En el marco de su participación, la autora compartió cómo vivencias personales, marcadas por el doble exilio de su país, han moldeado su obra literaria.
En una charla con el Diario, Ligia, radicada en México desde hace muchos años, habló de su novela “Somoza”, en la que confronta su infancia bajo el régimen del dictador, y de “Por mi gran culpa”, un relato que se atreve a explorar la culpa primigenia y contemporánea a través de un secreto familiar relacionado con el clero.
¿Cómo se siente de estar en Mérida y participar en la Feria de la Palabra de la Universidad Marista?
Estoy muy contenta. Mérida se me hace un lugar espectacular. Su gente es lo principal. La vegetación y este Festival de la Palabra me tienen vuelta loca.
¿Qué es la culpa para usted?
¡Uy, qué fuerte!, ¿verdad? Yo quise en esta novela (“Por mi gran culpa”) tocar tanto la culpa primigenia como la que vamos acumulando a lo largo de nuestras vidas. Se me hace un poco injusto que todos los católicos hayamos nacido con esta culpa porque Eva le dio a probar una manzana a Adán. Y a nosotras, las mujeres, al final de cuentas, se nos culpa de habérsela dado a Adán, pero nadie habla de que Adán la mordió. O sea, a él le quitan la parte mala. Y a partir de ahí la mujer ha ido acumulando cosas. Es decir, cuando yo nací, nací con este pecado original. Nací con esta culpa sin deberla ni temerla, pues yo no hice nada. Y todas estas culpas que vamos teniendo a lo largo de nuestras vidas, las contemporáneas: la del cuidado de los hijos, esta culpabilidad de si me voy a trabajar me digo: “Voy a dejarlos un momentito”. Todo eso es lo que quise poner en la novela. Justamente, la emoción que rige la novela es la culpa.
¿Y “Somoza”?
Es una novela de ficción muy autobiográfica porque conocí al general Anastasio Somoza y lo que cuento es lo que viví con él como niña, desde la perspectiva de una niña y luego desde la perspectiva de adulta le reclamo. La perspectiva de niña no juzga, una niña solo puede contar lo que pasó, pero como adulto juzgo la guerra y la dictadura.
¿Cuál es la importancia de la literatura al abordar temas tan fuertes y dolorosos como la guerra, la dictadura y el exilio que hacen que una persona que es feliz en su lugar tenga que emigrar?
Hay un montón de causas. Por ejemplo, naturales, como un terremoto, un huracán, un aluvión. También hay causas económicas: porque aquí ya no tengo forma de sostener a mi familia y entonces me tengo que ir a Estados Unidos a buscar el “sueño americano”. Y la otra es por motivos políticos, que fue la que yo viví. Me sacaron de mi tierra, yo no lo pedí. Fue un destierro totalmente sin pedirlo. Un exilio completamente forzoso.
¿Qué piensa de que las personas que le hicieron mucho daño a uno sean del mismo lugar?
Estas personas que hicieron mucho daño —me voy a referir específicamente al nuevo presidente (Daniel Ortega), que no es ni nuevo, pero es el presidente actual de Nicaragua—, él quitó al general Anastasio Somoza, el dictador. Quitó una dictadura que venía de tres generaciones, porque eran su padre, su hermano y él. Era Anastasio Somoza García, luego vino el hermano Luis y luego Anastasio Somoza Debayle. Ellos tres estuvieron veintitantos años en el poder. Cuando viene Daniel Ortega, del Frente Sandinista de Liberación Nacional, quiere quitar esta dictadura. Y ahora Daniel tiene más años en el poder que toda la familia Somoza. Lo que me parece dolorosísimo es que el presidente actual se enfermó de poder y se quedó ahí, sigue mandando y ahora con su esposa, porque el nepotismo es impresionante. Entonces, ¿cómo puede hacer daño alguien que quiso quitar el cáncer de la dictadura y se convirtió en lo mismo?
¿Desde entonces, no ha regresado a Nicaragua?
No, ni puedo regresar. Lo tengo vedado, tengo pasaporte vigente nicaragüense pero no puedo entrar. Me lo prohíbe Relaciones Exteriores o la Secretaría de Gobernación.
Y más de la mitad de su vida ha vivido fuera de Nicaragua…
Sí. Por dos exilios: primero el de Somoza y ahora este. Regresé en 2017 a presentar novela, estuve muy feliz, pero en abril del (año 20)18 vino la “Primavera del 18”, fue un acto de insurrección porque los jóvenes quisieron apoyar a los viejitos que se estaban quedando sin sus pensiones por el mal manejo de los recursos en el gobierno, y el gobierno hizo una represión brutal. Mandó paramilitares, metió a la cárcel a opositores. La censura es radical.
Los lugares donde nacemos, donde pasamos nuestra infancia generalmente los idealizamos. ¿Sigue pensando que Nicaragua es el lugar más bonito del planeta?
Sí, porque es mi tierra, uno recuerda su olor. A lo mejor es un lugar común decir “los olores de mi tierra”, pero sí lo son. Me decía una doctora que el olfato no se piensa, va directo al hipotálamo y eso te trae unos recuerdos directos, sin pasar por la razón. Y el olor de la tierra se lleva siempre dentro, el olor de la comida, ese petricor cuando está lloviendo en Nicaragua y sube el olor a tierra mojada es delicioso, y la comida, su gente. Cuando volví a Nicaragua en 2017 me pasó una cosa un poco extraña: me sentía de México y de Nicaragua. No podía decir: “Soy totalmente nicaragüense”. Y en México no puedo decir: “Soy totalmente mexicana”. Tengo esta simbiosis muy linda. Llevo el recuerdo de mi tierra y mi patria, pero ya tengo a México muy adentro.
¿Estas vivencias la llevaron a la literatura o cómo llega a las letras?
Definitivamente, sí. Traigo en mi ADN el exilio y la migración, y la novela “La muralla” es justamente de exilio y migración. Quería hablar de las cosas que me han marcado y, obviamente, la dictadura. En su momento no podía hablar de ella, no podía decir absolutamente nada de lo que nos estaba pasando. Ya que se instaura otra dictadura en Nicaragua la gente empieza a darse cuenta que lo que estaba antes era “menos peor”.
¿Qué papel juega la literatura al abordar la memoria colectiva?
Cuando conocí al general, iba a su casa de playa, donde vivía, y era muy importante lo que yo escuchaba, memorias que ocurrieron en Nicaragua, de la historia de mi país y que la gente tal vez no sabía. En Nicaragua mataron al líder de la oposición Pedro Joaquín Chamorro. Cuando muere dicen: “Lo mató Somoza”, porque era su contra(parte política), y ese día, estando en la tarde con el general, pegaba de gritos y decía: “¡Me van a culpar de la muerte de Pedro Joaquín! Él se escapaba de la seguridad que yo le ponía y la gente del Frente (Sandinista) lo que quiere es matarlo para que me echen la culpa a mí”. Ese tipo de cosas que son la historia de nuestro país no estaban escritas porque nadie más las vivió. Dije: “Tiene que quedar sentado en mi novela que eso ocurrió”.
¿La novela está disponible en Nicaragua?
Entró a Nicaragua, porque no es una apología de la dictadura. Es la condición humana, lo que ocurre con el dictador y tiene su fase buena y su fase mala. Ligia niña cuenta lo que yo conocí de él: era una persona muy amorosa, buena conmigo, que quería a su familia, que trataba muy bien a la gente, tenía don de gentes. Pero también hablo desde el punto de vista de sus enemigos, por qué vino un comando argentino y lo mató. Está la condición humana reflejada ahí.
¿Escribir esta novela fue para usted una especie de sanación?
Claro que sí. Fue una parte muy importante de sanación, porque tenía una visión de él (Somoza) que era como tío y cuando llego a México y las noticias son de que es un matón, un dictador… Yo decía: “No me calza, no me calza lo que yo viví con lo que están diciendo acá afuera”. Quería responderme esas preguntas y la escritura fue una búsqueda de respuestas. No encontré todas, al contrario, me salieron más preguntas, pero ayudaron muchísimo al proceso de sanación.
En el caso de “Por mi gran culpa”, ¿cómo fue el proceso?
Es un libro totalmente ficticio, a diferencia de “Somoza”, totalmente autoficción. “Por mi gran culpa” surge con una verdad, la única de toda la novela: mi trastarabuelo era el obispo de la catedral de León, de España, y él embarazó a mi trastarabuela Josefa Urroz. Un día la abuela dijo: “Ay, por cierto, ustedes no se deberían de llamar Urroz…”. Siendo católica de ir a misa todos los domingos y rezar, dije: “Nos vamos a condenar, el horror de que todas las generaciones vamos para el infierno porque el obispo…”. Luego uno lo ve con los ojos de la madurez, no del miedo, y me dije: “Voy a escribir una novela de eso”. Fue un shock por el temor de Dios que se magnifica, porque uno dice: “Ahora sí, por más que me porte bien, voy a estar condenada”. La novela tiene dos partes. Empieza en un viaje de un padre con dos hijas de Galicia a América. Quería hablar de temas dolorosos, pero necesarios, como la pedofilia, el abuso por los miembros del clero de la gente por el poder…
¿Hay una Ligia antes y después de la novela que escribe?
Yo creo que sí, porque es como abrirte en canal, mostrarte cómo eres, mostrar tus inquietudes. A pesar de que “Por mi gran culpa” no es un caso real, las emociones que están dentro de ella, como la culpa, el amor, los celos, el miedo… traspolas tus emociones en la literatura y lo que llega con los lectores.
Si bien la mayoría de sus obras son ficción, ¿qué tanto de real o biográfico hay en ellas?
Sobre todo la emoción. Me regía la culpa y tenía que estar en la novela. El amor, el temor a Dios, todo eso tenía que estar en esa novela. El amor por la tierra…
Si escribiera una novela de su vida, ¿cómo sería?
Drama no, porque todo lo que he vivido, que han sido cosas muy duras, me ayudó a ser quien soy y estoy muy feliz con quien soy. Agradezco todas mis vivencias y sobre todo que mi familia salió fortalecida, el núcleo de mi padre, mi madre, mi hermana, los abuelos son muy importantes y eso nos fortaleció. A pesar de ser un drama, no escribiría una novela dramática. Y tampoco comedia, porque tiene sus partes graciosas, pero hay una guerra. Sería una novela que hable de la condición humana y que sea una mezcla de todo lo que tenemos los humanos.
Las dictaduras han estado muy presentes en la literatura latinoamericana: Chile, Colombia, México, Venezuela…
La novela de dictadura en Chile es muy importante. Admiro mucho a Nona Fernández, que escribió una novela muy fuerte sobre el tiempo de la dictadura. Alejandro Zambra también escribió una novela de dictadura en Chile y pues todo el boom latinoamericano: Vargas Llosa, Gabriel García Márquez. “Somoza”, definitivamente, es una novela de dictadura.
¿Cuál es el legado que quisiera dejar con su literatura?
Para mí es bien importante que no se olvide la Historia. Cancelar la Historia es lo peor que puedes hacer, porque se pueden volver a cometer actos. La cultura de la cancelación es una línea muy difícil porque no te permiten leer “El color púrpura” porque habla de los negros, pero esa era la cultura de la época, entonces hay que hablar que en esa época había esclavitud. No hay que borrarla porque si la borramos probablemente caigamos en los mismos errores. Es muy importante no borrar la Historia, no cancelarla, más bien hablar de ella, siempre texto con contexto.
