Ligia Urroz presenta su novela “Por mi gran culpa” durante la Filey
Ligia Urroz presenta su novela “Por mi gran culpa” durante la Filey

La música y las letras tienen un ritmo compartido, una cadencia que Ligia Urroz conoce a la perfección. Al encontrarnos en esa Mérida que ella describe con ojos brillantes como un espejo de su propia tierra, la conexión es instantánea.

No solo nos unió la pasión por la narrativa, sino ese lenguaje universal de los acordes que ella, nacida en Managua y poseedora de una formación musical sólida, traslada a cada página de su más reciente novela, “Por mi gran culpa” (Hachette Literatura, 2025).

Ligia no es una improvisada en las letras; su camino incluye títulos como “Somoza” y “La muralla”, y ahora se consolida con esta nueva entrega.

La autora nos recibe con una cita de Gabriel García Márquez sobre las tres vidas de las personas: la pública, la privada y la secreta. Y fue precisamente un secreto familiar, uno que permaneció “debajito del agua”, el que encendió la chispa de esta ficción.

“Un día, así de pronto, mi abuela me dijo: ‘Oye Ligia, tu apellido no debería de ser Urroz, debería de ser un apellido compuesto porque es el apellido del obispo de la Catedral de León’. Él fue el que embarazó a Josefa Urroz, mi trastarabuela”, confiesa.

Ese escándalo velado, la realidad de un abuso de poder eclesiástico en la España de 1870, es el motor que empuja a una historia de ficción en el que las hermanas Josefa y Dolores cruzan el Atlántico. El título no es casual; evoca el rezo del “Yo confieso” porque la emoción que rige la obra es la culpa.

Ligia reflexiona sobre cómo el obispo, con su “buena palabra”, seduce y convence a una niña de 16 años de que ella es la culpable tras ser violada en el confesionario. Y esta culpa es una herencia injusta que las mujeres cargan desde el mito de Eva, a quien defiende como una buscadora del conocimiento: “Yo me hubiera comido toda la manzana completa y todo el árbol”, declara con una sonrisa, viendo en ese acto no una tentación, sino un gesto de amor y libertad.

La autora reflexiona con vehemencia sobre cómo, a pesar de que han pasado siglos, la vulnerabilidad femenina parece estancada.

En la novela, Josefa viaja embarazada y soltera hacia Nicaragua, bajo el falso escudo de la viudez. Para la protagonista el exilio no era solo una huida geográfica, sino la única forma de escapar de un entorno lúgubre y del control de un sacerdote que pretendía encerrarla en un convento para seguir mancillándola.

Este ADN de migración es algo que la autora conoce bien: ella misma es exiliada política de Nicaragua en México desde 1979, y ve en la historia de su antepasada una réplica de ese dolor y esa necesidad de reinvención.

La narrativa juega con el contraste visual y emocional. La España que describe es húmeda y oscura, marcada por la violación sufrida por Josefa, mientras que el viaje hacia América se ilumina gradualmente, en un trayecto que incluye las Islas Canarias y Cuba, y que presenta una metáfora de la transformación de la protagonista, quien pasa de ser una víctima confundida de 16 años a una mujer que abraza su valentía.

En este trayecto aparece doña María Luisa, “la Tromba”, un personaje que Ligia adora por representar una feminidad libre, capaz de decidir por sí misma al ser viuda y huérfana, convirtiéndose en el pilar de una “tribu” porque decide acoger a las hermanas como su propia familia. “Se da entre ellas una sororidad decimonónica”, aunque aclara que esa palabra todavía no existía en esa época.

La solidaridad femenina también se manifiesta en Dolores, la hermana de Josefa.

La narradora, ensayista y promotora cultural explica que Dolores es “infinitamente católica” y sigue el ejemplo de Santa Teresa, buscando servir al prójimo. Para ella, acompañar a su hermana en su deshonra es su misión para estar cerca de Dios. Incluso, en la trama aparece un personaje fascinante, un torero, que pone a prueba estos lazos de lealtad y sacrificio.

Ligia dedicó casi tres años a una investigación rigurosa que incluyó el Museo del Traje, el Museo Naval, estudios sobre las castas y la estructura social de la época para dotar de realismo la descripción de los barcos de la Royal Sonata.

La España que describe es húmeda y triste, marcada por la analepsis y prolepsis (saltos al pasado y al futuro) que nos llevan de los rezos en la Catedral de León al movimiento del barco.

Además, logra que el lector sienta el peso de la vigilancia social de la época. Para ella, esa hipocresía leonesa de “conocer la vida ajena para hablar de ella” no ha muerto; simplemente se ha mudado a las redes sociales, donde la privacidad se ha disuelto peligrosamente.

Uno de los puntos más conmovedores de nuestra charla es el tratamiento de la maternidad. A diferencia de lo que podría esperarse de un origen traumático, Josefa ama al fruto de su vientre desde el inicio, protegiéndolo con una devoción profundamente católica.

Sin embargo, advierte que el final de la novela plantea un contraste poderoso con otras formas de vivir esa experiencia, un secreto que prefiere no “espoilear”.

El refugio final de sus personajes, al igual que el de la propia Ligia, es el arte. Josefa posee una memoria musical prodigiosa, un don que le permite sobrevivir económicamente al lado de su hermana, que permanece a su lado desde que abandonan España, y ambas en Nicaragua dan clases y organizan tertulias, pero sobre todo, se abren emocionalmente. La música es su banda sonora vital.

Al cerrar nuestra entrevista, Ligia se despide con la satisfacción de quien ha entregado una obra que ya va por su tercera reimpresión en pocos meses, pues quienes la han leído aseguran que se van ligeras sus páginas, a pesar del tiempo que le llevó la investigación para llevar al cabo su narrativa con un trasfondo académico poderoso.— Renata Marrufo Montañez

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