Anoche leí una despedida que decía algo más o menos así: perdóname por no encontrar otra manera de salvarme que no implicara abandonarte.
Que, evidentemente, no ha podido salirse de mi memoria desde ese momento. Y me pregunto yo, ¿verdaderamente debo explicarme cada vez que quiera despedirme?, y de sólo pensarlo la angustia corre por mis venas a tres mil kilómetros por hora… porque ese planteamiento pone otras cosas sobre la mesa:
¿Cómo me sentiría yo con una despedida sin explicación?. Y ahí cambió por completo todo.
¿Son válidas las despedidas silenciosas? aquellas que son unidireccionales, que aparecen sin avisar, que provienen del cansancio y hartazgo, o que simplemente ya sucedieron tantas veces, con tanto ruido, por lo que esta vez el silencio te coquetea directamente y decides acceder.
¿Hasta dónde las explicaciones son responsabilidad afectiva?, ¿cuál es el límite entre el otro y yo?, ¿cómo sé cuándo dar una razón y cuándo simplemente cerrar la puerta?
No está en mis planes que este texto regale alguna que otra respuesta. Tal vez nunca las tengamos, o tal vez, simplemente, nos toque buscarlas por nuestra propia cuenta. Y quién sabe, probablemente la culpa me persiga si decido decir adiós en silencio, como siempre lo ha hecho. O quizás no.
Es una incógnita que fácilmente podría hacerse pasar por paradoja.
Pero creo fielmente que despedirse en silencio no es antónimo de despedirse con amor. No tendrían por qué estar en disputa. Que tal si, sólo por esta vez, ambas van de la mano prometiendo no soltarse… y por una última ocasión, las despedidas con palabras no signifiquen mucho.
Psicóloga
