De la expresividad y el misticismo a la sensualidad del trópico y al romanticismo más puro, la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY) ofreció un recorrido musical que llevó a la audiencia por un abanico de emociones en las que la vida y la muerte se hicieron presentes a través de la música.
El concierto de anteanoche, lleno de estilo, variedad y calidad, se realizó bajo la dirección del maestro Enrique Diemecke, quien fungió como director huésped de la OSY y presentó un programa que permitió a los asistentes viajar no solo por distintos países, sino también por diversas sensaciones.
Con esta presentación concluye la etapa de selección para designar al nuevo director artístico de la OSY.
El experimentado maestro eligió un programa de contrastes, que se inició con el misticismo de “Calaveras”, del compositor mexicano Eugenio Toussaint, pieza que dejó sentir el lenguaje expresivo del autor y resultó particularmente oportuna en esta temporada cercana al Día de Muertos. La obra invita a reflexionar, e incluso a reírse, de la muerte con una mezcla de solemnidad y humor.
Antes de comenzar, Diemecke se dirigió al público para explicar las características de la composición, aprovechando el momento para bromear y dar tiempo a que los asistentes tomaran asiento, incluso conversando con algunos jóvenes que se acomodaban en la primera fila.
La ejecución de “Calaveras” sumergió a los presentes en un mundo imaginario de calacas y esqueletos al estilo de José Guadalupe Posada, representados por Toussaint con un toque sinfónico enriquecido por su pasión por el jazz. Las campanadas iniciales funcionaron como un llamado simbólico a los muertos para salir a su paseo nocturno.
La suite recorrió con humor y colorido la alegoría de la muerte, alternando pasajes nostálgicos, sorprendentes y festivos, en sintonía con la forma en que los mexicanos celebran esta tradición. El escenario se llenó con una amplia dotación orquestal, incluyendo percusiones adicionales, arpa y piano, instrumentos que dieron cuerpo y vitalidad al conjunto sonoro.
Viaje a Brasil
A continuación, la Orquesta interpretó “Impresiones brasileñas: per orchestra” de Ottorino Respighi, inspirada en la visita que el compositor italiano realizó a Río de Janeiro en 1927. Fascinado por la cultura y el ambiente brasileños, Respighi plasmó en tres movimientos la esencia del país sudamericano.
Nuevamente Diemecke tomó la palabra, algo poco común entre directores, para ofrecer una anécdota personal. Explicó que su característico gesto de abrir los brazos al subir al podio se inspira en su infancia, cuando ensayaba con sus hermanos frente a una ventana que daba a la calle. Su padre los hacía tocar ahí para que entrara luz y aire, y la gente que pasaba se detenía a escucharlos, sonreía o incluso se emocionaba. “Abrir los brazos es como abrir esa ventana y volver a encontrarme con ese público espontáneo”, relató.
En cuanto a la obra de Respighi, el primer movimiento evocó la vibrante vida nocturna de Río, con el vaivén de sus palmeras bajo la luz de la Luna. En el segundo, titulado “Buntantán”, el fagot y el clarinete representaron el sinuoso movimiento de las serpientes que impresionaron al compositor. Finalmente, en el tercer movimiento, “Canzone e Danza”, se aludió al carnaval brasileño con un tono festivo pero refinado, que llevó al público a un estado de gozo y espontaneidad.
Al concluir la interpretación, Diemecke invitó a ponerse de pie a los músicos que tuvieron participación destacada, gesto que acompañaron con la misma apertura de brazos que caracteriza al maestro.
Tras un breve intermedio, la velada continuó con la Sinfonía número 4 en Mi menor de Johannes Brahms. El director huésped introdujo la obra explicando que en su primer movimiento el compositor se describe a sí mismo; en el segundo rinde homenaje a Clara Schumann; en el tercero recuerda a Robert Schumann, y culmina con una chacona, ritmo de origen mexicano que posteriormente se difundió en Europa.
Diemecke advirtió que la pieza exige gran energía por su intensidad emocional y complejidad técnica. En cada compás se percibió la fuerza del romanticismo de Brahms, así como la belleza y ternura que caracterizan su obra. Los pasajes musicales conmovieron profundamente al público, recordando por qué esta sinfonía es considerada una obra maestra.
La interpretación fue recibida con entusiasmo y prolongados aplausos, que reconocieron tanto la entrega de los músicos como la dirección de Diemecke. El público se puso de pie mientras el maestro repartía entre los integrantes de la orquesta las flores que le fueron entregadas al final del recital. Entre aplausos y gestos de agradecimiento, el director se despidió de los asistentes, cerrando con elegancia una noche de música memorable.— IRIS CEBALLOS ALVARADO
