de su gente. Esa es una de las primeras lecciones que los estudiantes de la Universidad Brigham Young (BYU) cuentan haber aprendido cuando llegaron a Mérida para vivir el “Verano Modelo-BYU”, un programa que, desde hace más de 20 años, permite que jóvenes norteamericanos perfeccionen su español mientras disfrutan de la riqueza cultural, histórica y humana del sureste mexicano, acogidos por la Universidad Modelo.

Durante cinco semanas, los estudiantes comparten clases, pero, además de su disciplina escolar, descubren muestras de bordados, jaranas, platillos típicos y palabras mayas, entre muchas más expresiones de lo hecho en Yucatán. Este intercambio, que se realiza entre la Universidad Modelo y BYU —ambas instituciones conocidas por su enfoque en la excelencia académica, internacionalización y valores humanistas—, ha sido una ventana cultural invaluable para cientos de alumnos.

Enamorado

Wendy Gritton y Spencer Smart son dos de los jóvenes que están viviendo esta experiencia. “Me ha encantado cada momento. Me enamoré de la cultura yucateca, especialmente de la comida”, dice Spencer entusiasmado. Wendy, por su parte, confiesa que, aunque tenía miedo de salir de su país a un lugar donde no se habla inglés, encontró similitudes y diferencias. “Aquí aprendemos no solo español, sino cómo las creencias, la historia y la vida cotidiana se entrelazan, todo con alegría y cariño”.

El programa, coordinado por el profesor Scott Alvord, se enfoca en una inmersión lingüística real. “Aquí en Mérida es el único programa que tenemos en México donde los estudiantes viven con familias. Y eso cambia todo”, comenta. Esta convivencia directa con familias locales, junto con clases impartidas por docentes de la Universidad Modelo y talleres culturales cuidadosamente diseñados, crea un ambiente propicio para que el idioma fluya y se convierta en una herramienta viva.

La vida con familias mexicanas es uno de los pilares del programa. Cada estudiante es acogido en un hogar yucateco, donde no solo practican el idioma en situaciones reales, sino que también participan en celebraciones, prueban comida casera y conocen las costumbres desde adentro. “Las familias son muy sociables, les gusta tener extranjeros en sus casas, nos hacen sentir parte de su vida. Ha sido mejor de lo que esperaba”, cuenta Spencer.

Visitan maravillas

La experiencia en la Universidad Modelo no se limita a las aulas. Los estudiantes visitan las maravillas de la región, sitios como Chichén Itzá, cenotes, playas y mercados, mientras exploran el teatro regional, el bordado tradicional, la jarana, las leyendas mayas y, por supuesto, el arte de preparar y saborear un buen potaje, sopa de lima o cochinita pibil.

Uno de los aspectos más enriquecedores del programa es la convivencia entre estudiantes de distintas carreras y contextos, quienes aprenden no solo del entorno mexicano, sino también unos de otros. Hay quienes estudian medicina, matemáticas como Wendy, biología o ciberseguridad como Spencer, pero todos comparten el deseo de mejorar su español y sumergirse en otra cultura. Esta diversidad en el grupo permite ampliar perspectivas, formar amistades sólidas y abrir el panorama sobre cómo cada uno puede aplicar el idioma en su vida profesional. “Nos une el gusto por México, por aprender, y eso nos ha hecho llevarnos muy bien”, comenta Spencer. “Recomiendo totalmente esta experiencia”.

“La gastronomía es única. Ayer comí un habanero completo”, dice Wendy riendo. “Sí sudé, pero me encantó”. Ambos jóvenes destacan que no solo mejoraron su español, también ampliaron sus horizontes. “Nos llevamos una apreciación enorme de la diversidad cultural de México y de la calidez de su gente”, asegura Spencer.

Para Fabiola Camargo Llanes, responsable del programa en la Universidad Modelo, esta alianza representa mucho más que un intercambio académico.

“Es una oportunidad de generar empatía y comprensión entre culturas. Cada taller, cada platillo y conversación está diseñada para que comprendan el contexto del que proviene nuestra identidad”, agregó.

Luis Jorge Urzais Duch, director de la Escuela de Humanidades, celebra que, desde 2003, este vínculo con BYU ha crecido y se ha fortalecido año con año, salvo la pausa obligada durante la pandemia. “Es un orgullo recibir a estos jóvenes. Aportan una energía distinta y también se llevan algo profundo de Yucatán”.

Con la experiencia casi por terminar, Wendy y Spencer aseguran que volverán a casa con muchas historias, fotos y anécdotas que contar. “Voy a decirles a mis amigos que vengan. Aprenderán más que un idioma: descubrirán una forma distinta de vivir”, comenta Wendy.

“Aquí uno se encuentra con gente que quiere aprender, compartir y disfrutar. Y eso se queda con uno para siempre”, dijo Spencer.

Exitoso programa

Para la Universidad Modelo representa una gran alegría que este programa se mantenga vigente y con tanto éxito tras más de dos décadas. Su permanencia es reflejo de una colaboración fructífera que ha sabido adaptarse a los tiempos y mejorar en cada edición, con la finalidad de ofrecer una experiencia significativa tanto para los alumnos visitantes como para toda la comunidad que los recibe.

En conclusión, al escuchar los testimonios de los estudiantes, quienes conversaron en español, se reafirma que, para los jóvenes, este verano en Yucatán no ha sido una simple estancia académica. Ha sido una vivencia transformadora que tiende un puente de entendimiento entre culturas, perfeccionando y enriqueciendo su segundo idioma, deleitándose con sabores, trajes típicos y mucha diversión.

“¡Muchas gracias, Universidad Modelo!”, expresó Spencer tras tomar la fotografía grupal.— Darinka Ruiz Morimoto