MURIÓ TAMBIÉN EL RICO Y LO ENTERRARON

Los dos personajes de la narración representan dos situaciones diametralmente opuestas: la situación acomodada del rico y la incómoda situación del pobre. El rico aparece aquí como un hombre cuyo ideal consiste en disfrutar de todo sin tener en cuenta a nadie.

Lázaro es el pobre a quien el rico ha olvidado, pero de quien Dios sí se acuerda. Lo que ciertamente no recibía Lázaro era la menor prueba de un amor humano. Lo que el rico le negaba al pobre Lázaro se lo concedían, a su manera, aquellos perros que venían a lamerle las llagas.

Abraham no atiende la súplica del rico y le hace ver que la diferencia entre su estado y el de Lázaro es una exigencia de la justicia divina. Tampoco serviría enviar un mensaje a sus parientes para advertirles del peligro que corrían, pues el que no escucha a los profetas tampoco escuchará, aunque le hable un muerto resucitado. Muchos vieron los milagros de Jesús y, sin embargo, no creyeron en él.

No debemos reducir la enseñanza de esta narración ejemplar a una enseñanza sobre la justicia de Dios, que premia a los buenos y castiga a los malos. Se trata de una severa amonestación a cuantos buscan la felicidad en las riquezas porque creen que se pueden salvar. Las riquezas materiales esclavizan y apartan de Dios, impide escuchar a los profetas, y cierra los ojos para ver la necesidad de los más pobres.

Se trata, pues, de una parábola inolvidable, la única de Jesús que tiene un personaje con nombre propio, Lázaro, un pobre sentado a la puerta de la mansión de un rico que banquetea suntuosamente y que se limpia las manos de las migas de pan echándolas después a los perros y a ese hambriento, arrimado a la puerta.

Aquel personaje rico era como aquel hombre del escritor francés A. de Saint-Exupéry, que jamás había “olido una flor” ni había gozado nunca una estrella. Se repite a sí mismo: ¡Soy un hombre rico! ¡Soy un hombre rico! Pero no es un hombre, es un hongo.

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