“La juventud se nutre de maestros que acompañen y levanten”
“La juventud se nutre de maestros que acompañen y levanten”

No era martes y mi profesor tampoco era viejo. Pero sí eran los lunes y jueves, mi profesor estaba joven y tenía una hija de ocho años. No lo visitaba en su hogar, pero sí en mi salón de clases.

Si no has leído el libro cuyo título lleva esta columna, procederé a darte un pequeño contexto: años después de haber egresado de la universidad, un joven escucha del poco tiempo de vida que le queda a su antiguo profesor y decide visitarlo cada martes con la intención de hablar de un tema social para quedarse con la mayor cantidad de aprendizajes que este maestro pueda darle, compartiendo anécdotas y pensamientos sobre la vida, la muerte, los amigos, el valor de la familia y la trascendencia… entre muchos, muchos otros.

Cuando comencé a leerlo sabía que evidentemente soltaría una que otra lágrima (sentimental siempre he sido), pero no veía venir lo rápido que vendría el nombre de un profesor a mi mente. Desde el primer día que pisé la universidad, caí en cuenta de la importancia de la vocación y la pedagogía. Que no cualquiera podía enseñar, porque hacerlo implica mucho más que tus alumnos memoricen información o la apliquen.

Enseñar conlleva hacer que el individuo pueda dudar y cuestionar, ver al mundo distinto, crear y desarrollar opiniones, levantarse y poder decir “esto sí por esto” o “esto no por esto”, pero que pueda generar argumentos poderosos, aunque eso implique que el alumno te cuestione a ti también como profesor (siendo esta también la mayor recompensa).

Creo firmemente que no hay mejor enseñanza que el poder de la duda y la capacidad del asombro. Pero eso no te lo da cualquiera.

Aquel profesor que trascienda en tu vida y deje en ti esa semillita de querer cambiar las cosas y hacer el intento por lograrlo. Que su mayor lección no haya sido precisamente curricular, sino que de la vida y del corazón. La juventud se nutre de maestros que acompañen y levanten, de aquellos que les enseñaron que tienen el potencial del mundo entero y que el bien colectivo es posible siempre y cuando nos apeguemos a aquellos ideales de pensamiento crítico que sembraron en lo más profundo de nosotros.

En fin, mi maestro se llama Jorge, no sé el tuyo. Pero espero que estos párrafos hayan traído a tu memoria alguno que otro nombre.

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