A veces nos preguntamos qué más tenemos que hacer… cuando la verdadera pregunta es qué deberíamos dejar de hacer.
Estoy aprendiendo a poner límites, no sólo hacia afuera, sino primero dentro de mi mente. A dejar de negociar con mi identidad. A construir una versión de mí que no necesite ser admirada para sentirse valiosa.
Y en ese camino, me topé con los apegos. Esos hábitos, etiquetas o historias de las que no queremos soltarnos, porque en el fondo nos aferran a una idea de quién creemos que somos. Nos resistimos a cambiar porque soltar… duele.
Pasa también con el éxito. Hay quienes viven de lo que fueron: el popular de la prepa, el que ganó la medalla en secundaria, la que siempre tuvo todo y ahora no entiende por qué se quedó sola. Personas atrapadas en su mejor momento pasado, repitiéndolo como un eco porque les da miedo pensar que ya pasó lo mejor.
En mi trabajo lo he visto muchas veces. Gente que vende muchísimo en la primera semana.
Se ilusionan, creen que así será siempre… y cuando la siguiente semana no repiten ese resultado, se frustran y desaparecen. Mientras tanto, los que empiezan lento, los que tienen que esforzarse para desarrollar la habilidad, suelen ser los que permanecen. Porque aprendieron a manejar la frustración. No se apegaron a una racha, sino que construyeron un proceso.
Todos somos diferentes. Cada uno tiene su propio camino, sus pruebas, sus lecciones. Pero si algo es común a todos, es que tarde o temprano toca soltar algo. Un rol, un personaje, una historia. Para avanzar hay que dejar atrás. No hay de otra.
Soltar no es perder. Soltar es madurar. Es abrir las manos y decir: gracias por lo que fue… y bienvenido lo que viene.
Mi nombre es Alejandro Granja Peniche y estoy convencido de que lo mejor siempre está por venir. Pero para verlo llegar, hay que hacerle espacio. Hay que soltar con gratitud. Y aunque duela, aunque incomode… vale la pena.
Nos leemos en el futuro. Y ojalá, en tu camino, también te permitas ser feliz sin esperar de los otros.

