En salud pública existe una certeza que el tiempo se ha encargado de confirmar una y otra vez: las enfermedades no reconocen fronteras. Los virus no solicitan pasaportes, las bacterias no entienden de ideologías y los brotes epidémicos no se detienen en aduanas. En un mundo tan interconectado, la salud de una nación está inevitablemente ligada a la del resto del planeta.

Bajo esta premisa nació, en 1948, la Organización Mundial de la Salud (OMS). Su misión ha sido clara desde el inicio: coordinar esfuerzos internacionales, fortalecer sistemas de salud, vigilar amenazas sanitarias y ofrecer lineamientos técnicos basados en evidencia científica. No se trata de un organismo perfecto, pero sí de un pilar fundamental de la arquitectura sanitaria global.

Por ello, la decisión de Estados Unidos de retirarse de la OMS representa un punto de inflexión que merece ser analizado. Estados Unidos ha sido históricamente uno de los principales contribuyentes financieros y técnicos de la OMS. Su aportación no solo ha sido económica, sino también científica y operativa. Instituciones académicas, centros de investigación y expertos estadounidenses han participado activamente en la elaboración de guías, protocolos y estrategias globales para el control de enfermedades transmisibles y no transmisibles.

Efecto cascada

Cuando un actor de este peso se retira, el impacto no se limita a un ajuste administrativo. Se generan efectos en cascada que alcanzan a programas de vacunación, vigilancia epidemiológica, control de enfermedades emergentes y fortalecimiento de sistemas de salud en países con menos recursos.

Uno de los primeros efectos previsibles es el impacto financiero. Una parte importante del presupuesto de la OMS se destina a programas específicos: erradicación de la poliomielitis, control de la tuberculosis, VIH y malaria, salud materno-infantil, respuesta a emergencias sanitarias y fortalecimiento de capacidades locales. La disminución de recursos obliga a priorizar, y priorizar implica, inevitablemente, dejar algunas acciones en segundo plano.

En salud pública, esto tiene un significado claro: menos prevención hoy puede traducirse en más enfermedad mañana. La evidencia ha demostrado que invertir en vigilancia y prevención es mucho más costo-efectivo que responder a crisis ya instauradas. Sin embargo, estos beneficios suelen ser invisibles hasta que algo falla.

Otro aspecto central es la vigilancia epidemiológica. La OMS coordina redes globales que permiten detectar brotes en etapas tempranas, analizar patrones de transmisión y emitir alertas sanitarias internacionales. Estos sistemas se basan en la cooperación y el intercambio oportuno de información entre países. La salida de un país con alta capacidad de investigación, diagnóstico y monitoreo epidemiológico debilita esa red. No porque la información deje de existir, sino porque se fragmenta el flujo estructurado y coordinado de datos.

Cooperación

La experiencia reciente ha dejado una lección contundente: ningún país, por poderoso que sea, puede enfrentar solo una amenaza sanitaria global. Las pandemias, las emergencias por enfermedades reemergentes y los riesgos biológicos requieren respuestas coordinadas, basadas en información compartida y decisiones técnicas consensuadas.

Conviene recordar que la seguridad sanitaria no es un concepto abstracto. Está directamente relacionada con la capacidad de detectar, responder y contener riesgos antes de que escalen. Cuando esta capacidad se debilita en algún punto del sistema global, todos los países quedan más expuestos, incluso aquellos con sistemas de salud robustos.

Desde una perspectiva estrictamente técnica, la cooperación internacional no es un gesto altruista, sino una estrategia racional de protección colectiva. La historia de la salud pública está llena de ejemplos en los que la colaboración ha permitido erradicar enfermedades, contener epidemias y salvar millones de vidas. También ofrece ejemplos claros de lo contrario: cuando la cooperación falla, las consecuencias suelen ser más graves y costosas.

Es importante subrayar que analizar estas consecuencias no implica negar la necesidad de mejorar, reformar o exigir mayor transparencia a los organismos internacionales. La OMS, como cualquier institución humana, es perfectible. Sin embargo, debilitar los mecanismos existentes sin contar con alternativas globales igualmente sólidas incrementa la vulnerabilidad del sistema sanitario internacional.

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