A medida que cumplía años, el espejo reflejaba una realidad innegable: la juventud se estaba desvaneciendo y yo me encontraba indecisa ante la posibilidad de probar cualquier cosa para detener el tiempo. Los frascos de cremas y sueros se alineaban en mi tocador, cada uno prometiendo ser la solución mágica para borrar las arrugas y restaurar la luminosidad de mi piel.
Pero mientras más leía las etiquetas, más confundida me sentía. ¿Ácido hialurónico? ¿Péptidos? ¿Antioxidantes? ¿Qué significaba todo eso? ¿Y por qué parecía que cada producto era más milagroso que el anterior? Me senté, abrumada y rodeada de tarros, y no pude evitar sentirme perdida.
¿Era realmente posible detener el tiempo? ¿O era solo una ilusión creada por el mercado de productos de cuidado personal? ¿Podía realmente confiar en ellos?
La letra pequeña parecía contener secretos que solo unos pocos entendían, y me sentí perdida en un laberinto sin salida.
La ironía es que, a pesar de que la sociedad nos insta a amarnos y aceptarnos a nosotros mismos, el culto a la apariencia sigue siendo una fuerza poderosa que nos hace sentir que no somos lo suficientemente buenos. Nos bombardean con mensajes de autoaceptación y amor propio, pero al mismo tiempo nos venden productos y tratamientos que prometen cambiarnos. Es como si estuviéramos atrapados en un ciclo interminable de automejoramiento y perfección.
Me pregunto, ¿es posible realmente encontrar la felicidad y la satisfacción en un mundo que nos dice que debemos cambiar para ser aceptados? ¿O es que la industria de la belleza solo refleja nuestra propia inseguridad y miedo a no ser lo suficientemente buenos?
Con más dudas que respuestas en la cabeza, el tema se puso sobre la mesa en una plática casual con mi hermana, la cual simplemente comentó: “Creo que estamos llegando al punto de convertir en realidad aquella satírica cinta que en español conocemos como ‘La muerte le sienta bien’”.
“La muerte le sienta bien (Death Becomes Her)” es una película de comedia negra, estrenada en 1992, dirigida por Robert Zemeckis y protagonizada por Meryl Streep, Goldie Hawn y Bruce Willis. La trama sigue la historia de Madeline Ashton, una actriz vanidosa y narcisista, y Helen Sharp, una escritora vengativa y rival de Madeline.
Ambas mujeres se enfrentan en una batalla hilarante e inmortal después de consumir un elixir que les otorga juventud eterna, pero con un precio terrible.
La película es una sátira mordaz sobre la obsesión de sus personajes por la juventud y la belleza eterna al punto de perder la humanidad y la dignidad para conseguirla, enfrentando sus propios demonios y debilidades, dejando ver la vanidad, la envidia y todo tipo de emociones decadentes que parecieran parte de una fantasía pero que cada día se acercan más a la materialidad que vivimos.
Y es que en este punto de nuestras vidas tal parece que la ficción nos va alcanzando: detrás de un “envejezca con dignidad” existe un “envejezca con presupuesto”. Pero, ¿cómo podemos poner de acuerdo nuestras necesidades, nuestros gustos y las exigencias sociales?
Creo que no existe una respuesta absoluta y solo es cuestión de ir aprendiendo a decir “no” a las expectativas poco realistas y a enfocarnos en lo que nos hace felices y nos permite sentirnos bien con nosotros mismos.
También es importante recordar que la perfección es una ilusión y que todos tenemos defectos y limitaciones. Y no, no se trata de abandonar el cuidado de nuestro cuerpo, pero no como reflejo para el exterior, sino en luz para nosotros mismos. Y sin alzar campanas al vuelo de un forzado optimismo, vivamos el momento que nos corresponde, enfrentando la tiranía del tiempo, con el alma en rebelión reclamando su derecho a ser libre y plena.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
