• María Juncal en un momento de su ovacionada actuación en el Teatro Armando Manzanero, anteayer. Con ella, Héctor Aguilar y Maly Claveria
  • Cuatro imágenes de la presentación del espectáculo “Una mirada” de María Juncal, quien el martes 13 ofreció una conferencia en el Centro Municipal de Danza
  • María Juncal en su gran noche enmarcada en el Mérida Fest 2026

La noche del jueves quedará en la memoria de los asistentes al Teatro Armando Manzanero como una de esas veladas que, cuando suceden, transforman el ambiente. Enmarcado en el Mérida Fest, el espectáculo de flamenco “Una mirada”, encabezado por la bailaora, coreógrafa y maestra María Juncal se vivió como un acontecimiento mayor, de los que convocan desde mucho antes de la hora señalada.

Desde temprano, las filas se extendían fuera del recinto; nadie quería quedarse fuera del encuentro con la artista internacional, una figura que ha llevado el flamenco a escenarios de Europa, Asia y América, consolidando una trayectoria reconocida por su fuerza escénica, su rigor técnico y una manera muy personal de narrar emociones a través del cuerpo.

El martes pasado, como informamos, María Juncal ya había tejido un lazo íntimo con la ciudad durante una conferencia cercana, casi confesional, en el Centro Municipal de Danza, donde habló de sus inicios, de los tropiezos y aprendizajes, de la disciplina que forja carácter y de la pasión que sostiene una carrera larga y exigente. Esa charla funcionó como preludio a lo que estaba por suceder sobre el escenario.

La expectativa se sentía viva dentro del teatro. Al abrirse las puertas, los asistentes avanzaron con prisa contenida en busca del mejor sitio. Murmullos constantes, música de fondo y una energía que crecía por segundos envolvían la sala.

Pocos minutos después de las ocho, la voz anunciando “esta es la tercera llamada” marcó el cambio. La oscuridad fue total. El silencio se tensó. El telón se abrió lentamente y una luz tenue, morada, dibujó las siluetas del elenco: la guitarra de Kin Sánchez, el cajón flamenco de Héctor Aguilar y la presencia firme del cante, con Maly Claveria aportando profundidad y temple desde la voz femenina.

En el lado opuesto apareció Mario Díaz, quien desde el cante se presentó como El Caminante, ese que no siempre avanza pero nunca se rinde. Y entonces, tras unos instantes de expectación, entre una nube etérea, surgió ella: María Juncal. El teatro respondió de inmediato con aplausos que se sintieron como un abrazo colectivo.

Durante cerca de dos horas, la bailaora ofreció un espectáculo de enorme intensidad. Su cuerpo habló con coraje y, al mismo tiempo, con una dulzura capaz de envolver al público entero. En los movimientos lentos, la cadencia hipnotizaba; en los rápidos, el frenesí se volvía compartido. Su técnica fue impecable, dejando claro por qué su nombre ocupa un lugar destacado dentro del baile flamenco contemporáneo.

En ese lenguaje donde los pies se convierten en instrumento musical, María dominó el tacón, la planta y la punta del zapato para construir ritmos complejos y enérgicos, llenos de pasión. Desde la mirada, desde una sonrisa apenas insinuada, desde el más leve gesto, hasta el zapateo que hizo temblar la sala, todo parecía milimétrico y, a la vez, profundamente visceral.

Por momentos, el teatro entero contenía la respiración. En otros, la tensión se rompía con palmas, jaleos y aplausos interminables, sonoros y justificados. “¡Olé!”, “¡arsa!”, “¡qué arte!” se escapaban desde las butacas. Algunos espectadores bailaban con los ojos cerrados, dejándose llevar por el compás; otros permanecían inmóviles, clavados en la figura de la bailaora; muchos más se movían y aplaudían mientras ella palmeaba desde el escenario, creando un diálogo vivo entre artista y público.

Mientras María se retiraba para cambiar de vestuario, los músicos y cantaores sostuvieron la escena con una presencia sólida y emotiva. La guitarra de Kin Sánchez y el pulso preciso del cajón de Héctor Aguilar mantuvieron el ritmo encendido, mientras el cante de Maly Claveria engalanó la noche con un quejío profundo, capaz de atravesar la piel, especialmente en la versión flamenca de “Se nos rompió el amor de tanto usarlo”.

La compenetración del grupo fue evidente, una fusión que solo se logra con trabajo y confianza compartida. En uno de esos momentos, la voz de Mario Díaz lanzó desde el pecho un contundente “¡Viva Mérida!”, que provocó una respuesta inmediata y entusiasta. Hubo incluso un breve intercambio con el público: “Con este público cualquiera puede trabajar”, dijo el cantaor, y la sala respondió con gritos, aplausos y vítores incesantes.

Cada reencuentro con María Juncal era celebrado como una fiesta. Ella proponía una guerra visual, intensa y desafiante, y enseguida regalaba respiros profundos que dejaban una sensación de paz después del éxtasis provocado por sus taconeos. Personas de todas las edades seguían atentas cada pose, muchas de ellas de altísima dificultad, vividas entre el gozo y la tensión compartida.

Para su última aparición, la bailaora volvió al escenario con un vestido blanco con verde que levantó el polvo imaginario del tablao y terminó de hechizar a la audiencia. Belleza, porte, gallardía y un fulgor difícil de describir se concentraron en ese cierre. Se despidió sin reservas, entregando una última muestra del poder de sus pies. Con gestos y ademanes llamó a su equipo, agradeció en conjunto y, en una caravana final junto a Mario Díaz, Maly Claveria, Kin Sánchez y Héctor Aguilar selló la noche.

Los aplausos se prolongaron largamente, las luces se encendieron y el telón volvió a cerrarse. Poco a poco, la sala del Teatro Armando Manzanero se fue vaciando, aunque la emoción permanecía suspendida.

Entre los asistentes, Ana Cortés Loaeza resumió el sentir general: “Qué gran, grande espectáculo, nunca imaginé lo maravillosa que sería la noche con esta artista”. Mario Sánchez Esquivel opinó: “Felicidades por sus eventos, son de muy, muy alta calidad, felicidades a Mérida y por supuesto al grupo de flamenco”.

Así, con arte, compás y mucho corazón, María Juncal y su elenco dejaron en Mérida una noche para recordar, una de esas en las que el flamenco, aunque desde las butacas no se baile, se siente en todo el cuerpo.— DARINKA RUIZ MORIMOTO

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán