Conocí a Eduardo Verástegui en el elevador de un hotel en Ciudad de México: él iba a dar una conferencia y yo a registrarme para correr el Maratón. Al día siguiente nos cruzamos de nuevo y me preguntó cómo me fue; le dije, orgulloso, que rompí mi marca.
Me compartió que intenta “romper marca” cada día y le dije que llevo 12 años “rehabilitado” de la política y dejarla fue como dejar una adicción. Se rió: “Alguien tiene que ocupar esas sillas donde se toman decisiones; no podemos dejarlas en manos de malas personas”.
Luego, con un café en el lobby, me mantuve firme: hoy sirvo desde el sector privado. Me quedó sonando su frase. Quien se sienta en esas sillas debería tener muy claro el “para qué” de la silla, pero también pensé que las hemos idealizado; queremos figuras impecables, “ganadoras”, sin errores. Cuando fallan, las crucificamos.
¿Cómo se construye hoy una carrera política en un país? Aplica para todos: propuestas, trayectoria, coherencia. Lo que no cambia es nuestra costumbre de tercerizar el milagro: les cargamos la responsabilidad y nos sentamos a esperar.
Subimos a alguien a un pedestal, lo bajamos frustrados y ponemos a otro. Repetimos el patrón. Decimos que “alguien que lo merezca” debe ocupar la silla, pero yo no querría esa silla si me obliga a deberle a todos y me impide hacer los cambios necesarios. ¿Me explico?
“Siéntate, prométeme, sírveme, te bajo, me usaste, me robaste…”, y vuelta a empezar. ¿Y nosotros? ¿Dónde cambiamos los ciudadanos?
Mi papá decía que la política era su apostolado de servicio. ¿Podrán quienes aceptan la silla verla así antes de ocuparla? ¿Nosotros, ciudadanos que miramos, sabemos qué queremos?
La realidad es: un país no lo hace una silla; lo hacen sus ciudadanos. No quiero juzgar a quien está ahí; quiero motivarte a construir un México donde influyamos con lo que hacemos, compramos, opinamos, exigimos, votamos y modelamos. Somos influencers de clóset. Si no hacemos, sólo criticamos.
Soy Alejandro Granja Peniche. No quiero ser tu candidato; quiero servirte desde mi proceso e invitar a quienes ya están en la silla a ser canales de luz donde ha habido tanta oscuridad.

