¿Crees que los perros irán al cielo? ¡Estarán ahí mucho antes que cualquiera de nosotros! —Stevenson, novelista inglés

Ya no estoy, siento frío y soledad. Y algo que yo sé que se llama tierra me cae encima, cubriéndome totalmente. Sé que me van a extrañar, pero no me quedaba de otra, los años ya pesaban sobre mí y me tuve que ir un día antes de lo que escuché: mi dueña, con mucha tristeza, dijo que la solución de mi sufrimiento era dormirme. Hoy hubiese sido el día y en vez de eso siento mucha paz, ningún dolor y sobre todo haberle quitado a la que fue mi dueña durante 16 años ese dolor que ella decía iba a ser terrible.

Ella creía que yo no escuchaba, pero sí, sí lo escuché. Eso iba a ser en mi casa y ella me iba a tener abrazado.

Soy, o mejor dicho, fui un Shih Tzu originario del Tíbet. Mi raza se cree que fue creada hace muchos siglos y que éramos muy valorados en la corte china, donde nos consideraban perros de compañía para la realeza. Viví entre la alegría de niños, adolescentes y adultos que me querían mucho, en especial mi propietaria, con la que estaba yo siempre, en todo momento.

Al final de mi vida tuve un compañero durante seis meses de la misma raza que yo. Llegó a la casa chiquitito y siempre quería jugar conmigo. A mí no me gustaba jugar con otro perro. Solo quería estar con mi dueña.

Al final nos entendimos perfectamente, y estoy seguro de que le voy a hacer mucha falta pues ya no tendrá a quién fastidiar todo el tiempo. Fui un buen perro en mi larga vida, solo recuerdo dos problemas que le di a mi ama: llegué a su casa chiquito, y era yo como una bolita de pelos.

Sus nietos que eran todos ellos unos niños jugaban conmigo y me peloteaban. Un día decidí quedarme en el cuarto patas para arriba y no comer. Resolvieron llevarme al doctor y resultó que les dijeron que yo estaba deprimido. El segundo problema fue un buen día que me llevaron a un lugar donde yo no estaba acostumbrado, donde habían muchos árboles. Empecé a oír disparos y me asusté mucho. Corrí y me guardé en un lugar oscurito y, confieso que sí, oí los gritos que me llamaban por casi cuatro horas pero no hice caso. Todos regresaron a sus casas y yo me quedé en el monte, temblando de frío; al día siguiente decidí salir y caminar hacia lo que yo conocía. Lo que me encantó fue el alboroto que se armó cuando alguien me llevó de regreso a Mérida.

Todos brincaban, se reían y me hacían bailar.

Nada más eso es lo que tengo en mi conciencia, del resto fui bueno, noble, cariñoso, acompañante, comprensivo en los dolores y, sobre todo, di cariño, apapachos y mirada lánguida cuando sucedía algo en la familia en la que yo estaba.

Me despido de todo y de todos, me voy con mis compañeros de raza que creo que están en el cielo de los perros. Un abrazo, Cochi.

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