“DAME DE BEBER…”
Jesús inició el diálogo con su petición: “Dame de beber”. La mujer se extrañó de que un judío le dirigiera la palabra y hasta le pidiera un favor; pero Jesús le advirtió que ella aún se asombraría más si supiera con quién está hablando y lo que puede darle: “agua viva”, un agua de manantial.
Pero la mujer lo entendió todo al pie de la letra y por eso no entendió cómo podía un sediento ofrecerle agua del pozo, que ni siquiera tenía soga ni cubo. Jesús deshizo el equívoco y distinguió entre el agua del pozo, que sólo calma la sed momentáneamente, y el agua que él mismo puede dar para satisfacer todas las ansias de vivir de la persona. No se trata del agua que se necesita para vivir, sino de la vida misma.
Pero la samaritana siguió pensando en el agua del pozo y en su fatiga porque sólo le interesaba, de momento, alcanzar esa agua maravillosa que le ahorraría el trabajo de ir una y otra vez al pozo.
Lo que fue una conversación extraña con un hombre extraño acerca del agua, se convirtió en un diálogo con un profeta.
Jesús le descubrió a la mujer su propia vida, una vida llena de amores y de insatisfacciones. Y, al verse descubierta, aquella mujer “abrió” los ojos y descubrió, en Jesús, a un hombre de Dios. Alguien más que un profeta.
Hoy vuelve a nosotros este signo esencial del “agua viva”, lleno de una ansiedad instintiva y primordial, por una tensión y por un deseo vital hacia Dios, agua, vida, alegría, esperanza, frescura y meta última de nuestro ser. “Vendrán días, escribió el profeta Amós, en los que mandaré a todos no sed de agua, sino de escuchar la Palabra de Dios” (8, 1). Estamos viviendo en “esos días”.
