• Adrián Justus durante la interpretación del Concierto para violín y orquesta de Mendelssohn junto a la Sinfónica de Yucatán, anteanoche
  • Cuatro imágenes del concierto dirigido por José Areán, quien el próximo viernes entregará la batuta al italiano Alfonso Scarano, quien conducirá dos programas
  • Otro momento de la presentación, que se repetirá hoy domingo

La improvisada cronista y don Augusto volvieron a las andadas este viernes. En realidad, volvieron específicamente a la tarea de tomar notas, escribir y comentar un concierto de la Orquesta Sinfónica de Yucatán para intentar compartir su experiencia en este espacio.

Ahora, en el segundo programa de la temporada septiembre-diciembre de 2025, la experiencia comenzó con la buena costumbre de escuchar, media hora antes del concierto, la charla introductoria del maestro José Areán, anteanoche director huésped, quien tuvo a nuestra orquesta bajo su batuta un buen tiempo desde 2023 y es hoy uno de los directorables para asumir la titularidad del cargo.

En la primera fila del salón del Palacio de la Música, ambos atendieron los comentarios del maestro, escucharon que “El holandés errante” de Richard Wagner es “quizá la primera obra en la que plantea su nuevo estilo, un estilo en donde tienen gran participación las trompetas, los cornos y los trombones… y en el que se percibe la atmósfera tormentosa de la obra”.

También le escucharon decir que no serían perceptibles para el público las transiciones entre los tres movimientos del airoso y vibrante Concierto para violín y orquesta porque a Félix Mendelssohn “le disgustaban mucho los aplausos entre los movimientos…” y así no daba oportunidad a reacciones espontáneas del público; y finalmente que Jean Sibelius, autor de la Sinfonía número 2 que escucharían al final, fue un compositor que llevó siempre consigo y muy en alto la impronta de la esencia finlandesa y la nostalgia del siglo XIX en el que nació y al cual su sensibilidad perteneció siempre, pese a vivir la mayor parte de su vida en la centuria posterior.

Richard Wagner, dueño de un lenguaje musical denso y emocionalmente expresivo y también gran innovador, es el autor de la primera pieza del concierto: la Obertura del holandés errante. Pieza que sintetiza las voces de la ópera nórdica del mismo nombre: aquel capitán condenado a vagar hasta encontrar a una mujer que lo ame fielmente. Las anécdotas le encantan a la improvisada cronista, pero don Augusto le recuerda que se trata de una experiencia musical… y con la OSY. Por eso, llama su atención hacia el inicio de la evocación nostálgica, la manera en que las percusiones anticipan sonidos de tormenta y cómo después las cuerdas se incorporan hasta llegar a una plena orquestación que envuelve al capitán que vaga por los mares en una bruma sonora casi sobrenatural.

De repente, hay un giro: un fraseo jubiloso, vivaz, que se torna nuevamente grave y lleva de la mano a oyentes y ejecutantes por los vaivenes emocionales del capitán y su amada, cuyo final trágico al mismo tiempo los redime. Una pieza de gran intensidad que hizo vibrar las emociones del público.

Muy ocupado

Adrián Justus, el violinista invitado, “estuvo ocupadísimo durante todo el concierto de Mendelssohn”, comentaron la cronista y don Augusto, medio en broma y medio en serio. Y es que, tal como explicó el maestro Areán previamente, desde el primer movimiento —el Allegro molto appassionato— el violín comienza a sonar justo al inicio de la pieza y sin frases previas de la orquesta, con la melodía en Mi menor que por cierto el compositor, cuentan, traía rondando en su cabeza desde tiempo atrás.

“Aquí dice que esa introducción sin el solista se suele llamar tutti orquestal”, comenta don Augusto leyendo en su teléfono. Lo cierto es que en efecto el concierto se abre con la entrada casi inmediata del violín solista, y no hay una introducción musical para que éste se incorpore después. Además, los tres movimientos conectados entre sí continúan sin pausa hasta el final y en los tres permanece constante la interpretación del solista: tras el primer Allegro… siguieron el Andante y el Allegro non troppo-Allegro molto vivace, todos de gran intensidad y virtuosismo.

Mientras ella tomaba notas con las limitaciones de un cuaderno redivivo en pantalla de teléfono celular, don Augusto, más cómodo y menos apurado, grababa fragmentos de la interpretación del maestro Justus. “¿Te das cuenta —le diría más tarde a su consorte, que intentaba concentrarse en sus apuntes— que el maestro violinista ha estado en el mundo entero? Mira: en Tel Aviv en un museo, y aquí, en el Palacio de la Música, que es un museo también”.

Y ya para no interrumpirla más conservó para sí solo su interés en el peculiar recurso de interpretación del “arco de rebote” que empleó el maestro, una técnica en la cual el arco se deja caer sobre la cuerda, rebotando de forma natural para producir varias notas rápidas y seguidas.

A su vez, ella observaba con atención al público, embelesado con el sonido de un violín que, envolvente y rítmico, brilla con agudos asombrosos, dialoga tenuemente con los alientos y metales de la orquesta y luego, sin pausa ni descanso, regala un solo casi espiritual con una pulcritud que parecía relucir en el aire. La orquesta se incorpora después sobre el mismo discurso musical, en un prolongado diálogo solista-conjunto.

Con su disciplina de profesora, la improvisada cronista se lee “de pe a pa” el programa de mano, y subraya una frase en particular: “una obra de transición”. En efecto, este concierto es una transición clásico-romántica. Y cae en la cuenta de esta grata hibridación o tránsito entre períodos musicales cuando a ratos escucha la voz sentimental y romántica del violín, y en otros momentos, la robusta base de la orquesta, más clásica y contundente.

Ovación

Si el segundo movimiento es más melancólico, ya rumbo al tercero los ornamentos, los giros y los adornos hacen que la pieza crezca con brío, rotunda y vibrante, tanto así que al final arrebató una ovación generosa acompañada de espontáneos “bravos” y vítores del público.

Después del intermedio, de estirar las piernas y la espalda, el timbre de las llamadas anuncia que el programa continúa. La improvisada cronista lee en el programa que la Sinfonía número 2 es una de las más famosas de Jean Sibelius, compositor considerado un símbolo de su país, Finlandia, tierra de paisajes desconocidos y llena de misterios para quienes habitamos esta parte del orbe. Sin embargo, la nórdica nación tuvo en este autor a un embajador pleno de sentimientos nacionalistas, además de ser artista y creador. Rica en recursos emocionales, la obra inicia con el Allegreto con la orquesta en pleno, en la que se suceden los diálogos calmos del oboe, la sonoridad de los metales y los rítmicos pizzicatos de los violines.

En el segundo movimiento Andante ma rubato se escuchan nuevamente los pizzicatos de los violoncellos, que dialogan con los alientos de madera. En esta sinfonía hay sonidos sorprendentes. “No es para menos”, piensa. “Sibelius encontraba su propia voz, la expresión finlandesa del sonido orquestal, sus cantos y paisajes, su naturaleza espléndida, sus auroras boreales. Todo llevado al pentagrama”.

Imaginación

Muy poderoso, el segundo movimiento continúa con frases vehementes, casi cinematográficas. La orquestación invita a imaginar parvadas de aves mágicas, enjambres de avispones, y montañas de rocas precámbricas cubiertas de vegetación. Finalmente, el tercer movimiento culmina todo este viaje bucólico, emocional y sentimental. Este Vivacissimo es poderoso y evocador, envolvente, dulce, y también decimonónico, algo que comentó el maestro Areán respecto al apego de Sibelius al espíritu del siglo XIX.

Rumbo al final, cierre optimista y luminoso, el público casi aguanta la respiración: en el Allegro moderato las cuerdas dialogan con fagot y contrafagot, las trompetas intervienen con brillantes frases, seguidas de las flautas, el oboe y la orquesta en pleno. Es un final robusto, envolvente, prolongado, que da paso a la incorporación gradual de toda la agrupación en un muy disfrutado crescendo. Nuevamente los aplausos y los vítores no se hacen esperar.

La noche húmeda y cálida despide a los complacidos asistentes. Una tregua de las lluvias de la temporada de huracanes permite deambular por el centro histórico de Mérida, mirar de reojo el Teatro Peón Contreras y evocar antiguas temporadas, y sobre todo, entre el vaho pre otoñal, y tras los lentes empañados por el contraste del clima artificial y el natural, imaginar las geografías distantes de los creadores que hoy trajeron a través de la OSY y su director un paisaje musical pleno de emociones y evocaciones atmosféricas.— María Teresa Mézquita Méndez

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