• Sobre estas líneas, el presbítero Alejandro Álvarez Gallego al impartir su charla “Virtudes que sanan: El poder de la fe, la esperanza y la caridad en la experiencia de la enfermedad” como parte del desayuno espiritual; a la izquierda, el rector del Seminario Conciliar, el presbítero Ricardo Atoche Enseñat, bendice los alimentos

Una enfermedad vivida sin fe, sin esperanza y sin amor —que es caridad— se vuelve prácticamente imposible de sobrellevar, expuso el presbítero Alejandro Álvarez Gallegos durante un desayuno espiritual realizado ayer en el Seminario Menor “San Felipe de Jesús”, actividad organizada a beneficio de esta casa formadora.

El sacerdote señaló que las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad— asemejan al creyente a Cristo, pues es Él quien otorga estos dones y alimenta espiritualmente a las personas, exhortando a los fieles a cultivar dichas virtudes.

Como coordinador de la Pastoral de la Vida, Salud y Adultos Mayores, el padre Alejandro ofreció el tema “Virtudes que sanan: El poder de la fe, la esperanza y la caridad en la experiencia de la enfermedad”.

El rector del Seminario Conciliar, padre Ricardo Atoche Enseñat, dio la bienvenida a las decenas de asistentes antes de iniciar la reflexión del presbítero Álvarez, quien señaló que el asunto abordado tiene una relevancia especial porque “todos somos sujetos y protagonistas de esta realidad”. Hablar de la enfermedad —agregó— es referirse a una experiencia que toca a toda persona, ya que nadie está exento de la fragilidad, el dolor o la pérdida. Ante ello surgen cuestionamientos difíciles: “¿Por qué a mí? ¿Dónde está Dios en este sufrimiento? ¿Qué sentido tiene seguir cuando todo parece oscuro?”.

Desde la mirada de la fe, aclaró, la enfermedad no es únicamente dolor, sino también un espacio de gracia, un momento donde Dios puede revelarse con ternura, abrir el corazón a la esperanza y permitir que el amor florezca con mayor pureza. En este sentido, invitó a contemplar la enfermedad desde las tres virtudes teologales, consideradas auténticas medicinas del alma.

Estas virtudes —añadió— sostienen y transforman el sufrimiento en encuentro con Dios. La enfermedad confronta la fragilidad humana, pero desde la fe también representa una oportunidad de crecimiento espiritual. Recordó que Jesucristo no evitó el sufrimiento, sino que lo asumió y lo transformó, y bajo esa luz es posible comprender cómo en la enfermedad pueden surgir la fe, la esperanza y la caridad como auténticas fuerzas sanadoras del espíritu.

El sacerdote señaló que la fe no elimina el sufrimiento, pero le da sentido: “Es la luz que permanece encendida cuando todas las demás se apagan”. Tener fe —dijo— no significa no sentir miedo, sino confiar aun en medio del temor. Durante la pandemia, la fe sostuvo a muchas personas que, pese al encierro, mantuvieron la oración, la lectura y la reflexión espiritual. “La fe nos permite decir: ‘Señor, no entiendo por qué me pasa esto, pero sé que tú estás conmigo’”.

Con respecto a la esperanza, explicó que es una fuerza silenciosa que impulsa a seguir caminando aun cuando no se vislumbra un horizonte claro. No es optimismo superficial ni negación del sufrimiento. Criticó las seudosectas que prometían eliminar el dolor en minutos, señalando que el sufrimiento forma parte de la naturaleza humana: “¿Cómo puedes quitar algo esencial de la vida?”.

Recordó las palabras de San Pablo: “Nos gloriamos incluso en las tribulaciones, porque la tribulación produce paciencia; la paciencia, virtud probada; y la virtud probada, esperanza”. Para muchos enfermos, la esperanza es su medicina más profunda, la que les permite levantarse cada día y afrontar tratamientos, diagnósticos y estudios. Cuando la esperanza supera al dolor, es posible descubrir belleza, aprendizaje y capacidad de amar. “Cuando la esperanza está viva, el enfermo se convierte en maestro de vida”, afirmó.

Describió la esperanza como una virtud del camino, que ayuda a avanzar sin detenerse, y que recuerda que ningún dolor es definitivo: “Toda cruz tiene un horizonte de resurrección”. La enfermedad, sostuvo, no debe verse como un final, sino como un proceso de transformación que prepara al creyente para presentarse dignamente ante Dios. El purgatorio —explicó— es ese espacio que purifica al alma para estar plenamente ante la presencia divina.

Respecto a la caridad, recordó que ésta coloca al ser humano ante la experiencia del don, que suele pasar inadvertida en una cultura enfocada en la utilidad y la productividad. El ser humano, afirmó, está hecho para darse. Jesús enseñó que el amor verdadero se expresa en el servicio: tocó al enfermo, curó al paralítico, acompañó con lágrimas a quienes sufrían. Amar al enfermo es tocar a Cristo mismo.

En el sufrimiento, añadió, la caridad se manifiesta como consuelo, ternura y servicio que humaniza; servir con compasión es participar de la obra sanadora del Señor, pues esta virtud convierte la fragilidad en comunión. El presbítero Álvarez, párroco del Sagrado Corazón de Jesús, concluyó su charla exhortando a vivir la fe, la esperanza y la caridad como fortalezas espirituales capaces de transformar la experiencia de la enfermedad.

Al finalizar, se bendijeron los alimentos y se ofreció el desayuno a los asistentes.— Claudia Sierra Medina

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