“EL QUE SE HUMILLA SERÁ ENALTECIDO”

Era costumbre en aquellos tiempos y lugares invitar de vez en cuando a un rabino para conversar durante la comida sobre algún tema de interés religioso. También Jesús fue invitado a comer un día de sábado, y, aunque el anfitrión era un fariseo y uno de los principales, Jesús aceptó. En esta ocasión había allí otros invitados, amigos de este personaje y fariseos lo mismo que él. Todos “espiaban” a Jesús.

Jesús se fijó en todos los detalles. Jesús vio cómo los comensales se disputaban los primeros puestos. El deseo de figurar era uno de los defectos típicos de los fariseos. Pero las palabras de Jesús son algo más que una lección de buenas formas o de urbanidad: son un “ejemplo” que contiene un mensaje religioso. En el versículo 11 se aclara el significado del ejemplo: “Dios enaltece a los humildes y humilla a los soberbios”. Jesús nos pide una humildad de corazón, lo mismo que pide la conversión interior y no solo exterior.

Seguidamente Jesús se dirige a quien le había invitado para decirle que el amor auténtico se muestra cuando se ejerce sin esperar recompensa alguna. El que invita a los pobres no puede esperar ser invitado por ellos en otra ocasión. ¿O acaso sí?

Así pues, Jesús ofrece hoy con este episodio sobre los puestos a la mesa una regla para la entrada a su Reino. El arribismo, el orgullo y la autosuficiencia son otros tantos obstáculos; la sencillez, la humildad y el respeto a la justicia son, en cambio, las condiciones ideales para la entrada. La regla fundamental de la mesa del Reino es esta: “El que se exalta será humillado y el que se humilla será enaltecido”. El Reino exige que la persona renuncie a toda pretensión de salvarse por sí sola, con sus títulos personales. Dios es primero.

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