Martín Solares, autor de novelas policiacas como “Los minutos negros”, que fue llevada al cine, brindó ayer una plática en la que comenzó hablando de André Bretón y concluyó revelando detalles de su amistad con Quino.
La charla, titulada “Tres travesuras surrealistas”, formó parte de la última jornada de la Feria de la Palabra “Voces vivas, encuentro de culturas”, que por segunda ocasión se llevó al cabo en la Universidad Marista.
Ante reducido número de personas, lo que le dio un carácter íntimo a la charla (no fue necesario el uso de micrófono), el escritor resaltó ayer que, para él, el surrealismo es uno de los movimientos artístico más importantes del siglo XX.
“Todo lo que ellos (los surrealistas) descubrieron a través de la pintura, de la poesía y de las diferentes expresiones artísticas sigue determinando nuestra manera de vivir. Pensamos que somos completamente libres al nacer, pero a medida que vamos a la escuela empezamos a vivir de acuerdo con los modelos que nos dejó el surrealismo”, expresó.
Solares, finalista en dos ocasiones del Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, reconoció que antes de adentrarse a esa corriente pensaba que el surrealismo eran solo los bigotes de Salvador Dalí.
“Nuestra manera de defender los derechos humanos, de defender la gran literatura por sobre la literatura comercial, y nuestra manera de amar está determinada por el surrealismo”, señaló el autor.
Ya entrando en materia, el creador del detective Pierre Le Noir, protagonista de sus tres novelas más recientes, compartió detalles interesantes de la vida de los poetas André Bretón (principal teórico del surrealismo), Robert Desnos, Philippe Soupault y, por supuesto, él mismo.
“André Bretón decía que no valía la pena vivir sin estar enamorado y sin estar dispuesto a maravillarse con la riqueza de la realidad, que las personas que se embarcan en una rutina y empiezan a sufrir la vida en lugar de descubrirla no merecían estar vivos”, recordó.
Añadió que en la Primera Guerra Mundial Bretón sirvió en un hospital psiquiátrico de París, adonde llegaban soldados heridos a quienes ayudó a abrir un espacio en su imaginación para visiones gratas en vez de pesadillas y traumas.
“A partir de ahora, si escuchas un ruido fuerte vas a pensar que son los seres queridos que tienes y que vienen a hacer una fiesta para ti. Si hueles algo parecido a mostaza, vas a pensar que es tu amada que se acerca a ti para darte amor”, dijo que aconsejó Bretón a los heridos.
En el caso de Desnos, Martín Solares compartió que estuvo prisionero en un campo de concentración, donde, se dice, ayudó a sus compañeros a sobrevivir.
Le leyó la mano a cada uno, diciéndoles que iban a tener una larga y fructífera vida. Y aunque algunos lo tacharon de loco, su visión se cumplió, pues un oficial dudó que ellos fueran los que seguían en la lista de exterminio pues tenían una sonrisa de felicidad en el rostro. La condena se atrasó, pero ya no se les pudo ejecutar por la llegada de las tropas aliadas.
De él contó que durante la pandemia se enfermó de Covid-19, lo que, al igual que a muchas personas, le dejó secuelas, entre ellas la pérdida del gusto por más de un año, tanto que podía comer chile sin sentir el picor.
Igualmente evocó su tiempo de editor en Tusquets, editorial a la que renunció para dedicarse de lleno a la escritura; su labor como investigador para escribir sus historias y cómo esto lo llevó a inventar a Pierre Le Noir, un detective muy joven, sin ninguna experiencia en la vida, que se infiltra en el movimiento surrealista, pues un miembro de este es sospechoso de un crimen. El personaje protagoniza tres de sus novelas, incluyendo la más reciente, “Cómo vi a la mujer desnuda cuando entraba en el bosque”.
La trilogía se desarrolla en Francia, donde Solares estudió entre 2000 y 2008 y fue secretario de Quino, el autor de Mafalda, de quien se hizo gran amigo, al igual que de su esposa Alicia Colombo.
Resulta que vivían en el mismo barrio y avenida de París, lo que ayudó a que la amistad floreciera. Juntos iban al cine y a comer crepas. “Quino sabía mucho de arte, mucho de cine, poco de literatura, pero tenía sus convicciones. Un día le pregunté: ‘¿Qué me recomiendas porque estoy escribiendo esta novela?’, y me dijo: ‘Ya termínala y vamos al cine’”.
Más adelante, Quino le aseguró que la escritura se trata de divertirse, “que escribas para ti y si te hace reír, fabuloso. Yo dejé Mafalda porque me di cuenta que ya podía predecir cómo iban a terminar los cartones y eso me aburría”.
“Lo mejor de Mafalda es que yo no sabía cómo iba a terminar cada historia y no la terminaba hasta que no me sorprendían los personajes. Entonces dije: acabo ahora antes de que me muera de aburrimiento”.
Solares agrega que, de acuerdo con Quino, lo mismo pasa con la novela, y él, al cuestionarle cómo es que sabía de literatura, el caricaturista le respondió: “Eso me lo enseñó Umberto Eco”.
Solares se sorprendió: “Conoces a Umberto Eco…”. “Sí, es mi vecino”, le dijo. “Preséntamelo”, le pidió. “No, porque me pidió que solo saliéramos juntos”, declaró, y recordó que lo mismo le había dicho a Jorge Volpi cuando este le pidió que le presentara a Quino.
Al final, reveló, la insistencia de Quino de que terminara pronto su novela era porque la primera siempre es difícil. “El primer cartón de Mafalda fue imposible, pero una vez que hice el primero, los demás salieron con mucha alegría”, le dijo.
Lo demás es historia.— IVÁN CANUL EK
