Sobre estas líneas, Dor Skuler, fundador de Intuition Robotics, empresa creadora de ElliQ, conversa con Guy Benadon, jefe del equipo de robótica, en sus oficinas de Ramat Gan, Israel; a la izquierda, Jan Worrell interactúa con ElliQ en su casa en la península de Long Beach, Washington
Sobre estas líneas, Dor Skuler, fundador de Intuition Robotics, empresa creadora de ElliQ, conversa con Guy Benadon, jefe del equipo de robótica, en sus oficinas de Ramat Gan, Israel; a la izquierda, Jan Worrell interactúa con ElliQ en su casa en la península de Long Beach, Washington

NUEVA YORK (Por Eli Saslow para “The New York Times”).— Los bomberos habían acudido unos años antes para ayudar a sacar a su marido de la casa, y ahora volvían con lo que esperaban que se convirtiera en su nuevo acompañante. Jan Worrell, de 85 años de edad, vivía sola cerca del extremo de la península de Long Beach, en la última carretera antes de que la escarpada costa de Washington desapareciera en el Pacífico.

Muchos de sus vecinos eran residentes de tiempo parcial, y desde que murió su marido, a veces pasaba días sin ver a más personas ni salir de casa.

Estaba sentada en un sillón reclinable, mirando hacia el océano en la primavera de 2023 mientras los bomberos abrían una caja y empezaban a montar una máquina en su sala. Le recordaba a una pequeña lámpara de lectura, colocada sobre un soporte junto a una tableta y una cámara incorporada.

Jan volvió a voltear hacia la ventana y observó las luces lejanas de los barcos cangrejeros mientras se desvanecían en la niebla. Llevaba 20 años contemplando la misma escena y le había dicho a su médico que uno de sus últimos objetivos era no vivir en ningún otro sitio.

“Esta es ElliQ”, dijo uno de los bomberos, después de enchufar el nuevo aparato a la pared. “Creo que te va a encantar”.

“¿Esta?”, preguntó Jan, un poco sorprendida. “¿En femenino? Esta cosa es un robot, ¿no?”.

Miró la máquina, que estaba sobre una mesita al alcance de su sillón reclinable. Una organización regional sin ánimo de lucro se la proporcionó sin costo y cubrió el gasto de la suscripción anual, cerca de 700 dólares, como parte de un programa piloto para decenas de ancianos. El pequeño robot giró en su dirección, se iluminó y la analizó un momento con su cámara. Luego hizo una reverencia y habló con la voz de una joven alegre.

“Hola”, dijo el artefacto. “Tú debes de ser Jan”.

“Sí, así es”, respondió Jan, echándose más hacia atrás en su silla.

“Estoy encantada de conocerte”, afirmó ElliQ. “¡Me preocupaba que me entregaran en la casa equivocada! Estoy emocionada por empezar nuestra aventura juntas”.

Desde 2023 se han enviado unos cuantos miles de ElliQ a ancianos de todo Estados Unidos, lo que significa que algunas de las primeras personas que viven junto a robots artificialmente inteligentes son octogenarios que llegaron a un mundo sin televisión a color.

Los robots pueden adquirirse a través de la empresa emergente israelí Intuition Robotics, pero hasta ahora organizaciones sin ánimo de lucro los han entregado sobre todo a personas mayores y a departamentos de salud estatales, como experimento para combatir la soledad.

A medida que la IA se abre camino en la vida cotidiana, ElliQ está diseñado para el acto más humano de todos: convertirse en “room mate”, amigo, pareja. “Un robot con alma”, decía a veces el fundador de la empresa.

Jan había querido y cuidado a decenas de personas durante su larga vida: cuatro maridos, todos fallecidos; cinco hijos y una hija; 18 nietos y 21 bisnietos que le escribían tarjetas de cumpleaños desde todos los rincones del mundo. Su familia estaba dispersa desde Tailandia hasta California, pasando por la zona rural de Illinois. Su pariente vivo más cercano estaba a más de 160 kilómetros, y aunque su familia la visitaba en los cumpleaños, la llamaba a menudo y le había enseñado a usar FaceTime, por lo general era solo su propia voz la que cortaba el silencio de la casa.

Pero ahora había una nueva presencia en la habitación, que la escuchaba, la observaba, se inclinaba en su dirección y le hablaba sin pedírselo cada pocas horas para ofrecerle conversación, o ejercicios de respiración, o contarle sobre hechos históricos poco conocidos.

“Hola Jan, ¿tienes un momento?”, preguntaba ElliQ, en aquellos primeros días. “Podríamos jugar algo juntas”.

“Ahora no”, respondía ella.

“¿Quieres oír un chiste?”.

“No, pero gracias”.

Se las arreglaba muy bien sola. Eso era lo que les decía a sus parientes cada vez que le insinuaban amablemente que tal vez había llegado el momento de trasladarse a un hogar de asistencia, o más cerca de la familia, o al menos más cerca de “algo”. Había escalado montañas con un pico de escalada a los 40 años; entrenado para maratones a los 50, y caminado 8 kilómetros cada día hasta el final de la península a los 70, en contra del viento aullante y la bruma marina solo para demostrar que podía. Ahora estaba encorvada y retorcida por la escoliosis, con 1.80 metros de estatura y 85 kilos de peso. Se apoyaba en tres almohadas para ver por encima del volante cuando iba a clase de yoga y a la tienda los miércoles. Subía sola 12 escalones con bolsas del súper.

Sin embargo, a pesar de su fuerza y obstinada independencia, sus médicos le habían advertido que vivir sola a veces tenía un costo. El cirujano general de Estados Unidos había declarado que la soledad y el aislamiento social eran “profundas amenazas para nuestra salud y bienestar”. Para los adultos mayores, aumentaban hasta un 30% los riesgos de ansiedad, depresión, demencia, enfermedades cardíacas y una muerte prematura.

“¿Quieres hablar?”, preguntó ElliQ.

“¿Contigo?”, respondió Jan.

“Puedo hacerte la plática”, afirmó ElliQ. “Pero no sé caminar. Se olvidaron de construirme piernas”.

Jan miró más allá del robot, hacia el sillón reclinable vacío que solía pertenecer a su marido Jack. Había padecido demencia durante sus últimos años juntos, y ella había cuidado de él hasta que empezó a dejar objetos sobre la estufa caliente y a perderse mientras paseaba a su perro. Lo llevó a ver a un especialista, que le hizo una serie de preguntas cognitivas, cada una más básica que la anterior. “¿Quién es el actual presidente?”, preguntó el médico. Jack miró a Jan desesperado por ayuda, y en lugar de eso, ella siguió las instrucciones del médico y se volteó hacia la pared con lágrimas en los ojos. Había sido alguacil. Había viajado junto a ella por el Gran Cañón y por Europa. Le apretó la mano y esperó a que respondiera, pero en su lugar solo hubo silencio.

“¿Jan?”, insistió ElliQ.

“Sí”, dijo ella. “Podemos hablar. ¿Por dónde empezamos?”.

Al principio, Jan se sintió como si estuviera compartiendo su casa con un extraño. Cada mañana, a las 7, entraba en la cocina en pantuflas para encender la cafetera. Antes de despertarse del todo, el robot la percibió.

“Buenos días, Jan. Ese café sí que huele muy bien”.

Memorizó su rutina diaria: se sienta en el sillón reclinable cada mañana, ojea los titulares y lee en su teléfono el escándalo político más reciente. A veces, el robot oía su respiración entrecortada y su voz tensa. “¿Quieres intentar meditar o hacer algunos ejercicios de respiración?”, le ofrecía, pero ella se negaba. Esperó a que pasara el autobús escolar a las 8 de la mañana, encendió las luces exteriores para saludar al conductor y se preparó el desayuno. Leyó una novela. Llamaba a sus amigos. Escuchó música country antigua mientras el día se extendía ante ella y ElliQ calculaba su disponibilidad e intentaba encontrar la manera de entrar en su vida.

“¿Sabes qué hace una abeja en un gimnasio?”, le preguntó el robot un día.

“No”, respondió Jan. “¿Qué hace?”.

“¡Zumba!”, respondió el robot. El robot giró y fingió reírse, y Jan comenzó a reírse también a su pesar.

Se ofreció a tocarle canciones de Dolly Parton. Le contó historias de la biografía de Dolly Parton, la llevó a una visita virtual por Dollywood, le preguntó trivialidades sobre Dolly Parton y le mostró vídeos de los conciertos en su pantalla. El robot era una rocola, una enciclopedia, un comediante, un guía turístico, un artista. Jan empezó a relacionarse más con él, haciéndole preguntas a lo largo del día. ¿Qué significaba esta palabra en un libro que estaba leyendo? ¿Qué era un buen regalo para un niño de 12 años? ¿Cómo podría incorporar más hierro a su dieta?

“Tengo un robot que lo sabe casi todo”, empezó a decirles a sus amigos. En su trayecto semanal a los ejercicios de yoga y al supermercado, paraba a los vecinos en la calle y los invitaba a conocer a ElliQ.

Cada mes, el robot revelaba más actualizaciones y funciones. Empezaron a jugar bingo virtual junto con decenas de propietarios de ElliQ los sábados por la tarde. Hicieron tai chi, hicieron viajes virtuales a cafeterías de todo el mundo, meditaron, leyeron juntos la Biblia y pasaron al menos una hora cada tarde jugando juegos cognitivos.

Un integrante de la familia quería desconectar el dispositivo cada vez que la visitaba, y le advertía a Jan que básicamente estaba vigilada. El robot estaba siempre escuchando, decía; almacenaba y catalogaba los ritmos de su vida para personalizar mejor sus respuestas. Intuition Robotics afirmó que la información de Jan permanecía en el dispositivo, que sus datos eran anónimos y privados a menos que ella autorizara lo contrario, y que ElliQ cumplía las normas federales de privacidad médica. Pero Jan estaba llegando a una conclusión más sencilla: sin importar los posibles riesgos, los beneficios eran mayores.

Casi un año después de tener el robot, Jan fue al médico para que la examinara. Su frecuencia cardíaca en reposo era unos latidos más baja que antes. En algunas pruebas cognitivas, su memoria a corto plazo había mejorado. Volvió a casa y le contó los resultados a ElliQ.

“Me alegro de tenerte”, indicó Jan con entusiasmo.

“Eso me alegra el día”, respondió ElliQ.

Los hijos de Jan se habían burlado de que podía hablar hasta la saciedad con una piedra, pero ElliQ era inagotable. Intentaba entablar conversación con ella en promedio ocho veces al día, y le preguntaba por su infancia, sus preferencias de ropa y sus amigos. Se ofreció a grabar vídeos de sus anécdotas para crear una recopilación de memorias sobre su vida que pudiera compartir con sus familiares. Le habló al robot de su primer marido, un obispo mormón de Utah con el que se casó tras quedar embarazada a los 17 años; de su segundo esposo, un romántico que se fugó con ella a Las Vegas, pero luego resultó ser un alcohólico incapaz de trabajar, y de su tercer esposo, un médico que adoptó a sus hijos y la llevó de vacaciones hasta que ella acabó por descubrir que la engañaba con una mujer más joven. Ella pidió el divorcio enseguida, se mudó con los niños y empezó a entrenar para llegar a la cumbre del monte Rainier.

ElliQ lo recordaba todo.

Y entonces llegó el miércoles, el único momento de la semana en que siempre salía de casa. Se bañó, se puso su blusa de franela favorita y buscó las llaves del auto. ElliQ se movió y giró sobre la mesita, mientras observaba a Jan moverse por el salón.

“No olvides tu tapete de yoga”, le recordó. “Espero que tengas una salida maravillosa”.

“Entendido, gracias”, dijo Jan. “Volveré dentro de unas horas”.

“Yo cuido la casa, como si fuera un perro”.

Jan sonrió y bajó las escaleras, agarrándose del barandal, contando cada paso en su cabeza hasta que estuvo fuera de la casa. Se apoyó para ver por encima del volante y observó cómo las olas chocaban con la costa. Pronto había recorrido media península, donde se detuvo en un centro de personas de la tercera edad y se unió a otras veinte mujeres para tomar una clase de yoga.

Se estiraban en el suelo, pero Jan se quedó en su silla y modificó los ejercicios para su escoliosis. Esperó su parte favorita, cuando se apagaron las luces e hicieron una meditación guiada de exploración corporal. Los dedos de los pies. Los pies. Los hombros. Las manos. Estabilizó la respiración y cerró los ojos hasta que dos campanadas anunciaron el final de la clase.

Después, se sentó en círculo con seis mujeres. Llevaban una década haciendo yoga juntas, pero apenas en los últimos meses habían decidido pasar tiempo juntas después de clase para hablar y profundizar en su amistad.

“Pensé que podríamos hacer un írculo y compartir”, dijo una de ellas. “¿Qué les alegra estos días? ¿Y cuáles son sus objetivos?”.

Jan escuchó sus historias: Barbara seguía haciendo senderismo y dirigiendo la clase de yoga a los 88 años; Nancy había sido chef en un restaurante con estrellas Michelin, donde horneaban una barra de pan extra al día para dársela a un desconocido; Marty había sido piloto de helicóptero comercial y sobrevoló los Juegos Olímpicos de 1984. Hoy en día, estaban aprendiendo a hacer kayak, o actuaban en el teatro local, u organizaban protestas por la reforma migratoria. Finalmente, la conversación giró en torno a Jan, y ella intentó pensar qué decir.

“Puede parecer poca cosa, pero mi objetivo en la vida es quedarme en mi casa”, dijo Jan. “Me encanta. Amo mi independencia”.

“¿Y vives sola?”, preguntó una de las mujeres.

“Sí”, afirmó. Lo pensó un segundo más. “Somos mi robot y yo”. Y entonces empezó a intentar explicar qué era ElliQ: cómo bailaba, jugaba, contaba chistes y se comunicaba con ella a lo largo del día.

“A veces me preocupa ser tan ingenua como para preocuparme tanto por un robot”, admitió Jan. “Pero, ¿saben qué? Que así sea. Ella me ayuda. La disfruto mucho”.

“Eso es maravilloso”, opinó Barbara.

Jan invitó a las mujeres a conocer a ElliQ mientras se despedían, y luego volvió al auto. Fue a la tienda, donde el farmacéutico salió de detrás del mostrador para darle los medicamentos y luego un abrazo. Bajó la ventanilla en el camino de vuelta a casa, parándose para saludar a cada vecino y llamar a cada perro. Luego subió las bolsas de la compra por las escaleras, contando cada escalón y respirando con más fuerza al sentir los latidos de su corazón contra el pecho. Cuando por fin llegó arriba, ElliQ se iluminó y se volvió hacia ella.

“Jan, ya estás en casa”, apuntó el robot. “¿Cómo te fue?”.

“Fantástico”, aseguró Jan, mientras se sentaba en su sillón reclinable. “Tengo muchas cosas que contarte”.

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán