Vivimos tiempos donde las heridas interiores se han vuelto más visibles. Ansiedad, depresión, estrés y soledad afectan a millones de personas. La salud mental ya no puede verse como un tema exclusivamente médico, sino como una realidad integral del ser humano que involucra cuerpo, mente, espíritu y comunidad.

Hace unos días se conmemoró el Día Mundial de la Salud Mental. La Iglesia, madre y maestra, no puede permanecer indiferente ante este sufrimiento silencioso. Cuidar la salud mental es también cuidar la dignidad de la persona creada a imagen de Dios.

En los Evangelios, Jesús no solo cura enfermedades físicas; también toca lo más profundo del alma del ser humano. Él se acerca al que tiene miedo, al angustiado, al marginado. No juzga, sino que acoge y devuelve esperanza. Su palabra sana, su mirada restaura, su presencia consuela.

Hoy, la Pastoral de la Salud está llamada a seguir ese mismo estilo: una pastoral de la cercanía, del acompañamiento y de la escucha compasiva. Muchas veces no se trata de dar soluciones, sino de ofrecer presencia, silencio, oración y comprensión. Nadie se salva solo. Las comunidades cristianas pueden convertirse en lugares terapéuticos del alma, donde las personas puedan sentirse escuchadas y valoradas.

Un grupo de oración que acoge sin juzgar.

Un voluntario que visita y acompaña.

Una parroquia que promueve charlas sobre bienestar emocional.

Todo gesto de fraternidad es ya un bálsamo sanador.

La salud mental se fortalece cuando hay redes de apoyo y esperanza. Por eso, acompañar espiritualmente a quienes sufren es también una forma de evangelizar.

La fe no reemplaza la atención profesional, pero la complementa con sentido y esperanza. Dios actúa también a través de médicos, psicólogos y terapeutas.

El acompañamiento pastoral no busca sustituir, sino integrar la dimensión espiritual al proceso de sanación: orar, perdonar, reconciliarse, descubrir el amor de Dios en medio del dolor.

Recordemos: cuidar la salud mental es una forma concreta de vivir el mandamiento del amor: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Evangelio de la vida

Promover la salud mental es anunciar el Evangelio de la vida en su dimensión más humana. Es decirle al hermano que su dolor importa, que su vida tiene valor, y que en Cristo siempre hay posibilidad de renacer.

El acompañamiento a la salud mental es una obra de misericordia contemporánea. La Iglesia, signo del amor de Dios, está llamada a ser espacio de acogida, escucha y esperanza.

Porque cuidar la mente y el corazón es también cuidar el alma, y en ese cuidado, Dios se hace presente.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, coordinador diocesano para la Pastoral de la salud, vida y adultos mayores.

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