Credit: los editorialistas franck fernán

Perú es uno de los países más míticos de América del Sur. Y no es que el resto de los países que forman ese continente no tengan también historias maravillosas que nos hablan de la creación del hombre, de fabulosas ciudades todas construidas en oro, de la firmeza de sus habitantes primarios ante la llegada de los colonizadores, de la mezcla de esas antiguas civilizaciones que llegaban de allende el mar con las originarias, fruto de la cual somos todos.

Los Andes es como una espina dorsal que une la mayoría de países de esa América del Sur querida. Esa cordillera se extiende hacia el norte, incluso cuando el continente pierde su nombre para tomar otro.

La mitología de esta legendaria cordillera guarda relatos de una enorme fuerza, nacidos de la tierra y de las montañas, de los ríos y los cielos que rodeaban a sus antiguos pueblos. Entre las historia que escuchamos en Perú, pocas resultan tan significativas como la de los hermanos Ayar, protagonistas de la fundación de la mítica Cuzco, la capital del imperio incaico.

Se dice que en tiempos remotos, cuando aún los hombres no habían organizado grandes civilizaciones en los Andes, los dioses decidieron enviar a un grupo de elegidos para fundar la ciudad que sería el corazón de su imperio. De la cueva de Pacaritambo, cuyo nombre significa “la posada del amanecer”, emergieron cuatro parejas de hermanos y hermanas. Aquella cueva no era un simple agujero en la tierra, sino un lugar sagrado, el lugar donde se mezclaban lo humano y lo divino.

Los hermanos recibieron nombres que evocaban sus cualidades. Ayar Manco, también llamado Manco Cápac, era el designado por el dios Sol para guiar la expedición. Llevaba consigo un bastón de oro, cetro sagrado que debía señalar el lugar preciso donde se alzaría la nueva ciudad. Su misión consistía en hundir el bastón en distintos lugares del valle andino. El lugar elegido sería aquel donde la tierra recibiera este bastón sin resistencia.

Estaba también Ayar Cachi, el más fuerte y temible. Bastaba que lanzara una piedra con su honda para abrir quebradas, derribar cerros y estremecer la tierra. Su fuerza descomunal inspiraba tanto admiración como terror. Ninguno de los otros hermanos se sentía a su altura. Como ocurre muchas veces, esa desproporción de poder pronto se convirtió en amenaza.

Los acompañaban Ayar Uchu y Ayar Auca, menos célebres en los relatos, pero igualmente parte de la expedición. Junto a ellos iban sus hermanas: Mama Ocllo, Mama Huaco, Mama Raua y Mama Cura. No eran simples acompañantes: cada una tenía un rol en la vida futura del grupo, serían esposas y compañeras de los hermanos.

El camino hacia el valle del Cuzco fue largo y lleno de pruebas. El bastón de oro se hundía en algunos lugares, pero volvía a salir con facilidad, señal de que ese no era el sitio apropiado. Entre tanto, el comportamiento de Ayar Cachi comenzaba a despertar recelos. Su fuerza, lejos de ser una bendición, parecía más bien amenaza. Se mostraba arrogante, altivo, sintiéndose capaz de imponerse a todos. Cada demostración de su poder era un recordatorio de lo difícil que sería gobernar juntos.

La situación se volvió insostenible. Los demás hermanos temieron que Ayar Cachi acabara dominándolos, que su poder se impusiera sobre cualquier decisión colectiva. Entonces tramaron una estrategia. Le pidieron que regresara a la cueva de Pacaritambo para recoger objetos y provisiones que supuestamente habían olvidado. Ayar Cachi, confiado en su fuerza y sin sospechar la trampa, aceptó la misión y entró en la caverna de donde todos habían surgido.

Fue en ese momento cuando los demás sellaron la entrada con enormes rocas. Lo encerraron en la montaña, condenándolo a la oscuridad eterna. Desde el interior, Ayar Cachi lanzó gritos de furia, sacudió las paredes de la tierra e intentó liberarse. No lo logró. Allí quedó, prisionero para siempre, convertido en una fuerza contenida, invisible, que todavía hoy, como nos cuenta los andinos, se manifiesta cuando tiembla la tierra. Según esta lectura mítica, los terremotos serían el eco de su ira atrapada bajo las rocas.

Con el hermano más poderoso reducido al silencio, el grupo continuó su viaje. El bastón de oro guio a Ayar Manco hasta el valle del Cuzco, donde finalmente se hundió sin resistencia en el suelo fértil. Fue allí donde decidieron establecerse. Así nació la capital que, con el tiempo, se transformaría en el centro del Tahuantinsuyo, el imperio de las cuatro regiones.

El mito de los hermanos Ayar tiene la sencillez de los relatos de muchas otras fundaciones de sitios importantes. Este mito nos habla del destino de un pueblo guiado por los dioses, de las tensiones humanas, del miedo al exceso de poder, de la traición como medio para alcanzar la estabilidad y de la idea de que de la violencia reprimida nacen las convulsiones de la tierra.

Quizás la más interesante sea la figura de Ayar Cachi. No era un monstruo, sino un ser dotado de una fuerza extraordinaria. Su tragedia fue que esa fuerza no supo ser compartida ni contenida. El temor de los demás lo convirtió en víctima de una conspiración. Fue así como el más poderoso de los hermanos terminó siendo el más vulnerable: encerrado, reducido al silencio, transformado en un eco telúrico que escuchamos solo cuando la tierra tiembla.

Este relato, como tantos en la mitología andina, es una metáfora de la historia misma: para edificar un orden nuevo a veces se sacrifican voces incómodas, fuerzas desbordadas que, al no poder integrarse, se sepultan. ¿Cuántos dirigentes molestos hemos visto desaparecer en la historia reciente? Sin embargo, como la de Ayar Cachi, esas voces nunca desaparecen del todo. Quedan resonando en la memoria, en las entrañas de la tierra, recordándonos que lo que se encierra y se niega siempre encuentra la forma de regresar.

Traductor, intérprete y filólogo.

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