La lluvia golpeaba contra las ventanas de la cafetería, creando un ritmo constante que acompañaba mis pensamientos mientras esperaba que la tormenta amainara.

Ciudad de México rugía al exterior y yo me refugiaba en el aroma del café y las tazas vacías, llevando mi espíritu al lugar donde fui feliz a tan solo unas pocas cuadras de ahí: Mérida 206, colonia Roma.

La historia comienza en julio de 1976 con mi primera visita al entonces Distrito Federal, de la mano de mi mamá y mi hermana menor. Como los recursos económicos eran pocos, pero la determinación era férrea, nuestra madre vendió su juego de copas de Baccarat para financiar el proyecto.

Con vestidos a juego en diferentes colores, laca a tutiplén en los peinados, zapatos de charol y toda la elegancia que la ocasión merecía, tomamos el primer vuelo de la mañana en aquella aerolínea que nos afirmaba que “la primera siempre será la primera”.

La llegada a la gran urbe despertó todos mis sentidos: enormes edificios milenarios que convivían con los más modernos, el verdor de sus parques y avenidas, el olor a chocolate y nuez de la India recién tostada, el sonido melancólico del organillero. Pero lo que aún llevo grabado en el alma es el cálido abrazo de nuestra anfitriona: La Tía Ofa.

Ofelia, hermana menor de mi bisabuela Beatriz, había emigrado décadas atrás a la capital, convirtiendo su hogar en un refugio para muchos yucatecos que llegaban a estudiar o fincar un futuro. Su figura diminuta y regordeta emanaba dulzura y generosidad, haciendo la estancia de cada viajero una experiencia inolvidable gracias a su hospitalidad.

En aquella ocasión conocí a tíos y primos en las noches de tertulia, tuve frente a mí las tiras de Mafalda, que se convirtieron en mis favoritas. Mi mamá nos compró los cuentos más lindos y originales que habían en la tienda de los búhos, donde aprovechó para darse un festín de enchiladas suizas, impensable en esas épocas en nuestra amada península.

Hoy estoy de regreso. La tierra ha temblado muchas veces desde entonces, y ya no es más la región más transparente. Sin embargo, el recuerdo de la primera vez sigue intacto, como si todo se hubiese detenido en esos instantes, rodeando mis recuerdos de un velo intangible y protegiéndolos del olvido. Las personas que dejan huella son aquellas cuyo mayor regalo es el tiempo que nos brindan, y se vuelven referentes de momentos felices.

A tantísimos años y con la pertinaz llovizna sobre mi, emprendo de nuevo la marcha, mientras repito una y otra vez como si temiera olvidar: Mérida 206, Colonia Roma, México. Distrito Federal.

Licenciada en Ciencias de la Comunicación

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