Aquellos que hayan tenido la posibilidad de pasearse por La Habana, en particular por la zona cercana al canal del puerto, habrán visto toda una serie de castillos de defensa que fueron construidos por los españoles para la protección de tan importante plaza. Encontramos el Castillo de los Tres Reyes del Morro, el castillo de San Carlos de la Cabaña, el Castillo de San Salvador de la Punta y también el Castillo de la Real Fuerza.

Estos que he mencionado no son todos, existen otros baluartes que defendían el puerto de La Habana, pero no se encuentran en la ubicación a la que hago alusión.

Pues bien, en particular el Castillo de la Real Fuerza fue la primera gran obra militar de piedra en América y el símbolo de un tiempo en que España aseguraba su poder y riquezas con muros y cañones. La historia de este castillo está intrínsicamente vinculada con la de la ciudad misma.

Cuando los navíos españoles comenzaron a cruzar el Atlántico en el siglo XVI, La Habana era un punto de escala, una acogedora bahía donde los vientos se calmaban y el agua era abundante. Pero no todo era quietud. Piratas franceses, corsarios ingleses y aventureros sin bandera acechaban las costas. En 1555, el corsario Jacques de Sores saqueó e incendió la villa, dejando una lección imborrable: sin defensas sólidas, la joya del Caribe podía perderse en pocas horas.

Fue entonces cuando el gobernador del momento propuso levantar una fortaleza que dominara el puerto y protegiera los navíos de la Corona.

Sus obras comenzaron hacia 1558, utilizando las nuevas ideas de fortificación renacentista y utilizando la piedra caliza extraída de las canteras cercanas. Cada bloque fue cortado con precisión para encajar perfectamente. Hacia 1577, tras casi veinte años de trabajo, se terminó la obra principal.

La fortaleza fue bautizada como “Real Fuerza”, convirtiéndose en el primer eslabón de un sistema defensivo que más tarde incluiría el Morro y la Cabaña. Desde su torre más alta, llamada la Torre de la Vigía, ondeaba una bandera que los marineros avistaban desde mar adentro como promesa de refugio y de sosiego. Siglos más tarde, allí se colocaría la célebre figura de la Giraldilla, una pequeña veleta de bronce que con el tiempo se transformaría en símbolo de La Habana.

El Castillo de la Real Fuerza tenía un propósito estratégico fundamental: era el corazón administrativo y logístico de las flotas de Indias, aquellas impresionantes caravanas navales que, dos veces al año, partían de Sevilla llenas de mercancías y regresaban cargadas de oro, plata, especias y tabaco.

Las flotas, compuestas por decenas de galeones, llegaban a La Habana para reunirse y esperar el momento seguro para zarpar hacia España, evitando huracanes y enemigos. Durante esas semanas, la bahía se llenaba de febril actividad comercial.

La Real Fuerza, amén de ser un recinto militar, era la garantía de que la flota, al partir, lo hiciera en condiciones de desafiar el océano y los enemigos que lo poblaban. Su papel era también simbólico y real. Representaba el poder de España en las Indias, la autoridad del rey hecha piedra frente al horizonte. Cada galeón que zarpaba de La Habana lo hacía bajo la vigilancia del castillo, como si los muros mismos bendijeran el viaje.

Con el paso de los siglos, la importancia militar del castillo fue disminuyendo. Las nuevas fortificaciones, el Morro, la Punta y luego la Cabaña, asumieron el papel defensivo principal. La Real Fuerza fue convertida entonces en cuartel, residencia de gobernadores y depósito de tesoros. Pero su función simbólica no se perdió. Desde sus almenas se seguía dominando la entrada de la bahía. Su sola presencia seguía recordando que La Habana era el punto de encuentro entre dos mundos: el Viejo y el Nuevo.

En el siglo XVIII, con el auge del comercio libre y el declive del sistema de flotas, la fortaleza entró en un periodo de menos actividad. Sus muros resistieron huracanes, saqueos y olvidos. Ni el tiempo ni la sal lograron borrarle su garbo.

En el siglo XIX, cuando los cañones quedaron mudos y la independencia comenzó a respirarse en la isla, el Castillo de la Fuerza se convirtió en testigo silencioso de un cambio de época.

Hoy, ya transformado en museo, el visitante que cruza su puente levadizo siente que penetra en una cápsula de tiempo labrada en piedra donde el aire conserva ecos del pasado. Las salas exhiben maquetas de galeones, instrumentos náuticos y mapas que recuerdan la magnitud del comercio transatlántico.

Si el visitante sube a la torre, mira hacia el puerto y cierra los ojos, puede imaginar la visión de las flotas ancladas, los mástiles multiplicándose. Con un poco más de imaginación logra escuchar los gritos de los marineros y el repicar de las anclas.

El Castillo de la Real Fuerza fue quizás la más importante de las llaves del sistema naval español en el Caribe, el lugar donde se unían la logística, el poder naval, la autoridad del rey de España. En sus salones se tomaron decisiones que marcaron la economía de un imperio. En sus murallas se defendió la idea de la monarquía católica frente a la amenaza de la piratería y las potencias rivales.

Contemplar hoy el Castillo de la Real Fuerza es mirar el origen mismo de La Habana, ciudad hoy martirizada por el mal trato, la suciedad y la desidia, como ciudad marítima y como mito que en un momento pasado fue. Bajo la luz omnipresente del sol caribeño, sus muros parecen respirar el salitre de cinco siglos y murmurar el rumor de las flotas y de gloriosos tiempos pasados.

Traductor, intérprete, filólogo.

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