Las personas de 60 años o más conforman un sector de la población que afronta retos físicos y transformaciones emocionales. Entre ellas, el duelo por la pérdida de un ser querido es un tema de creciente atención para los especialistas en salud mental, que advierten que estas experiencias pueden tener un impacto particular y, en muchos casos, más complejo durante la vejez.
“Todas las personas vamos enfrentando pérdidas a lo largo de nuestra vida”, explica la psicoterapeuta María Luisa Pardo Cué. Sin embargo, en los adultos mayores suelen presentarse con mayor frecuencia y cercanía. “Los adultos mayores suelen tener pérdidas constantes: la pareja, amigos, familiares”, lo que incrementa la carga emocional y la sensación de fragilidad ante el tiempo.
La pérdida en esta etapa no se limita a la de personas queridas. De acuerdo con la especialista, el duelo en la vejez suele entrelazarse con otros tipos de pérdidas igualmente significativas.
“No se trata solo de perder personas, sino también de perder proyectos, planes e incluso funciones que hasta hace poco tenían”, subraya Pardo Cué.
La jubilación, el deterioro de la salud o la disminución de la autonomía pueden amplificar el impacto emocional de una muerte cercana, pues alteran la estructura de la vida cotidiana y el sentido de identidad personal.
Desde la psicología, el duelo se define como un proceso de adaptación emocional ante una pérdida significativa. Aunque el dolor puede aparecer a cualquier edad, investigaciones recientes indican que en los adultos mayores el duelo puede prolongarse o intensificarse debido a factores como el aislamiento social, la reducción de redes de apoyo y la dependencia emocional.
La pérdida de un cónyuge, en particular, suele representar una de las experiencias más desestabilizadoras, al implicar la ruptura de un proyecto de vida construido durante décadas.
Contrariamente a la creencia de que la experiencia vital facilita el afrontamiento, el proceso de duelo no es uniforme ni predecible. “El proceso no es lineal y todas las personas lo viven de forma diferente”, advierte la especialista. En algunos casos, los adultos mayores muestran una notable resiliencia; en otros, el dolor se expresa en tristeza persistente, apatía, aislamiento o incluso deterioro en la salud física.
La tanatología aporta una mirada complementaria al señalar que el duelo no implica olvidar a quien murió, sino aprender a vivir con su ausencia. “El duelo no es olvidar a la persona que se fue, sino mantener el recuerdo al mismo tiempo que se trata de continuar la vida sin la persona que ya no está”, explica Pardo Cué.
Simbolismos
Desde esta perspectiva, conservar vínculos simbólicos resulta una práctica común y saludable para muchas personas mayores. “También se trata de conservar la presencia simbólica de quien se fue; por eso muchas personas van al cementerio a visitar a sus seres queridos o les gusta ver fotos de quienes ya no están”, apunta.
A diferencia de etapas más tempranas de la vida, los adultos mayores suelen contar con redes sociales más limitadas. La muerte de amigos de la misma generación puede reducir aún más los espacios de apoyo emocional, aumentando el riesgo de soledad y depresión.
Estudios internacionales han documentado que el duelo no resuelto en la vejez puede agravar enfermedades crónicas, afectar el sistema inmunológico e incluso incrementar la mortalidad durante el primer año posterior a la pérdida.
No obstante, la forma en que se enfrenta una pérdida también depende de los recursos personales y sociales disponibles. “Una persona que tiene salud y una buena red de apoyo familiar suele tener más recursos para afrontar una pérdida”, señala la psicoterapeuta.
El acompañamiento emocional, la escucha activa y la validación del dolor juegan un papel fundamental para transitar el duelo de manera más adaptativa.
De acuerdo con la experta, es fundamental reconocer que no todos los duelos se elaboran de forma saludable. “Es importante saber que el duelo a veces no se da de forma sana y en esos momentos es aconsejable buscar a un profesional de la salud mental”, enfatiza Pardo Cué. La intervención oportuna de psicólogos o tanatólogos puede prevenir complicaciones emocionales y ayudar a resignificar la pérdida en una etapa de la vida que ya implica múltiples cambios.
Para afrontar los duelos en las personas adultas mayores, se recomienda priorizar el acompañamiento emocional y evitar el aislamiento, fomentando el contacto frecuente con familiares, amigos y redes comunitarias que permitan compartir el dolor y sentirse escuchados.
Mantener rutinas cotidianas, participar en actividades significativas y conservar espacios para expresar emociones, ya sea a través de la conversación, la escritura o rituales simbólicos de despedida, puede ayudar a dar estructura y sentido al proceso de duelo. Asimismo, es importante validar el dolor sin minimizarlo, entendiendo que cada persona vive la pérdida a su propio ritmo.
Cuando la tristeza es persistente, se acompaña de síntomas físicos, apatía profunda o pérdida de interés por la vida, acudir a un profesional de la salud mental, como un psicólogo o tanatólogo, es fundamental para prevenir complicaciones emocionales y favorecer una adaptación saludable.
Hablar del duelo en los adultos mayores es, en última instancia, hablar de dignidad emocional. Reconocer su dolor, evitar minimizarlo y ofrecer espacios de acompañamiento no solo contribuye a su bienestar psicológico, sino que también permite construir una vejez más humana y empática, en una sociedad mexicana que envejece y que necesita aprender a cuidar también la salud emocional de quienes se enfrentan más a despedidas que a comienzos.— Darinka Ruiz Morimoto
