“Me gustaría morir durmiendo, después de tomar unos tragos con los amigos, dormir y no despertar más… y que no fuera muy lejano el día sino pronto”. Gabriel Ramírez tenía 64 años —en 2002— cuando le confesó al Diario cómo esperaba que fuera su deceso.
Pasaron 23 años para que el reconocido pintor yucateco, cuya proyección se extendía más allá de las fronteras de México, cerrara los ojos por última vez.
Pedro Gabriel Ramírez Aznar falleció ayer por la mañana en Mérida, de manera repentina, a los 87 años.
Dos décadas atrás este periódico le preguntó cómo querría ser recordado. “Ya no me interesaría, porque ahora es cuando uno trabaja contra la mortalidad”, respondió. “Todos los esfuerzos que se hacen son en realidad una lucha para no morir”.
La última exposición del artista plástico se inauguró apenas en junio pasado en el Centro Cultural Olimpo: “Gesto y color: El legado de Gabriel Ramírez Aznar”, una retrospectiva con 50 óleos y acrílicos que recorren su trayectoria.
La muestra seguirá instalada hasta finales de noviembre próximo.
El sábado 11 pasado, también en el Olimpo se estrenó un documental en el cual pintores yucatecos hablan sobre Ramírez Aznar. “Gabriel Ramírez: Una vida en technicolor” dura una hora y 40 minutos y entrelaza material de archivo, fotografías inéditas y fragmentos del trabajo pictórico y cinematográfico del artista.
En varias ocasiones, el pintor, que en sus años de juventud radicó en Ciudad de México y se dedicó a la publicidad, dijo que sus inicios en la pintura, en 1959, se los debía al interés que despertó en él “Sed de vivir”, la película de 1956 dirigida por Vincent Minnelli en la que Kirk Douglas interpreta a Vincent van Gogh.
Su primera exposición la realizó en 1965, en la Galería Juan Martín, y el mismo año intervino en la IV Bienal de Jóvenes en París. Tres años después se convirtió en integrante fundador del Salón Independiente.
En 1994, el ahora desaparecido Museo Fernando García Ponce-Macay instaló una sala permanente dedicada a su producción. Esa misma institución aclaraba sobre el pintor que, “si bien su trabajo no corresponde a los miembros originales del movimiento mexicano de la llamada Ruptura, es uno de los primeros seguidores y adeptos al mismo, por lo que en diversos textos críticos se le considera como parte integral de este grupo”.
La entrevista a Ramírez Aznar
En la entrevista que en 2002 concedió al Diario, Ramírez Aznar respondió con su franqueza habitual a las preguntas del periodista Carlos Fernando Cámara Gutiérrez.
“Un pintor debe tener una mezcla de perdedor nato y optimista irredento. Por un perdedor nato me refiero a que el fracaso debe ser un compañero de viaje del pintor en cada aventura, que es cada obra que emprende”, declaró al reportero.
“Una obra tiene su comienzo y su fin ahí mismo, es un terreno en que el pintor tiene que plantearse problemas y resolverlos en ese cuadro. No puede pensar en el que dejó atrás ni en el que viene, el que quedó atrás es un fracaso más”, añadió.
“Cada cuadro es una aventura, a veces sabes cómo comenzar, pero no cómo terminar, lo vas trabajando… ese es el tipo de pintura que hago”, reconoció. “Lo que siempre busco es hacer participar al espectador del placer que siento al trabajar”.
A la pregunta de si se sentía orgulloso de ser pintor, aseguró que “no en particular, no es ningún orgullo, lo considero un trabajo que tengo que hacer, seguramente lo que mejor puedo hacer, pero no tengo ningún orgullo.
“Muchos cuadros evidentemente no son de mi agrado, todos tienen algo que me gusta, pero es muy difícil que un cuadro sea de mi total agrado. De eso se trata: conseguir un cuadro que te deje totalmente satisfecho, cosa que no consigo de manera total. La meta siempre está adelante, es por eso que el oficio de pintor es para toda la vida; siempre tratas de alcanzar algo y no lo logras, se te aleja.
“Si no estás en el D.F., no existes. Es una especie de escenario muy pequeño donde todos están amontonados, donde hay reflectores y donde la gente se da empujones y patadas para aparecer bajo los reflectores. No se trata nada más de pintar un cuadro y quedar contento con él, tienes que considerarlo como un producto que pondrás a la venta, a la consideración de un posible comprador.
“No quiero comparar un cuadro con un refresco embotellado, pero es necesario promover el producto, exhibirlo, anunciarlo, así son las exposiciones. En la medida en que el lugar donde expones tu producto y el público tiene acceso a ese sitio, en esa medida te vuelves conocido y vendes tu producto. Es fantástico pintar cuadros, pero ¿de qué vives? Un pintor también necesita comer; sin embargo, a muchas personas les parece absurdo que un artista venda sus cuadros, porque persiste la idea en el país de que un artista plástico no trabaja, que solo tiene un pasatiempo… y que gastar dinero en una obra que parece una mamarrachada, en fin….
Mercado saturado
“Es muy complicado que una galería te abra las puertas, a menos que te conozca, que tenga ciertas referencias y que le guste tu obra. Es un mercado muy saturado, donde un puñado de pintores son los que venden y los demás mal venden, exponen sus cuadros en restaurantes, los rematan en su casa en abonos y siempre están en la calle. Lo que sostiene a muchas galerías no son las ventas de las obras de los pintores, sino la venta de firmas.
“Las personas que son capaces de gastar decenas, centenares de miles de pesos por un cuadro compran firmas, no quieren ni ver la obra, solo les interesa si tienen un Rivera, un Orozco, un Frida Kahlo, un Rodríguez Lozano, aunque sea un dibujo… Hay un mito alrededor de todo eso, toda esa aureola romántica del pintor. No sé hoy cuánta gente es capaz de detenerse frente a un cuadro por varios minutos, lo ven segundos y creen que ya vieron el cuadro. Es el mismo problema que existe con la lectura de libros o el escuchar música. ¿Cuántas personas pueden dedicar tiempo suficiente para leer una novela? Es una práctica inexistente, por falta de paciencia”.
Sobre el proyecto del entonces Instituto de Cultura de Yucatán, hoy Sedeculta, para fundar una escuela profesional de artes plásticas, Ramírez admitió que le parecía pretencioso. “El sueño de los doctorados y demás para mí es algo incomprensible, yo soy autodidacta y no entiendo que sea necesario. Viendo pintura es como uno aprende, esto no se enseña en ningún lado”, consideró.
En relación con las tendencias pictóricas del momento, aseguró que ese concepto se había acabado. “Ser pintor hoy es totalmente obsoleto. Lo que ahora existe es una moderna tecnología: son botones, pantallas, alambres, cosas de las que no entiendo nada. El pintor tradicional, como lo entiendo, ya dejó de existir. Ahora es un campo, un ámbito que desconozco. Las exposiciones actuales son temas de casualidad, que me parecen detestables”.
Vivir del arte
“¿En México, en Yucatán, se puede vivir de la pintura?”, se le preguntó. “Yo no puedo vivir”, confesó; “sin embargo, hay artistas locales que venden, porque venden muy barato. Es la única manera. Hay muchos, no diré nombres porque podría equivocarme, pero hay varios que viven de la pintura, mal, ya que el precio real de una obra lo establece el mercado, la oferta y la demanda”.
Reconoció que por una “cuestión de temperamento” no experimentó con otras tendencias pictóricas. “Soy poco afecto a experimentar, a dar pasos en falso, no tengo el gusto por la novedad, por lo sorprendente.
“Estoy satisfecho con mi trabajo… Me gusta dibujar, pintar, creo que no estoy capacitado para hacer escultura, grabado o serigrafía; son muy limitantes, me reducen demasiado. La pintura es más libre, los márgenes de error son amplios”.
Y sobre su sueño dorado, reveló que era “pintar un cuadro excelente, extraordinario. Seguir pintando y con calma, calma y tranquilidad, eso quiero”.






