Hace unos días, una noticia maravilló a quienes nos dedicamos al estudio del arte rupestre. Un grupo de investigadores logró fechar lo que, hasta hoy, serían las pinturas rupestres más antiguas conocidas: una impronta de mano realizada hace 67,800 años, durante el Pleistoceno Tardío, en Sulawesi, Indonesia.

Estas fechas resultan difíciles de imaginar, pero nos permiten asomarnos a la vida de aquellos primeros congéneres que, distribuidos en pequeños grupos, atravesaban las últimas glaciaciones, compartían el territorio con la megafauna, y lo marcaban simbólicamente.

La ejecución de aquella mano no respondió a una urgencia inmediata de supervivencia: implicó el desarrollo consciente de una técnica para pintar o estarcir. Fue, por tanto, un acto simbólico que nos recuerda que, incluso en tiempos tan remotos y bajo condiciones de vida extremadamente duras, la necesidad de crear imágenes ya estaba presente.

Como humanidad, las imágenes nos han acompañado a lo largo de nuestra historia. En este caso, pudieron haber servido para otorgar sentido al territorio, ya sea mediante su apropiación simbólica o como forma de comunicación con otras realidades o entidades superiores.

Son gestos que nos recuerdan el lugar central de la imagen en la vida humana: somos seres que crean símbolos, imaginan y configuran realidades a través de lo visual. Incluso en los momentos más oscuros, precarios o difíciles, nuestra voluntad creadora nos permite seguir adelante.

Función

Esta es una de las funciones del arte: recordarnos nuestra humanidad, nuestra conexión con el mundo y con los otros. Y aunque en la actualidad el arte parezca cada vez más arrinconado, sigue ahí y, desde ese lugar, nos interpela.

No hay que olvidar a aquellos primeros humanos que, pese a la adversidad, se tomaron el tiempo para crear. Por ello, conviene recordar que, incluso en los días más oscuros, el arte puede salvarnos.

Investigadora del Cephcis de la UNAM.

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