Una noche conmovedora, emocional, cargada de pesar, pero también de esperanza y optimismo es la que se vivió anteayer con la Orquesta Sinfónica de Yucatán en una velada que reunió dos obras contrastantes: una que carga el peso de la tradición, como lo es la Sinfonía número 5 de Tchaikovsky, y otra contemporánea y vanguardista, el Concierto para violín “En memoria de un ángel” de Alban Berg.
Como cada programa de esta temporada, el público llegó con la expectativa de lo que escucharía, con la idea de vivir algo nuevo, interesante, intenso o sorprendente.
Para la mayoría de los espectadores, Tchaikovsky no es ajeno, lo han escuchado mucho, pero aun así sorprendió, mientras que Berg, menos conocido entre los oyentes, se dejó escuchar por primera vez en vivo con la OSY con toda su modernidad, disonancias, nostalgia y pasión por la vida contada a partir de la muerte.
La presentación de anteayer —la primera de las dos que la Sinfónica de Yucatán ofrecerá con este programa, ya que hoy domingo se repetirá a las 12 horas en el Palacio de la Música— se inició con el Concierto para violín de Alban Berg, teniendo como invitado solista a Valerio Scarano, joven músico cuya edad no ha sido impedimento para ganarse el reconocimiento de la crítica europea y más allá.
Catalogada como una de las piezas más conmovedoras del siglo XX, “En memoria de un ángel” abrió la velada para poner al público al borde de los asientos; una obra intensa emocionalmente, que desde el inicio deja sentir el peso de su carga emotiva.
Valerio Scarano se apoderó del escenario con porte, estilo y técnica; se fundió con el violín y reprodujo a través de sus notas dolor, ira y, luego, la aceptación y la trascendencia ante la muerte.
El Concierto cobra carácter de réquiem y homenaje a Manon Gropius, a quien Berg dedicó esta obra. Hija de Alma Mahler y Walter Gropius, falleció a los 18 años de edad a causa de la polio. Se sabe que el compositor era muy amigo de la familia y al morir la joven él escribe una carta a los padres admitiendo que no tenía palabras para expresar su sentimiento ante la pérdida, por lo que lo haría a través de la música.
Así nació esta pieza, que demuestra que para algunos, como Berg, es más fácil expresarse por medio del arte, pues expone al escucha a los sentimientos y emociones que surgen ante la enfermedad de un ser querido, su muerte y despedida.
“En memoria de un ángel” se convirtió con la OSY, bajo la batuta de Alfonso Scarano y con Valerio como solista, en el conducto para explorar la fragilidad humana, la inocencia de la juventud y la tragedia de la enfermedad, con el rumor de un violín que exploró el uso de las dobles cuerdas, el desliz de las notas agudas a graves o viceversa, y hasta la fugaz alegría de una melodía que se cree proviene de una canción popular austríaca, en la parte final del primer movimiento.
Luego vino la tragedia, el desconcierto, la rabia, la tristeza sin límites, y qué mejor que un violín para transmitir esas emociones, tocando las fibras sensibles de los oyentes, haciendo que las notas traspasaran la piel para llegar directo al corazón, algo nada fácil con una obra tan compleja y atonal.
Lirismo y disonancia se unieron en este segundo movimiento, que transitó hacia la aceptación, la serenidad y la trascendencia.
El eco de un coral de Bach dio paso a una música más dulce que envolvió el ambiente; el violín cantó la eternidad y la transformación del sufrimiento se hizo melodía, esperanza y paz, y, como la vida misma, el violín y la orquesta en su conjunto se fueron apagando lentamente, en exhalación tenue.
Los aplausos tardaron unos segundos en llegar, el público saboreaba el rumor de las últimas notas, pero cuando llegaron el solista los recibió en forma prolongada hasta hacerlo regresar al escenario para interpretar como encore el Adagio en Sol menor de la Sonata número 1 para violín de Bach, que de nuevo le valió una ovación.
En la segunda parte del programa, la OSY interpretó la Sinfonía número 5 de Tchaikovsky, compuesta entre 1887 y 1888. La obra explora la relación del ser humano con el destino, la posibilidad o imposibilidad de transformarlo, y una lucha interior entre los deseos, el amor y lo inevitable.
La obra, de cuatro movimientos, evoca tanto el dolor como la vulnerabilidad, y en la interpretación de la Sinfónica de Yucatán la grandiosa orquestación de Tchaikovsky brilló.
El primer movimiento marcó la pauta de lo que se experimentaría a lo largo de la obra: intensidad, majestuosidad y belleza.
Un sentimiento de calma, melancolía y calidez transmitió el segundo movimiento; mientras que el tercero fue intempestivo e inquietante, con ese dejo de incertidumbre que marcó el camino hacia el gran final.
El último movimiento, triunfal y enérgico, agudizó los sentidos, y contagió su júbilo, cerrando la interpretación de manera brillante.
Los aplausos resonaron al instante, el público no cesaba de aplaudir y reconocer el trabajo de la Orquesta y su director, que una vez más demostraron su calidad.— IRIS CEBALLOS ALVARADO
