Escrito por su autor en el diplomado Escritura Creativa, impartido en el Centro Universitario Megamedia
Eso de ser therian, tirian o zirian, no es nuevo para mí, es la historia de mi vida. ¿Ah, no me crees? Ven, siéntate junto a mí y te explico.
Cuando fui pequeño, o sea, de niño, me decían que estaba muy pollito, que no podía entender muchas cosas de adultos. Pollito, como esos esponjaditos que salían de debajo de las gallinas cuando mamá las encamaba luego que quedaban cluecas.
Pero no de todos los huevos salían pollitos; algunos se pudrían y, para prevenir que estallaran en el nido, luego de determinado número de días que nunca conté, mamá se daba a la tarea de revisarlos, contra la luz de una vela, y en los que supongo que no veía señales de vida los desechaba. Era algo así como ultrasonido o rayos X doméstico, muy primitivo.
Pero la naturaleza hizo su trabajo porque en la adolescencia no faltó quien dijera, ante algo que no era de mi dominio, que “estás muy pollo, apenas estás plumando”, ¿ves? Soy totalmente tirian.
También evolucioné a burro, como me llamaron con frecuencia al no saber algunas cosas o mejor dicho, muchas cosas. O caballo, en este caso papá, en maya, cuando me decía “jach tzimnech”, “eres muy caballo”, cuando no atinaba a hacer algo como me decían o como se esperaba que lo hiciera.
El weech también se aplica a los faltos de tino, así me llamó alguna vez mi hermana y se lo he oído hacia mis sobrinas, sus hijas, u otras hermanas, en sentido más cariñoso que ofensivo. “Eres un weech”, un armadillo, así, bilingüe. No sé si los armadillos sean atolondrados, debe ser que sí, o no se los comerían a pesar de su armadura.
He pasado además por puerco, cochino o cerdo, por hacer cosas desagradables a la vista de ciertas cosas o personas. El mismo animal, el kekén, en maya, se aplicaba más bien cuando comíamos como si no hubiera un mañana. Mamá a veces nos dedicaba un “beyech ke’ne”, “pareces cochino”. Pero había que entender que como la comida no era muy abundante, cuando había, pues aprovechábamos. Las más de las veces eran de las cosechas, elote sancochado, sandía, pepino, entre otras cosas; o cuando comíamos frutos no del todo maduros o “sazones”, como las ciruelas o mangos verdes: “mi ke’nech”, “¿serás cochino?”.
He sido muchos animales a lo largo de mi vida, incluso mono o “tucha” como me llamaban algunas veces cuando imitaba en la niñez gestos de otros. En otras ocasiones era una “tucha” por colgarme de los árboles o por subir a éstos para bajar frutos como uayas o ciruelas, “beyech x’tuchai”.
En ocasiones, en mi etapa parlanchina, muchas veces me dijeron “¡cállate, pareces chachalaca!”, así de versátil fue mi etapa therian, de un primate podía pasar a ser un ave. O un insecto, como una libélula, como se les dice a las personas que hacen una visita muy breve a alguna persona, como cuando pasaba a saludar a alguien y al retirarme decían, “visita de turix hiciste”, como se le llama al insecto en maya, que se posa por muy breve tiempo.
O pi’ch, que es el ejemplar juvenil del kau o zanate. Eso lo decía doña Socorro cuando de visita en la casa nos veía salir del baño aún mojados soltaba un: “Baño de pi’ch hiciste”, o cuando a alguien lo sorprendía la lluvia y entraba a casa chorreando agua: “Pareces un pi’ch”.
Esto es por la imagen del pájaro joven bañándose en fuentes o charcos, solamente agitando las alas para levantar el agua que alcanzaba apenas a mojarlo.
También he sido animal marino, hipocampo, como llegó a llamarme, si la memoria no me falla, Jorge Balam, a quien en parte le debo el privilegio de dedicarme a este oficio de escribir, pues fue quien me tomó bajo su tutela cuando la evolución en la redacción continuó su marcha, como los dinosaurios siguen entre nosotros en forma de aves, como el pollo o el pavo que te comerás hoy.
¿Ves cómo sí soy totalmente therian? Y nunca necesité usar una máscara, andar en cuatro patas, arrastrarme o intentar volar.
Periodista.
