El Sol se pone en el horizonte mientras los henequenales se pintan de naranja, y el aroma a tierra húmeda y hojas secas llena el aire. Estoy en un lugar entrañable, rodeado de personas queridas con quienes celebro la vida y el poder disfrutar del momento presente al compás del canto de grillos y sapos adormilados. La selva se roba la señal y nos regala historias, anécdotas y añoranzas. Me gusta ese intercambio, sobre todo cuando la luz de las velas enmarca la narración acompañada del soplo de brisa que hace que las llamas bailen con ritmo caprichoso. La más tímida del grupo comienza el relato con una sonrisa que ilumina su rostro:

“Las tardes después del colegio eran el momento más esperado en casa. La tía llamaba y todas corríamos hacia su diminuto coche, y a la voz de ‘vamos a perdernos’ el camino se desdibujaba, sin rumbo fijo, convirtiendo el trayecto en aventura”. Entre gritos y carcajadas, lo misterioso se iluminaba, viajando hacia lo inesperado, por lugares desconocidos para nosotros. Era un juego de libertad donde el viento llevaba nuestros sueños.

Nunca sabré a ciencia cierta si en realidad extraviamos la ruta alguna vez, si todo estaba bajo control o un poco de ambas cosas. Pero lo que mi corazón me dicta es el eterno agradecimiento a quien hizo que la fantasía se convirtiera en ilusión tangible.

Al escuchar estas palabras, una oleada de recuerdos de infancia nos invadió a todos. Memorias de tardes pasadas en el jardín jugando con las mariposas y los gatos que se escondían detrás de las plantas, y donde la improvisación y la creatividad eran el común denominador.

Grandes y chicos nos las teníamos que ingeniar para desarrollar pasatiempos, obras de teatro caseras y, por supuesto, el vestuario, parte fundamental de las representaciones. Nada que unas cuantas sábanas, cintas de colores y batas vaporosas sustraídos a escondidas no pudieran solucionar. Cada familia, cada grupo de amigos, ponía sus propias reglas en aquellas actividades que se repetían cada día hasta que el grito de nuestros padres nos regresaba a la realidad, implorando por “cinco minutos más”, lo cual la mayoría de las veces era ignorado, pero sabíamos que volveríamos a intentar las veces que fuera necesario.

Y cuando creíamos que todo había terminado, escuchamos el sonido de nuestras propias risas, resonando en el vacío, recordándonos que la niñez es un tesoro que nunca se pierde. En ese instante, el mundo se detuvo, y todo se volvió claro. La vida es un misterio, y nosotros somos los aventureros que lo exploran.

En ese momento, el cielo brilló con una explosión de pirotecnia del pueblo más cercano, como si fuesen un millón de estrellas fugaces cayendo en nuestro espacio, y fue entonces cuando nos dimos cuenta de que la verdadera aventura apenas estaba comenzando…

Sotuta de Peón. Verano de 2025.

Licenciada en Ciencias de la Comunicación.

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