Elda María Peón Molina
A fines de junio de 1968 me había graduado de high school en un colegio católico de Salem, Massachussets, donde había sido interna durante dos años. Permanecí un mes de vacaciones, en agosto, en casa de unos amigos, en espera de mis padres, con quienes daría yo un paseo por Canadá.
Llegué a Mérida el jueves 15 de agosto y el siguiente lunes, con toda la seriedad de mis recién cumplidos 17 años, me presenté a la primera entrevista de trabajo de mi vida. No recuerdo exactamente cómo fue la entrevista. Alguien habló en inglés conmigo, tal vez algunas preguntas de gramática. “Nuestra primera junta de maestros será dentro de una semana. Ahí te daremos tu horario y tus libros”.
Al pie de la señorial escalera de mármol de Carrara del Instituto Benjamín Franklin A. C. se colocaba un gran pizarrón con los horarios y salones de las clases. Aquel trimestre, entre la larga lista de maestros: Mrs Vázquez, Miss Vega, Miss Macossay, Miss Cervera, Mr Aguilar, Miss Traconis, Miss Pacheco y algunos más que no recuerdo, figuraba Miss Peon. Tendría a mi cargo, en horario de 5:15 a 6:05, los lunes, miércoles y viernes, el quinto nivel y de 5:15 a 6:30 los martes y jueves el octavo nivel. El curso completo constaba de nueve niveles y el noveno trimestre era un curso de repaso, así es que me estrené en el nivel más alto, que era el octavo, en el que se aprendía el condicional, If clauses. ¡Me sentía tan feliz! El sueño de toda la vida de ser maestra así, de pronto, se había realizado y en el mejor lugar posible.
Hoy, a 57 años de distancia y después de haber pasado por aproximadamente catorce escuelas más, la Franklin sigue siendo un sueño para mí. Es ese el lugar al cual mi espíritu regresa cuando necesita refrescarse.
Pues bien, en aquellos días ni siquiera pasaban por nuestra mente las aulas con aire acondicionado. La biblioteca y la oficina lo tenían y ahí entrábamos a refrescarnos cuando teníamos un ratito entre clase y clase. Las que un día fueron las amplias recámaras de la amplia casona, que conserva aún sus pisos de mármol y sus contramarcos de madera tallada, se utilizaban como salones de clases. La mayor parte de ellas tenía ventanas o balcones que miraban al norte. Esta ventilación natural y un par de ventiladores blancos era la única manera de enfrentar el calor. Los amplios ventanales, que permanecían abiertos a lo largo de las clases, junto con el aire, dejaban pasar el bullicio de las calles 57 y 54. Muy a menudo, la competencia con los camiones que pasaban era demasiado fuerte para las voces de los maestros, sobre todo durante las clases de las 5:15 y 6:15, que eran las más concurridas. Nuestras gargantas sufrían. Me he enterado que hoy día todas las aulas ya tienen aire acondicionado.A lo largo de dos años, mientras por la mañana cursaba primero y segundo de preparatoria en el Rogers, fui maestra por las tardes y noches en la Franklin, llegando a tener cinco grupos. Enseñé todos los niveles, incluyendo Children’s, conversación y los cursos avanzados, posteriores al noveno nivel, de los cuales varios alumnos se convirtieron en maestros, eventualmente. Decidí cursar el tercero de preparatoria como estudiante libre y así pude tomar un curso matutino, al cual asistían algunos ejecutivos y alumnos universitarios, cuyas clases eran por las tardes. Recuerdo bien a un grupo de estudiantes de derecho, que caminaba de la Universidad a la Franklin después de su única clase matutina. Permanecí en la Franklin a lo largo de cinco años. En agosto de 1975, me llamaron para dar un curso intensivo que duraría del principio de septiembre al 20 de octubre. Mi boda estaba fijada para el 25. Me negué, pero insistieron. El grupo estaba formado y no tenían maestro. Podían hacer arreglos para que terminara un par de días antes. Acepté.
Invité a mi boda al director en turno, Mr Glazer. ¡Cual sería mi sorpresa cuando al felicitarme en la fiesta me comentó que había llevado mi cheque y la nómina para que yo firmara! Había pensado que yo podría necesitar el dinero. Hablando de delicadezas, esa fue mi mejor despedida. Agrego que gracias a ese curso pude cobrar dote del IMSS.
Es importante mencionar que a la Franklin asistían alumnos de muchas escuelas de Mérida, de todos los niveles escolares y de todas las clases sociales. Asistían guías de turistas, trabajadores de hotelería, maestros y toda clase de profesionistas. En una época en que aún no llegaban a Mérida las certificaciones de idioma, las constancias y diplomas de la Franklin eran muy bien valorados.
A más de haber enseñado inglés, el Instituto Benjamín Franklin fue y siguió siendo un semillero de maestros. Cierto es que yo no recibía un sueldo excelente, aunque sí aceptable, pero el trato siempre cordial de los directivos, el ambiente respetuoso y divertido entre maestros, la formación constante que recibíamos por medio de seminarios y el haber quedado inscrita en el IMSS desde 1968, significó, en realidad, un invaluable sobresueldo. Mi corazón siempre estará agradecido con este instituto que vio nacer a la maestra que fui a lo largo de 48 años.
El Diario ha publicado la tristísima noticia del cierre, temporal, dicen, en tono de eufemismo, del Instituto Benjamín Franklin A. C. Me he enterado que se ha liquidado a los maestros y administrativos, 35, más o menos, según la ley. Se comenta que los propietarios habían pedido la desocupación del inmueble. Esto aunado al fallecimiento Don Guillermo Vales Duarte, director desde hacía más de un cuarto de siglo, sin candidato al puesto, ha acelerado el cierre. El Instituto, que antes de la pandemia llegó a tener 600 alumnos, al presente conservaba unos 500, que, en mi opinión, no es un mal número. Es un medio millar de estudiantes que, en su mayoría, no tendrán a dónde ir, ya que las colegiaturas que el Instituto cobraba y las facilidades de pago que otorgaba no las encuentran en otra academia. Lo más triste es que la mayoría son niños y adolescentes que viven en el sur y poniente de la ciudad, y para ellos el centro es la única opción.
No puedo olvidar que los dos primeros años me transporté a la Franklin en autobús. Vivía en Itzimná. Si tenía suerte montaba en el camión de la 52 Norte, que me dejaba en la esquina del Chacmool, a una cuadra corta del Instituto. Si no, tomaba el camión de Itzimná, que me dejaba en la Calle 58 con 57, y caminaba dos cuadras. Esa enorme ventaja tiene el local. Era de muy fácil acceso y lo sigue siendo. ¿Qué harán todos aquellos chicos y chicas que llegaban día a día en camión al Instituto? La noticia es un latigazo para sus aspiraciones a un mejor futuro.
Por último, debo agradecer a la administración del Instituto Benjamín Franklin haber conservado la hermosa casona que ocupan desde 1957. Anteriormente, en 1950, ahí comenzó a funcionar el Colegio Peninsular Rogers Hall, fundado por las Misioneras de Maryknoll, que años después se trasladó a la casona de la calle 59 con 52 que ocupó hasta que se construyó el actual edificio de la Colonia Buenavista. Es un edificio histórico, construido en 1910 por Don Ricardo Molina Hubbe, cuyas iniciales, R M H, aún se pueden apreciar en los cristales de las puertas. Esperemos que no desaparezca, como tantas otras construcciones históricas meridanas. Con el corazón hecho trizas digo adiós a la querida institución que me forjó, enviando mis condolencias a los maestros, administrativos y, sobre todo, a los hoy exalumnos que seguramente la extrañarán.
