“¡HE VENIDO A TRAER FUEGO!”
En el Antiguo Testamento, el fuego es símbolo de realidades muy diversas. Qué cosa signifique concretamente aquí, debe desprenderse de su contexto. Ahora bien, puede decirse que Jesús se refiere a un fuego espiritual, probablemente al Espíritu Santo que enviará desde el Padre para renovar la faz de la tierra o el establecimiento del Reino de Dios.
Pero antes de que esto suceda, antes de que el “fuego” prenda en el mundo, Jesús tiene que ser bautizado; es decir, deberá ser sumergido en un mar de dolores y en la misma muerte. Jesús desea ardientemente ese bautismo para consumar su obra redentora.
Desde el principio del Evangelio, san Lucas presenta a Jesús como señal de contradicción. No cabe duda que Jesús quiere la paz y no la guerra: su saludo será siempre, y en especial después de su resurrección: “Que la paz sea con ustedes”. Pero su paz no tiene que ver nada con lo que el mundo entiende por paz, porque esa es una falsa paz, asentada sobre muchos compromisos y encubridora de los conflictos reales. Contra esa falsa paz que consolida la injusticia del mundo, Jesús quiere la guerra.
Ante la persona de Jesús y su mensaje, los hombres se ven forzados a tomar posiciones: “El que no está conmigo, está contra mí”. Por lo tanto, la única opción que tenemos es Jesús.
Por eso la decisión por el Reino de Dios no se puede aplazar, te debe casi “obligar” a servirte incluso de tu sangre para escribir el “sí” de tu adhesión. Te invita a tomar entre las manos cosas, afectos y la misma vida para echarlas en el fuego del amor, la primera de las cuatro imágenes que Jesús usó: la del fuego. El deseo de Jesús es que el fuego derrita el hielo de la indiferencia y de las incrustaciones del mal.
