• María Branyas Morera, fallecida en 2024 a los 117 años, y Manel Esteller, quien estudió su longevidad
  • María Branyas a los 18 años

NUEVA YORK (Por Gina Kolatac para “The New York Times”).— Investigadores españoles afirman que a María Branyas Morera le tocó la lotería genética. Sin embargo, los expertos advierten que unos genes y microbiomas sanos no explican la longevidad por sí solos.

María Branyas Morera, entonces la persona viva más anciana del mundo, tuvo una última petición antes de morir. “Por favor, estudiadme”, dijo a Manel Esteller, catedrático de genética de la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona.

La mujer, que residía en Olot, España, murió en agosto de 2024 a los 117 años.

Esteller y un amplio grupo de colegas cumplieron su deseo. Examinaron la sangre, la saliva, la orina y las heces de Branyas para intentar averiguar por qué vivió tanto. La respuesta en parte, según un artículo publicado en la revista “Cell Reports Medicine”, es que se cuidaba.

Seguía una dieta mediterránea, no fumaba ni bebía y caminaba una hora al día hasta principios de la década de 2000, cuando empezó a resultarle demasiado difícil. Y le tocó la lotería genética con variantes que, según los investigadores, podrían predecir la longevidad.

Se ha informado que estas variantes genéticas protegen contra factores de riesgo comunes como los niveles altos de colesterol, la demencia, las enfermedades cardíacas y el cáncer. “Tenía células que parecían más jóvenes que su edad”, dijo Esteller.

Los microbios que vivían sobre y dentro de su cuerpo, o su microbioma, están relacionados con niveles bajos de inflamación, añadió.

Su microbioma tenía abundancia de un tipo de bacteria beneficiosa, la Bifidobacterium, cuyo crecimiento puede verse estimulado por las bacterias en el yogur. Branyas comía tres yogures al día.

“Los niveles elevados de inflamación están relacionados con el envejecimiento avanzado”, añadió Esteller.

Immaculata De Vivo, genetista molecular de la Universidad de Harvard, quien no participó en el estudio, consideró que las explicaciones de los investigadores sobre la longevidad de Branyas eran “científicamente razonables”. Pero “siempre es importante tener cuidado al interpretar los resultados de casos individuales, en contraposición con los grandes estudios poblacionales bien controlados”.

Aunque la genética y los factores metabólicos pueden inclinar las probabilidades a favor o en contra de enfermedades, “la causalidad de las enfermedades es generalmente una cuestión de probabilidades más que de absolutos”, afirmó. En otras palabras, tan solo tener buenos genes y microbiomas no te mantendrá vivo.

Mary Armanios, oncóloga y genetista de la Facultad de Medicina Johns Hopkins, estaba menos convencida. Puso en duda las afirmaciones de que determinadas variantes genéticas puedan predecir la longevidad. “La genética de la longevidad es notoriamente confusa”, apuntó.

Cuando los investigadores buscaron variantes relacionadas con una vida prolongada, compararon los genes de personas más jóvenes con los de personas centenarias. Pero, agregó, los investigadores no saben si esas personas más jóvenes llegarán a vivir 100 años.

“Lo que se busca es un perfil genético que lo prediga”, explicó. Y eso es difícil de conseguir.

Branyas, por alguna razón, parecía excepcionalmente resistente. Nació en San Francisco en 1907. Sus padres eran españoles, pero se habían trasladado a Estados Unidos a trabajar. Cuando Branyas tenía 8 años, su padre murió, y ella y su madre volvieron a España.

Se casó y tuvo un hijo, que murió a los 52 años, y dos hijas, que ahora tienen 92 y 94 años. Integrantes de su familia extendida murieron por causas comunes: alzhéimer, un accidente, cáncer, tuberculosis, insuficiencia renal, males cardíacos. Branyas vivía y vivía.

Parecía reunir todos los requisitos hipotéticos para una larga vida.

Si las variantes genéticas tienen los efectos que se dicen, ella estaba preparada para evitar las enfermedades crónicas. Y su estilo de vida parecía ideal.

Tenía un estrecho círculo de familiares y amigos, reveló Esteller, y añadió que a medida que sus amigos morían, ella hacía otros nuevos. Ella y su familia vivían en la misma ciudad.

Vivió de forma independiente hasta 2001, cuando las dificultades para caminar la llevaron a ingresar en una residencia de ancianos. Tocó el piano hasta hace unos cinco años. “Llevaba una vida sana”, subrayó Esteller.

De un vistazo

No solo son genes

La genetista Mary Armanios advirtió que la genética y un buen microbioma no son la historia completa de por qué algunas personas viven tanto. Señaló que hay enormes diferencias en la esperanza de vida que se relacionan con la educación y nivel de ingresos.

Diferencia

En Baltimore, precisó, eso supone una diferencia de 20 años entre los habitantes del centro y los de los suburbios. “Creo que es evidente que hay una mala genética que limita la esperanza de vida”, manifestó. “Pero no estoy segura de que una buena genética baste para superar las limitaciones socioeconómicas”.

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