Todavía resuenan en mi mente las palabras de un ser que hizo historia en 12 años de su pontificado, Su Santidad Francisco, quien con sus ejemplos y exhortaciones al mundo de nuestro tiempo dejó una estela de santidad y defensa de los desprotegidos, los que menos tienen y los que luchan por salir de la pobreza buscando nuevos horizontes en tierras lejanas.

De las diversas enseñanzas que nos legara, dos se me grabaron intensamente dejando una huella que no pierde actualidad y es premisa de todos los tiempos desde el principio de la humanidad y como consecuencia voy a hacer un repaso esperando dejar una estela como recordatorio de lo más sagrado como son: el matrimonio y el respeto a los seres que nos dieron vida y merecen el reconocimiento, respeto y consideración, conceptos que hoy en día son olvidados.

Pues bien, quiero comenzar este relato, basándome en esas enseñanzas que son un verdadero ejemplo saturado de la grandilocuencia que siempre caracterizó al Sumo Pontífice y que quedarán grabadas en la historia para la posteridad; plasmo con vehemencia y respeto el siguiente párrafo de una carta que dirigió a la juventud que tanto quiso y por la que siempre mostró preocupación dadas las circunstancias en las que se desenvuelve el mundo actual: “Me conmueve siempre ver a los jóvenes que se aman y que tienen la audacia de transformar su amor en algo grande, quiero amarte hasta que la muerte nos separe… qué promesa extraordinaria”.

Francisco abordaba la cuestión del amor comparándola con el tango de su Argentina natal, se trata de un maravilloso juego libre entre hombre y mujer lleno de fascinación erótica y atracción, los bailarines se cortejan, viven la cercanía y la distancia, la sensualidad, la atención, la disciplina y dignidad, apuntaba. “Disfrutan del amor e incluyen lo que puede significar donarse completamente”.

Qué palabras tan hermosas viniendo de un hombre, líder de la cristiandad con una aureola de santidad, revestido de la hombría característica de un auténtico caballero y que deja en nuestra juventud la simiente más pura de la excelsitud del matrimonio.

Valorar sus años

Siempre como algo que es impactante por su actualidad y como recurso que involucra a los jóvenes de esta era es el llamado vehemente de Francisco en el que recuerda el respeto y consideración a los que nos dieron la paternidad y que en su momento no escatimaron esfuerzos y desvelos por darnos formación y educación para ser hombres de bien, con la súplica de escucharlos y aprovechar su experiencia.

A menudo pedía Francisco en sus recurrentes homilías que no se arrincone a los viejos, olvidándolos y guardándolos en albergues carentes del amor y cuidados de sus hijos como si fueran objetos inservibles.

Después de señalar las reflexiones y exhortos que el recordado Pontífice hiciera a los jóvenes sobre la magnitud y consecuencias del matrimonio, quiero referirme al problema que asola la humanidad, enmarcado en el trato y discriminación que sufren los migrantes de África, países de la América Latina, Rumanía, Gaza, etc., por citar algunos y que buscando mejores horizontes de alimentación, salud, educación, factores de los que adolecen en las tierras en que nacieron, van en busca de mejores condiciones de vida.

Todavía resuenan en mi mente las sabias palabras pronunciadas por Francisco: “Construir puentes, no muros”, en alusión a las medidas impuestas por gobernantes sin escrúpulos negándole asilo a las mayorías que buscan la tierra prometida.

Y después de plasmar reminiscencias en la página del tiempo, páginas que muestran los intereses de un hombre que hizo historia en la Iglesia contemporánea, no me queda más que depositar una corona de brillantes flores en la tumba en la que reposan sus restos en la Basílica de Santa María la Mayor, voluntad expresa de quien ahora con toda seguridad goza en el cielo en compañía de quien siempre guió sus pasos en su peregrinaje por la Tierra.

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