Arriba, el padre Ricardo Ordóñez López posa en el altar de la Sagrada Familia, de la cual es rector. A la derecha, el corte del pastel con motivo de sus 25 años de sacerdocio, a las puertas de la iglesia, ubicada en la avenida Cupules
Arriba, el padre Ricardo Ordóñez López posa en el altar de la Sagrada Familia, de la cual es rector. A la derecha, el corte del pastel con motivo de sus 25 años de sacerdocio, a las puertas de la iglesia, ubicada en la avenida Cupules

La vocación sacerdotal es una respuesta al llamado de Dios y al amor por el prójimo. No es un camino fácil, pero tampoco imposible. Así lo expresa el padre Ricardo Ordóñez López, quien hace 25 años fue ordenado sacerdote en la Catedral de Mérida, en una ceremonia que, asegura, permanece imborrable en su memoria.

En el marco de su aniversario sacerdotal, que se celebra hoy, el padre comparte su historia con el deseo de que más jóvenes escuchen ese llamado y se animen a responder a Cristo.

Originario de Progreso, el padre Ordóñez creció en el seno de una familia numerosa. Es el séptimo de siete hermanos: Silvia (+) Leticia, Enrique, Roberto, Virginia (+) y José. Su infancia fue distinta a la de sus hermanos mayores, ya que la diferencia de edad hizo que viviera más tiempo a solas con sus padres, Enrique Ordóñez González y Dora Magdalena López Reyes (ambos fallecidos), quienes le inculcaron la fe católica a través de la práctica dominical, aunque sin una participación activa en grupos apostólicos.

“Recuerdo perfectamente ir a misa los domingos con mi papá con mi mamá”, comparte.

Todos sus estudios los realizó en Progreso y después de cursar la preparatoria “en la muy conocida escuela Carlos Marx”, estudió un año en el Instituto Tecnológico de Mérida. Durante su juventud, enfrentó dificultades económicas y familiares, especialmente por la enfermedad de su padre. Esto lo llevó a dejar de lado la posibilidad de estudiar una carrera profesional, aunque sentía afinidad por la arquitectura.

En cambio, comenzó a trabajar desde muy joven en el comercio. A los 20 años ya había logrado estabilidad económica: tenía un negocio propio en el mercado de Progreso y un vehículo.

Era un negocio familiar que de joven adquirió cuando un hermano decide venderlo y trabajó durante dos años para pagarlo.

Sin embargo, su vida dio un giro inesperado tras participar en un retiro juvenil al que inicialmente se resistía a asistir. “Pensaba que iba a perder tres días cerrando mi negocio, pero fue ahí donde comenzaron muchas inquietudes”, recuerda.

A partir de esa experiencia, comenzó a involucrarse más en actividades parroquiales: se integró a grupos juveniles, participó en dinámicas comunitarias, colaboró en acciones solidarias y formó parte de un coro.

De esta etapa recuerda con gran afecto al padre Adriano Wong Romero (ya fallecido), y al padre Jorge Carlos Menéndez Moguel (Manito), que siempre apoyó a los jóvenes cuando fue vicario de la Parroquia de la Purísima Concepción y San José de Progreso.

Este proceso lo llevó a descubrir una creciente inquietud por el servicio. El punto decisivo llegó cuando, tras asistir a encuentros vocacionales, comprendió que su búsqueda era personal.

“Me di cuenta de que no iba por acompañar a otros, sino porque algo dentro de mí me llamaba”, señala.

El padre recuerda que hace más de 35 años Progreso no era lo que es ahora, había mucha pobreza, la gente incluso vivía en cercanía con la ciénaga con carencias de todo tipo y la ausencia de Dios en sus vidas, y brindar ayuda a estas personas “creo que me fue sensibilizando y preparando el camino hacia el sacerdocio”.

En 1992, ingresó al preseminario. Durante ese proceso, una de las decisiones más importantes fue dejar su negocio para dedicarse completamente a la formación sacerdotal. “Tenía que ‘quemar las barcas’”, recuerda que le dijo al padre Joaquín Vázquez, en ese entonces rector del Seminario.

Una noche antes de ingresar al Seminario recuerda que no durmió, escribió la carta que le fue solicitada en la que explicaba los motivos por los que quería ingresar al plantel religioso.

“Esto es lo que siento y lo que Dios me está pidiendo”, escribió convencido.

Pero antes, con la decisión ya tomada de terminar por completo su vida comercial, el dinero de la venta del negocio se lo entregó a su madre.

El apoyo y las oraciones de su mamá fueron determinantes en su camino hacia el sacerdocio. El padre recuerda con gran emoción que, aun sabiendo que ella se quedaría sola porque sus demás hijos ya estaban casados, lo apoyó en todo momento.

Su formación lo llevó incluso a estudiar en Roma durante tres años, tras ser seleccionado para continuar su preparación teológica en el extranjero.

A su regreso, realizó un año de trabajo pastoral en comunidades del interior del estado, experiencia que describe como intensa y enriquecedora.

El 14 de junio del año 2000 fue ordenado diácono, en el marco del Jubileo. Durante esta etapa, fue enviado a comunidades del oriente de Yucatán, donde atendía hasta 14 poblaciones, recorriendo una distinta cada día.

“Fue una experiencia muy misionera, de mucho trabajo y contacto con la gente”, recuerda. Como diácono incluso celebró su primera boda y bautizos.

El 23 de marzo de 2001, en vísperas del 250 aniversario del Seminario, fue ordenado sacerdote junto con otros seis compañeros: Candelario Jiménez Jiménez (vicario general de la Arquidiócesis), Juan Pablo Moo Garrido (rector de la Catedral), Gaspar Arceo Castillo (vicario de Nuestra Señora de la Asunción Chuburná), Arturo Rodríguez Salazar, Raymundo Pérez Bojórquez y Atilano López.

Sobre ese momento, recuerda la emoción y la profundidad espiritual de la ceremonia.

“Recuerdo la Catedral llena, pero sobre todo los signos: la postración, la oración de los santos, la unción de las manos. Es algo muy profundo”, describe.

La ceremonia la encabezó Emilio Carlos Berlie Belaunzarán, entonces arzobispo de Yucatán, con la presencia del arzobispo emérito Manuel Castro Ruiz.

Al padre, lo acompañaron su madre, hermanos, amigos y gente de toda la vida que conoció durante su proceso de formación.

A la mañana siguiente de la ceremonia de ordenación, recuerda que los siete sacerdotes celebraron una misa con motivo de los 250 años del Seminario Mayor y posteriormente con las Madres de la Luz en agradecimiento a sus oraciones.

El ministerio del padre Ordóñez López comenzó de inmediato, siendo enviado a comunidades del oriente del estado, donde vivió su primera Semana Santa como sacerdote.

Una anécdota que no olvida el presbítero es cuando se otorgaron los nombramientos para las parroquias a las que llegarían como vicarios. Cuenta que a él le habían asignado la iglesia de San Servacio en Valladolid, pero solo duró unos minutos porque el padre Carlos Heredia, entonces secretario de la Arquidiócesis lo llamó: “Ricardo, dame tu nombramiento —me dijo— y lo rompió”, para luego enviarlo a Chemax, donde vivió su primera Semana Santa como sacerdote.

Como vicario ha dejado huella en comunidades de Panabá, Tekax, Valladolid y Umán.

El primer acercamiento con la iglesia de la Sagrada Familia fue como vicario cuando era rector Pedro Mena Díaz, hoy obispo auxiliar de Yucatán.

Después de tres años de acompañar procesos vocacionales y trabajar con jóvenes fue nombrado titular de la parroquia y exconvento de San Miguel Arcángel de Maní, donde sirvió poco más de dos años. Homún, Hocabá, Cuzamá y Dzemul han sido parte de su labor sacerdotal.

Antes de que fuera nombrado actual rector de la Sagrada Familia fue párroco durante cuatro años y medio en la iglesia y ex convento de San Francisco de Asís de Conkal, que hoy es sede del Museo de Arte Sacro.

En plena pandemia, el arzobispo Gustavo Rodríguez Vega lo nombra rector de la Sagrada Familia y también ecónomo de la Arquidiócesis, un trabajo que ha desempeñado con obediencia y entrega.

En Sagrada Familia es donde ha estado más tiempo realizando su labor sacerdotal, ha sido una gran experiencia para el sacerdote, sobre todo porque el templo está rodeado de una gran actividad comercial y hay escasa comunidad.

No obstante, esto no ha impedido que la rectoría siga siendo muy concurrida y mantenga una intensa actividad apostólica. Aunque carece de centros pastorales como otras iglesias de la ciudad, se imparte catecismo y cuenta con grupos de liturgia, preparación sacramental y, sobre todo, brinda acompañamiento a los jóvenes que caminan junto a Cristo.

El padre Ricardo nació en un grupo juvenil, y desde entonces ha descubierto una sensibilidad muy especial para acompañar a otros jóvenes. “Siempre sentí una alegría profunda al caminar con ellos, escucharlos y ser parte de sus procesos”.

Durante su estancia en Roma, hubo algo que marcó profundamente al padre y fue la vida de los santos.

“Encontré en ello un refugio. Había una biblioteca enorme, y me encantaba pasar horas leyendo sobre la vida de los santos. Para mí, los santos se convirtieron en un verdadero punto de referencia. Descubrí que eran hombres y mujeres como nosotros. Personas que también tuvieron crisis, momentos de dificultad, dudas… pero que, en medio de todo eso, supieron descubrir la llamada de Dios en sus propias circunstancias”..

En cuanto a santos en particular, siempre le llamó mucho la atención la vida de San Francisco de Asís; hay algo en él que “me atrae profundamente”. También, entre los más contemporáneos, menciona a Carlo Acutis. Y, por supuesto, María… “simplemente María. Para mí, ella es el modelo que lo inicia todo, un modelo precioso de santidad…”.

Al cumplir 25 años de entrega en el sacerdocio, surge una profunda reflexión sobre el paso del tiempo, que muchas veces transcurre de manera vertiginosa en medio de las exigencias de la vida.

Sin embargo, al mirar atrás, permanece viva la imagen de aquel joven que inició este camino, con la misma entrega y amor a Dios. Si se tuviera la oportunidad de comenzar de nuevo, la elección sería la misma: “Volvería a ser sacerdote”.

A pesar de las dificultades y de los miedos propios de una decisión que implica un acto total de confianza, ha sido un camino asumido con fe, poniéndose en manos de Dios y dejándose formar. Así, la vida sacerdotal se comprende como un proceso continuo de entrega, en el que, como enseña el Evangelio, uno se deja moldear.

También deja en claro que los cursos propedéuticos y talleres vocacionales no tienen como único fin la vida sacerdotal o religiosa, son ayuda para que los jóvenes puedan encauzar y descubrir qué es lo que Dios quiere en sus vidas par alcanzar la santidad a la que todos estamos llamados.

A los jóvenes que tengan la inquietud del sacerdocio los invita a no quedarse con la duda, a buscar acompañamiento que los lleve a encontrar respuestas.

El camino del padre Ricardo continúa, marcado por una profunda gratitud a Dios por las bendiciones recibidas, así como por el constante apoyo de sus feligreses, cuyas oraciones han sostenido su ministerio sacerdotal.— Santiago A. Cortés Pérez

Labor pastoral Cargos

El padre Ricardo Ordóñez López ha desempeñado diversos cargos en la iglesia.

Un ser humano

Una de las grandes pasiones del padre es la arquitectura. También disfruta del buen cine, la música, la lectura, el dibujo y el arte en todas sus expresiones. Aunque siente una especial afinidad por los perros, la falta de espacio y de tiempo le ha impedido tener uno como mascota; sin embargo, desde hace varios años, la compañía de un gato forma parte de su vida..

Otros proyectos

El sacerdote es ecónomo de la Arquidiócesis, director de la galería del Museo de Arte Sacro y coordinador del proyecto de criptas y salas de velaciones de la Casa de la Cristiandad.

Para mí, los santos se convirtieron en punto de referencia. Descubrí que eran hombres y mujeres como nosotros. Personas que también tuvieron crisis

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