El artista José Luis Loría lleva medio siglo dibujando con precisión naturalista aquello que, dice, “nos da la vida”: la flora y la fauna.
Su trazo, hiperrealista, paciente, casi científico, mismo que ha recorrido museos y consulados dentro y fuera del país, y hoy sostiene un mensaje urgente, pues hemos sido inconscientes con la casa común y los intereses políticos han dejado desprotegido al entorno natural.
Su voz, resonante en Yucatán y afinada por viajes y exposiciones en Europa, Norteamérica y Asia, vuelve a ponerse en primer plano mientras sitúa su presente creativo en la colección llamada “El Paraíso de José Luis Loría”.
Ese “paraíso” no es escapismo, es una alerta visual. En los lienzos y láminas aparecen desde siempre flores, aves, mariposas y escarabajos; más recientemente, criaturas frágiles como las luciérnagas y las abejas (símbolos de un equilibrio quebradizo), y una deriva hacia la oscuridad con su ciclo de murciélagos, concebido como testimonio de un tiempo límite.
En sus propias palabras, la obra más reciente busca sacudir la conciencia y registrar lo que aún sobrevive y lo que ya estamos perdiendo.
El autor ha detallado que El Paraíso se fue consolidando como una serie en la que la biodiversidad del sureste se convierte en narrativa visual y en llamada de atención.
La proyección internacional de esa preocupación ambiental se refrenda este año en Alemania: el Diözesanmuseum Bamberg inauguró la muestra “Krise. Kunst. Kirche. Kontinente. Visionen von Laudato si” (12 de julio–4 de noviembre de 2025), un recorrido por perspectivas artísticas sobre la crisis ecológica a diez años de la encíclica del papa Francisco.
En el capítulo latinoamericano, la curaduría destaca a José Luis Loría en esta zona, por su dibujo hiperrealista y su crítica a la contaminación, integrándolo en un discurso global sobre creación y cuidado de la casa común.
Vive con prisa
En charla con el Diario, el artista habla de un punto de no retorno personal y colectivo.
“Vivo con la urgencia de dejar un testimonio. Lo que produzca de aquí en adelante debe cargar el contenido más importante de lo que está desapareciendo”.
La serie “El Paraíso de José Luis Loría” se abre ahora a luciérnagas, abejas, escarabajos, mantis y mariposas, junto con frutas como la manzana —símbolo clásico del jardín perdido— un inventario poético de la vida y de su desgaste, pero a su vez una férrea protesta sobre lo que muy pronto no podrán conocer las siguientes generaciones.
Tras conocer a fondo Laudato si, afirma haber encontrado una guía espiritual para su oficio: “el arte como conciencia”.
Y añade un diagnóstico severo, la ambición y la corrupción han extraviado a muchos dirigentes, mercantilizando la naturaleza bajo pretextos de progreso o turismo; mientras tanto, los pueblos originarios padecen pobreza y enfermedad. Mientras que el hombre se corrompe, el arte, insiste, es el lugar desde donde aún se puede nombrar y reparar.
Desde Mérida, su taller funciona como observatorio de la vida cotidiana —del mercado a la costa— y archivo de lo que cambia y no cambia alrededor, como basura persistente, un paisaje que se degrada ante nuestros ojos.
José Luis Loría transforma ese registro en obra como el nido de “yuyas” hecho con desechos, como pudo presenciarlo, pues la misma naturaleza ha buscado su adaptación, tristemente invadido su hábitat por la inconsciencia humana.
Las luciérnagas que apenas vemos, y que con un grito desesperado muestra Loría que podrían desaparecer; también habla de una próxima lámina con cangrejo herradura como emblema de especies con futuro incierto. Todo con la prisa de quien enfrenta adversidades del tiempo y la salud sin renunciar a su línea ética.
El artista dedica también un espacio especial a las zarigüeyas, criaturas nocturnas que suelen ser incomprendidas y hasta perseguidas, pero que cumplen un papel vital en el equilibrio del ecosistema, comparte una de sus obras dedicada a este marsupial.
El artista subraya que son dispersoras de semillas y controladoras de plagas naturales, y que su desaparición representaría un daño silencioso pero profundo a la biodiversidad. “No son animales sucios ni peligrosos —explica—, son guardianes invisibles de la vida silvestre”. Desde su obra, pide verlas con otros ojos, como aliadas indispensables para conservar la riqueza natural de Yucatán. En el diálogo, Loría recuerda también una experiencia que marcó su juventud, su llegada a Praga en 1973, apenas cinco años después de la invasión rusa a la entonces Checoslovaquia. “El terror todavía se sentía —rememora—. Fui deportado dos veces y nunca más volví, hasta hace apenas cinco años, cuando expuse en Eslovaquia”. El relato no es solo una anécdota biográfica, sino un reflejo de cómo la historia política y social también ha atravesado su vida y su obra, reforzando su convicción de que el arte debe dar testimonio de los tiempos. Los itinerarios de Loría han sido también una escuela: China, Suecia, Estados Unidos, Austria… y una larga lista de exhibiciones que lo han colocado como referente del naturalismo en México. En 2016 y 2017 llevó a China La cofradía de los ojos, un proyecto de dibujo a lápiz sobre gatos que dialoga con su sensibilidad por los animales; en años recientes, en Yucatán y fuera del estado, su producción se ha concentrado en El Paraíso de José Loría y en piezas con enfoque ambiental. Hoy, desde Alemania, su obra se integra a un relato curatorial que piensa el planeta por continentes y convoca a un cambio de vida. “Es urgente”, repite el artista. “Urgente mirar a los seres diminutos que sostienen el equilibrio, urgente recuperar el respeto por la creación; urgente exigir que los proyectos públicos y privados se sometan a criterios de ética ambiental”. Su paraíso no es nostalgia, es compromiso. Y su obra, una invitación a defender la vida con los ojos abiertos, antes de que la belleza que todavía nos queda se apague.— Darinka Ruiz Morimoto


