Andrea Chapela visitará Mérida para hablar de “Todos los fines del mundo” durante un conversatorio con clubes de lectura, pasado mañana
Andrea Chapela visitará Mérida para hablar de “Todos los fines del mundo” durante un conversatorio con clubes de lectura, pasado mañana

En “Todos los fines del mundo”, Andrea Chapela explora el cambio climático desde la ciencia ficción, pero también desde los vínculos humanos: el amor, la amistad y las decisiones que marcan una vida.

La novela, que se presentará pasado mañana en la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (Filey) durante un conversatorio con clubes de lectura, a la 1 p.m. en el salón Chichén Itzá, sala José Emilio Pacheco, surgió de una inquietud que la autora mexicana comenzó a trabajar en 2019 y terminó de tomar forma tras la experiencia de la pandemia.

¿Cómo fue la experiencia de escribir una novela de ciencia ficción?

Comencé escribiendo fantasía juvenil, con la tetralogía “Vâudïz”. Luego escribí cuentos y ensayos más experimentales y después volví a la novela. Por un lado, fue muy gratificante volver a escribir novela, un género que me gusta mucho, pero también muy retador tratar de escribirla como yo quería: con muchos juegos literarios, que además es ciencia ficción y habla del amor y la amistad, así como del lugar que ocupan en nuestras vidas.

¿Por qué decidiste escribir sobre el cambio climático?

Comencé a escribir la novela en 2019, el año en que empecé a pensarla. Ese año fui a una conferencia de escritura y una amiga española y yo estuvimos hablando varias horas, y ella me convenció de que escribir cosas que no tuvieran que ver con el cambio climático no tenía sentido. Fue entonces que me empecé a preguntar cómo sería escribir sobre el cambio climático. En ese momento yo no sabía lo retador y lo difícil que es escribir sobre ese tema y, en general, darle sentido a algo que es tan grande. Pero lo cierto es que me gustó mucho aunque tuve muchos retos, como imaginar ciertos tipos de futuros, y fue complicado porque me gusta escribir libros que en el fondo sean esperanzadores y ante el cambio climático —y nuestro presente— eso se vuelve muy problemático.

¿Cómo decidiste abordar el amor y la amistad —a través de Angélica, Manu y Susana— en una novela sobre desastre climático?

Ahí hay algunas cosas personales. Me fui dando cuenta —sobre todo en los dos años que viví en España— que entablaba relaciones un poco como Angélica, que dice que siempre había confundido el amor y la amistad. Es una sensación que tenía conmigo misma y quería tratar de entender: por qué mi versión de esos sentimientos parecía tan distinta de la que la sociedad me decía que debía tener o cómo debía entenderlos. Estas dos ideas estaban rondando mi cabeza, el cambio climático y la idea del amor y la amistad, cómo funcionan y qué lugar ocupan en nuestras vidas.

De repente me di cuenta de que había una manera de juntarlas: que el fin del mundo, entendido como el fin del mundo climático, a lo grande, pero también los fines del mundo personales y pequeños, hacían más extremos los sentimientos que quería abordar. Es un personaje que está muy arrepentido de cosas que no hizo y trata de recordar cómo fue una relación que, cuando la vivió, no comprendía. El fin del mundo me sirve como un momento en el que se cerraron todas las posibilidades y no hay manera de volver atrás.

Conforme más lo fui pensando, más decidí que esos temas podrían vivir juntos y fui trenzándolos hasta llegar a la novela.

Empezaste a escribirla en 2019 y en 2020 llegó la pandemia. ¿Cómo influyó esa experiencia en tu novela?

De muchísimas maneras, pero la más fuerte es que el primer borrador que escribí en 2019 ya imaginaba cómo sería cierto tipo de aislamiento y cuando lo retomé a finales de 2020 ya tenía una experiencia real de fin del mundo, de alguna manera tajante, comprobable, y un montón de reacciones de la gente alrededor.

También hubo algo que fue muy importante: observar en mí misma y en la gente que me rodea cómo, al inicio de la pandemia, surgió un discurso de que el mundo tenía que cambiar, que íbamos a salir transformados, muchísima energía de cambio en esos primeros meses. Luego, a lo largo de ese primer año vi cómo eso fue desapareciendo, un poco por lo terrible que fue la pandemia pero también por políticas sociales y gubernamentales que todos fuimos aceptando, con la idea de que había que volver al status quo. El libro bebe mucho de eso, de esa idea de que el mundo debe cambiar.

Vienes de un entorno científico, estudiaste Química en la UNAM. ¿Cómo nació tu interés por la literatura de ciencia ficción y fantasía?

De la fantasía fue fácil: soy de la generación que aprendió a leer y amar la lectura con “Harry Potter”, esa fue una entrada hacia lo fantástico, hacia “El Señor de los Anillos” y cierto tipo de mundos. Más tarde, en la universidad, cuando estaba estudiando Química, comencé a leer ciencia ficción. Al final hay un proceso que es de las cosas que más amo de escribir: crear un mundo, generar sus condiciones y ver cómo funciona. Es lo que más me divierte de hacer ciencia ficción.

De alguna manera hubo un momento, cuando terminé mi saga juvenil, en que no sabía qué hacer como escritora adulta y me pareció que la ciencia ficción me ayudaría a estar cerca de ese lugar que me interesa: la imaginación, las posibilidades, y a través de ella tratar otros temas.

En la maestría, mientras escribía “Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio” empecé a leer más ciencia ficción y encontré a autores que todavía me gustan mucho, como Ted Chiang y Ursula K. Le Guin, que fueron importantes para entender el tipo de cuento que quería escribir. Esta novela comparte algunas cosas con ese libro de cuentos: hay mucha menos tecnología que en “Ansibles”, pero la idea de cómo la ciencia ficción puede imaginar posibilidades para nuestra sensibilidad y para la manera en que sentimos y nos relacionamos está presente en ambos libros.

¿Cómo ha cambiado el panorama de la literatura de ciencia ficción en México desde que empezaste a escribir?

Veo muchísimos más autores y proyectos a todos los niveles. Empezó a ocurrir entre 2018 y 2019 y luego la pandemia influyó en la conexión entre escritores de ciencia ficción y fantasía en Latinoamérica. Por lo menos yo, desde el grupo en el que estoy —el mexicano— con Gabriela Damián, Libia Brenda e Iliana Vargas, conectamos con autores de Colombia, Argentina, Chile y Costa Rica: una red más amplia de lo que está sucediendo en la ciencia ficción latinoamericana, no solo mexicana. A la par han surgido proyectos editoriales como Ediciones Odo o Casa Futura. También cada vez hay más libros que se publican en las grandes editoriales, por ejemplo, Elisa de Gortari y su novela “Todo lo que amamos y dejamos atrás”.

Los grandes temas del mundo son temas de ciencia ficción: el cambio climático, la inteligencia artificial. Si uno quiere escribir del presente, de alguna forma está lidiando con los tropos de la ciencia ficción.

Segundo, creo que el futuro se ha acortado desde la pandemia. Sentimos que existe menos futuro. La literatura es una gran respuesta para volver a imaginar el futuro y sus posibilidades, tanto terribles como esperanzadoras.

Y además hay muchos lectores, escritores y una comunidad muy fértil en la idea de que desde nuestro continente, idioma y país se puede imaginar un futuro; tenemos derecho y podemos hacerlo. Siempre se ha dicho que esos géneros no son para nosotros, que no hacemos tecnología, que no imaginamos de esa manera; hay un movimiento grande que dice que sí se puede imaginar ese futuro desde aquí.

¿Cuál es el reto de la ciencia ficción en el mundo actual?

Aunque el presente y las condiciones del mundo estén alcanzando a los mundos de la ciencia ficción, para mí eso no es un problema, porque la ciencia ficción trata de imaginar. Hay una cita, con la que abro “Ansibles”, de Frederik Pohl que es un faro: “Una buena historia de ciencia ficción tiene que imaginar, no el automóvil, sino el tráfico”. La ciencia ficción no está tratando de predecir si va a existir la inteligencia artificial, sino de entender cómo esa tecnología va a interseccionar con lo que nos hace humanos. Incluso diría que la ciencia ficción se pregunta de manera muy directa qué nos hace humanos y por eso tiene personajes como el robot o el alien, que son el gran otro del ser humano. Nos estamos preguntando cuáles son los límites de lo que nos hace humanos y qué pasaría si… Esos son terrenos de la ciencia ficción.

Es el terreno de la posibilidad y ahí está su fuerza y su aportación. No se trata de hablar del ahora, sino de lo que será o no será posible, de lo que podría ser posible o de lo que habría sido posible si las circunstancias hubieran sido de otra manera. Y en un momento en que el futuro se nos está cayendo encima, donde todo luce muy oscuro, la imaginación tiene que dar más posibilidades. Tenemos que abrir esas posibilidades porque, si no las podemos imaginar, no hay manera siquiera de realizarlas.— Alejandro Casanova Vázquez

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