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Amigos del vino, me alegra reencontrarme con ustedes en este espacio. Hoy quiero dedicar estas líneas a un tema que muchos me han pedido: el maridaje de platillos con vino rosado.

Con frecuencia, el vino rosado es visto con recelo, en ocasiones por desconocimiento. Incluso, algunas personas me han confesado que pensaban que se elabora con uvas globo rosadas de supermercado. Nada más alejado de la realidad. Es momento de aclarar esas falsas creencias.

El vino rosado es, en esencia, un vino tinto con menor tiempo de contacto entre el mosto y los hollejos. La técnica consiste en dejar este contacto apenas uno o dos días, dependiendo de la intensidad de color que busque el enólogo. Los hollejos concentran el color, los taninos y otros compuestos de sabor intenso; al retirarlos, el resultado se acerca más a un vino blanco que a un tinto.

También existe el método del sangrado, que consiste en retirar parte del jugo en una etapa temprana de la fermentación. Cabe señalar que únicamente en la región de Champagne, en Francia, se permite la mezcla de vinos blancos y tintos para producir rosados. El clarete, por ejemplo, tiene su origen en el valle del Loira.

Hoy en día se puede producir vino rosado con prácticamente cualquier variedad de uva tinta. Entre las más utilizadas están la syrah, la grenache y la cariñena, comunes en Languedoc y también en Australia.

En México contamos con opciones muy interesantes que acompañan de manera ideal nuestra gastronomía. En Saltillo, por ejemplo, se produce el rosado El Fortín, elaborado con cabernet sauvignon y merlot. Además de su calidad, este vino tiene causa social: parte de su venta se destina a la lucha contra el cáncer de mama. Otro vino destacado de esa región es el de Hacienda Florida, hecho con 60% grenache y 40% cabernet sauvignon.

En Baja California también hallamos propuestas memorables. Uriel, de Adobe Guadalupe, combina cinsault, tempranillo y syrah, dando como resultado un rosado fresco que marida con pescados ligeros o ensaladas condimentadas. Otra etiqueta, Norte 32, mezcla syrah, marsanne y chardonnay; destaca por su fragancia, su equilibrio en acidez y su afinidad con platillos como el sushi.

Por su parte, Casa Madero ofrece un rosado 100% cabernet sauvignon, de tonos durazno y rosados brillantes. En nariz sobresalen notas de papaya, guayaba, rosa, nectarina y toronja rosa. En boca es frutal y versátil: acompaña lo mismo a calamares que a cochinita pibil o incluso a fresas con crema.

En estas fiestas patrias, si alguien propone llevar un vino rosado a la cena, no lo dude: será un gran acierto. Yo, mientras termino estas líneas, descorcho una botella de vino rosado mexicano y brindo por la riqueza de nuestra tierra.

Hasta la próxima semana.

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