“CREO, SEÑOR”

Se trata de un milagro en el que se proclama un mensaje esencial para la fe.

Lo importante en el hecho es la proclamación de Jesús como luz del mundo y como luz rechazada por los judíos.

En aquella época la saliva se consideraba una medicina. A propósito, el Talmud prohibía expresamente curar con saliva en día de sábado. También se prohibía expresamente hacer barro en día de sábado.

Ambos detalles son necesarios para que surja la controversia en la que se va a mostrar la pertinaz obcecación de los judíos y la progresiva lucidez del ciego de nacimiento.

Los vecinos de Jerusalén, que habían visto al ciego pedir limosna y que ahora ven que ha recuperado la vista, sin duda habrían oído hablar de Jesús y de cómo se presentaba al pueblo como Mesías, por lo que el milagro parecía avalar esta pretensión. Para salir de dudas, llevaron al ciego a los fariseos, que eran los que debían investigar el caso.

División

Pero aquel tribunal de los fariseos se dividió en dos facciones: unos negaron la realidad del milagro y, otros, aun admitiendo el suceso de la curación, se resistieron a creer que pudiera venir de Dios, ya que se había quebrantado la ley sabática. Jesús es la “luz” contra las tinieblas. Jesús es la luz del mundo, la revelación de Dios en el mundo. Los que lo aceptan, ven, y los que dicen ver y no lo aceptan son “cegados” por la Luz.

Finalmente, el relato de hoy es una flecha dirigida hacia el Sacramento del Bautismo. Aquel ciego lavó sus ojos en aquella fuente llamada Siloé convirtiéndose en una invitación a volver a nuestras fuentes, a reencontrar nuestra grandeza —a menudo empañada— de hijos de Dios.

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