No es lo mismo hacer un pastel, que ser un repostero

Frente a la improvisación de las profesiones artísticas-museales, se presenta la problemática de la invisibilización o reconocimiento del trabajo especializado y, por ende, su debida retribución. Es así como la opacidad a la que nos referimos es un hecho que sucede dentro de los mecanismos culturales que omiten la presencia e importancia de actores fundamentales en los procesos expositivos.

Entre ellos están las prácticas curatoriales con rigor y conocimiento académico. Existe una desvalorización frente a la selección con fines comerciales y/o promocionales o de ordenamiento de las obras que serán exhibidas que realizan algunas personas con la ligereza del llamado “gusto” para elegir entre varias opciones de objetos artísticos, lo que ha puesto en duda, por dicha usurpación, la curaduría como una actividad de importancia, provocando una crisis de la profesión.

Tradicionalmente, los denominados “curadores” pueden considerarse surgidos en los siglos XVIII y XIX. Como manifiesta Daniel Birnbaum (director de la 50a. Bienal de Venecia): “La historia de la crítica es mejor conocida (…) que la historia de la curaduría (… ya que) no existen libros sobre esta actividad paralela de crear exhibiciones”. La curaduría es un oficio con perspectivas profesionales, con orientación productiva, conformadora de la actividad expositiva.

En su etimología, la palabra curaduría se puede encontrar en el latín cura, que significa “cuidar”, y el sufijo “-ía”, que indica empleo, cargo o dignidad, o lugar en donde se desempeña la función. Es un trabajo complejo y multidisciplinario, que funciona como una puesta en escena creada en torno a un discurso específico y que, a través de ella, se construye la exposición como un mapa conceptual.

Es decir, una disciplina que se encarga del estudio de las colecciones, de su conocimiento y creación artística, reunidas para su exhibición a través de su identificación, clasificación, documentación, catalogación, investigación, selección y ordenamiento, conceptualización y desarrollo de contenidos académicos, mismos que serán la base de las exposiciones y su comunicación-divulgación por medio de la interpretación de sus valores, significados y aspectos críticos y reflexivos.

La Conferencia General de Nueva York de 1965 del Consejo Internacional de Museos (ICOM) reconoció como una de las partes válidas e importantes de la profesión museística a la curaduría: actividad multidisciplinar fundamental en el mundo artístico, ya que garantiza la gestión y la transmisión de significados y emociones a través de la correcta selección y presentación de las piezas.

Su rol no solo se centra en la organización de exposiciones, sino también en la conservación del patrimonio cultural y la creación de diálogos entre artistas y públicos. Asimismo, se ha propuesto como una nueva denominación la tipología del curador-artista, lo que le otorga al curador características creativas, y que puede estar más acertada al entender la práctica curatorial dentro del cambiante paradigma del arte contemporáneo.

En este, pese a su posición asalariada, independiente o geográfica (criterios utilizados por Nathalie Heinich para definir sus tres tipologías en su libro “El paradigma del arte contemporáneo: estructuras de una revolución artística”, de 2017), su trabajo es identificable por su manera particular de producir exposiciones con características intrínsecas.

Sumando a ello está la mención del escritor e investigador del arte Barnaby Drabble, que aleja la práctica curatorial de la simple selección y presentación de objetos, señalando que la curaduría siempre es autoral de alguna forma u otra: “La curaduría, para mí, no es sobre la muestra de trabajos (ya sea en una galería o por internet), es sobre el desarrollo de significado crítico en colaboración y discusión con artistas y públicos”.

Beryl Graham y Sarah Cook, autores de “Rethinking Curating: Art after New Media”, publicado en el año 2010, comentan sobre la complejidad que acompaña la definición del curador y cómo la historia del arte la ha invisibilizado, lo cual es aplicable a nuestro medio.

Por lo tanto, hay que entenderla como una función de emprendedor cultural que debe ser reconocida y retribuida dignamente, así como su evidente acercamiento teórico a la práctica como un profesional académico.

Crítico y curador.

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