¿Podemos “cerrar” el año? O la pregunta más bien sería “¿tenemos que?”. Siempre he pensado que adonde sea que vayamos nos vamos con todo y nuestra maleta.
Esta se encuentra cargada de emociones, ideas, expectativas, daños del pasado que todavía no hemos logrado digerir, sueños (también los frustrados) y decepciones. Pero igualmente nos sentimos en la urgencia de deshacernos de todo aquello que nos lastima para el 31 de diciembre y lamentablemente no funciona así.
No me mal entiendan, los rituales de fin de año tienen cierta magia imposible de explicar que traen paz y tranquilidad al corazón, aunque también eso se deba a que hacemos un recorrido mental de todo lo vivido y de lo que queremos despedir o dejar atrás. Entonces, por ende, nos agradecemos a nosotros mismos.
La realidad es que igual sentimos cierta presión de que las cosas acaben y que despertemos el primero de enero como si fuera algo completamente nuevo. Esta presión nos quita un poco la oportunidad de dejarnos crecer, de permitirnos vivir acomodando las cosas a nuestro propio ritmo y soñar en grande paso a paso.
Que no se nos olvide que podemos alcanzar lo que anhelamos y también dejar atrás lo que nos duele, y no tiene que ser en el momento que el reloj marque las 12. Somos dueños de nuestro propio ritmo.
