Llenos de devoción, cientos de feligreses llegaron ayer al encuentro de la Virgen de Guadalupe en la parroquia de San Cristóbal, donde, como cada año, peregrinos y antorchistas le demostraron su fervor a la Morenita del Tepeyac en el día en que se recuerdan las apariciones de María a Juan Diego.
El 12 de diciembre de 1531 sucedió la cuarta aparición a Juan Diego, hoy santo, y es la fecha que se eligió para que el pueblo de México le rindiera homenaje.







Al santuario arribaron numerosos peregrinos, algunos de los cuales recorrieron decenas de kilómetros para postrarse ante la Madre Dios como prueba de su fe. Fue el caso de Guadalupe Cool Uicab, de Hunucmá, quien junto con otras 22 personas emprendió un trayecto que duró casi una semana: el sábado pasado salió de su municipio en dirección a Izamal, adonde llegó el domingo.
Desde ahí peregrinaron hacia Mérida en bicicleta y solo en las noches se detenían a dormir, sobre todo porque había seis niños.
El grupo de Guadalupe está integrado en su mayoría por familiares: su hermano, hermanos políticos y sobrinos, que cada año cumplen la promesa de ir al encuentro de la Virgen. “Lo hacemos porque nunca nos ha dejado la Virgencita; en la enfermedad está siempre con nosotros, en las buenas y las malas”.
Es la primera vez que hace el recorrido en bicicleta y fue muy cansado, pero su fe la animó a seguir.
El jueves, en la víspera de la festividad, llegaron a San Cristóbal y participaron en la misa, y ayer fueron de nuevo al templo a orar.
Cool Uicab afirmó que cuando entraron al santuario sintió una gran emoción y alegría, “me sentí contenta, se me olvidó todo, el cansancio, el sueño, el hambre, todo se olvida, solo hay felicidad”.
Edward Tamayo Ceh, de 21 años, estuvo entre las decenas de antorchistas que llegaron ayer a San Cristóbal. Para él la emoción fue doble, al encontrarse no solo con la imagen de la Virgen, sino también con su familia, luego de no verla por 10 días, tiempo que duró el recorrido que hizo desde la frontera de Tabasco hasta Mérida.
Con lágrimas en los ojos por haber llegado sano y salvo al santuario y por abrazar su fe y a su familia se vio al joven, que desde los 5 años participa en las peregrinaciones, muestra de devoción que le inculcó su madre Lucely Ceh Chan.
Ayer, su mamá, su papá Manuel Manzanero Canché y su hermana Anahí arribaron casi al mismo tiempo que él a la iglesia, en lo que se podría decir fue una coincidencia, pero para otros es una “Dioscidencia”.
Edward salió de su natal Tecoh el martes 2 rumbo a la frontera con Tabasco, junto con otros 10 compañeros, con quienes planeó durante un año la travesía.
El recorrido fue en bicicleta. “Es difícil, hay que cuidarnos unos a otros y tener precaución porque ahora ya casi nadie nos respeta como peregrinos. Pero gracias a Dios y a la Virgen no nos pasó nada”.
Donde les caía la noche se quedaban a dormir y hubo familias que los apoyaron en el trayecto, les regalaban comida y agua, una muestra de la solidaridad y el buen corazón de las personas.
“Eso nos ayudó bastante, pero también hubo momentos complicados, de mucho Sol y lluvia; también tocó pasar hambre”.
Cada día recorrían entre 100 y 120 kilómetros; solo hicieron un tramo más largo, de 150 kilómetros, de Champotón a Ciudad del Carmen. Manifestó que su peregrinaje es una promesa a la Virgen, porque le ha brindado mucha salud y trabajo y su familia está completa.
Sus papás y hermana arribaron a San Cristóbal como parte de otro grupo de peregrinos. En su caso salieron de Tecoh muy temprano por la mañana rumbo a Ucú y desde esa población salieron a San Cristóbal. Hicieron el recorrido con su antorcha.
El grupo estuvo integrado por 30 personas de diversas edades, desde niños a partir de 5 años y adultos.
Lucely Ceh admitió que para ella era una emoción que su hijo hiciera un recorrido tan grande para mostrarle su fe a la Virgen, como parte de una tradición que ella misma le inculcó, pero al mismo tiempo le preocupa que se vaya sin su familia, pues sabe que puede ser peligroso. “Cuando parte tengo fe en que todo va a estar bien y en el transcurso del camino la Virgen lo cuida”.
El templo lució abarrotado en varios momentos del día. Ante las dos imágenes de la Virgen —una junto a Juan Diego— que hay a un costado hubo fieles que se postraron, encendieron veladoras, se persignaron y oraron.
A unos metros de ahí, junto a una de las rejas de acceso, hay un cuadro de la Guadalupana ante la cual se depositaron numerosas veladoras. Se pudo ver a una madre que le decía a su hija: “Reza y pídele a la Virgencita que nos cuide”. La niña se arrodilló, encendió el tributo y oró.— IRIS CEBALLOS ALVARADO
