Credit: los editorialistas de religión

“NO HE VENIDO A DESTRUIR LA LEY…”

Frente a la ley se manifiestan fácilmente dos actitudes radicalmente distintas o distantes: de aferramiento a la materialidad total de cuanto la ley establece, y de omisión y casi desprecio de la misma.

En las primitivas comunidades cristianas ocurrió algo parecido. Para resolver el problema que aquellas actitudes creaban se recurrió, como era lógico, a descubrir la actitud que había mantenido Jesús frente a la Ley. Sus enseñanzas eran tan nuevas y radicales que daban la impresión de prescindir y hasta despreciar la Ley. Piénsese en su actitud frente a la división de los alimentos en puros e impuros, las purificaciones… ¿qué pensaba Jesús de la Ley?

Esa Ley pudo minimizarse en casuística laboriosa, como hicieron los fariseos, cambiando y burlando así la Ley misma. Esto era no comprender la Ley. La Ley, como expresión de la voluntad de Dios, debe ser aceptada en su totalidad. Sólo quien la entienda así es más justo que aquellos “justos” de la época de Cristo, los escribas y los laicos piadosos (los fariseos): su justicia supera esa “justicia” de los escribas y fariseos.

Establecido el principio general vienen las ilustraciones concretas contenidas en las antítesis mencionadas hoy: aparece por seis veces la frase: “Oyeron que se dijo a los antiguos, pero yo les digo…” La frase prepara al lector para una nueva interpretación.

Por lo tanto, Jesús, a través de un esquema de contraposición definió la relación entre el Evangelio y el modo como se interpretaba y vivía la Ley de Dios entregada a Moisés en el Sinaí. “Han oído que se dijo a los antiguos.., pero yo les digo”. La Ley de Moisés queda intacta en su valor, sin embargo, Jesús condena la interpretación literal y legalista de la Palabra de Dios contenida en esa Ley.

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