“Mi vida, se compró su carrito con sus ahorros… pobrecito”. “Mi amor, tiene su casita… ahí va poco a poco”.
Escuchamos frases así todo el tiempo. Parecen elogios, pero muchas veces esconden algo más: una forma de celebrar el éxito… sin permitir que sea demasiado grande.
Decimos que queremos que a los demás les vaya bien. Pero la pregunta incómoda es: ¿queremos que les vaya bien… o solo que no les vaya mejor que a nosotros?
Muchas personas celebran el éxito de alguien que no conocen, pero les cuesta celebrar el de su propio hermano, amigo o vecino. Con los lejanos somos generosos; con los cercanos nos comparamos.
Hace poco platicaba con mi tío abuelo Pacho, una persona a la que me gusta escuchar. Me recordó un proverbio bíblico: “Cuando los justos prosperan, la ciudad se alegra”. (Proverbios 11:10)
La enseñanza es clara: cuando una persona íntegra prospera, su éxito beneficia a toda la comunidad.
Pero esa frase también abre otra pregunta: ¿quién define hoy quién es justo?
En la sociedad actual muchas veces confundimos justicia con riqueza. He visto personas que son consideradas “buenas” simplemente porque tienen dinero o porque saludan con amabilidad. No necesariamente por sus valores, sino por la admiración que genera su posición económica.
El dinero se convierte entonces en un filtro moral. Si alguien tiene éxito económico, asumimos que debe ser una buena persona. Y si alguien cercano prospera, empezamos a medirnos, compararnos o incluso a minimizar su logro.
A eso me refiero cuando hablo de “lindos pobreteando”. Esa actitud de celebrar el progreso del otro con una falsa humildad que en el fondo protege nuestras propias inseguridades.
La verdadera prosperidad de una persona justa no se mide solo en dinero. Se mide en valores: gratitud, respeto, conciencia, servicio, amor por los demás y por el planeta.
El dinero puede ser consecuencia, pero no debería ser la medida de la justicia.
Mi nombre es Alejandro Granja Peniche, y he entendido que existe una línea muy delgada entre construir amor propio y convertirnos en personas egoístas. Por eso el reto no es solo prosperar, sino aprender a celebrar la prosperidad de los demás.
En mis redes comparto la versión extendida de esta reflexión.

