Si en nuestro ámbito todos estamos deseando que haya paz, no es cuestión de un deseo solamente, sino ya es una apremiante necesidad ante la celeridad común de cada día, que, además, crece como una pirámide al ir apilando inseguridad, temor, opresión por la escasez de lo esencial para la salud y la sana convivencia y por sentir muy cerca la violencia que amenaza a la ya muy vulnerable tranquilidad social, lo que tiene que conducirnos a ir adonde es posible generar la paz.

La Cuaresma, en la que aún estamos, nos ofrece el tiempo propicio para dejarnos guiar por el Espíritu, así como Nuestro Señor Jesús fue guiado por Él al desierto, para que el silencio y las privaciones voluntarias de las satisfacciones comunes lo fortaleciera para enfrentarse a la prueba suprema de cumplir la misión por la que había asumido humanidad: la salvación de los hombres con su muerte en la Cruz.

Por lo que nosotros también necesitamos tener la condición que se requiere para iniciar el camino que lleva adonde se puede generar la paz, que también sería como enfrentarse a una desafiante prueba, porque éste conduce hacia dentro, a la profundidad del ser, al conocimiento de sí mismo.

En el sexto día de la creación, el ser humano, revestido de la dignidad como criatura hecha a imagen y semejanza de Dios, recibe el aliento divino de su Creador (Gen 2, 7) y le concede, entre otros dones, el libre albedrío y el de la inteligencia, que lo convierte en persona y lo distingue de los demás seres creados.

Persona: Ser físico o moral, hombre o mujer, que tiene principio, origen y naturaleza, que muere, tiene fin (Peq. Larousse).

El ser humano, materia hecha con polvo de la tierra y el alma, aliento divino, al término de su vida en la tierra, sería ascendido en cuerpo glorioso a los cielos, para asumir su lugar en la gloria eterna ante el Señor su Dios; pero abusando de su libertad desobedece su mandato; y la afrenta de la creatura de materia finita a su Creador, Omnipotente y Todopoderoso, fue imperdonable, manchando su alma con el pecado, que por sí mismo, estaba imposibilitado a limpiar.

El Hijo único de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, no quiso permitir que la obra de su Padre Santísimo, creada con infinito amor y que llevaba su aliento divino se perdiera, por lo que se ofreció a salvarlo de la esclavitud de su pecado y la condenación eterna.

Y es en la plenitud de los tiempos que baja de los cielos y, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, asume la humanidad para rescatar a todos los que se hallaban bajo la ley y a ser hijos y, como hijos, herederos del Padre. (Gal 4, 7).

Jesús, imagen visible del Dios invisible (Col 1, 15), es el hombre perfecto, que devuelve a la descendencia de Adán su semejanza divina, en Él la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada a una dignidad inigualable y en virtud de ella en la Encarnación se unió a todo hombre; se integró a un pueblo, a un país y a una época y se sometió a sus condiciones sociales y culturales con los que convivió. Por lo que la naturaleza de la humanidad recibe en Cristo “nueva vida”.

Jesucristo es la “revelación” del Padre Santísimo. La salvación definitiva. Y la indescriptible efusión del amor de Dios, presencia real, verdadera del Padre Santísimo. (Pbro. José Cárdenas Pallares).

Por la Sagrada Escritura podemos conocer, las dramáticas consecuencias del primer pecado cometido por Adán y Eva, al perder de inmediato la gracia de la santidad original, (cf Rm 3,23); la armonía en que encontraban, gracias a la justicia original quedó destruída; el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo, se quebraron (cf Gn 3,7); la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones (cf Gn 3,11-13); sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio (cf Gn 3,16); la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil ( cf Gn 3,17.19). Y la consecuencia explícita por la desobediencia se realizará : el hombre “volverá al polvo del que fue formado” ( Gen 3,19). Y la muerte, hace su entrada en la historia de la humanidad (cf. Rm 5,12).

El inicio de la vida pública de Jesús, es su bautismo por Juan en el Jordán (cf Hch 1,22): “Entonces el Espíritu Santo, en forma de paloma, viene sobre Jesús, y la voz del cielo proclama, El es “mi Hijo amado” (Mt 3,13-17). Y como el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), anticipa ya el “bautismo” de su muerte sangrienta en la Cruz (cf Mc 10,38). El Bautismo que Jesús instituye, nos muestra que después del baño de agua, el Espíritu Santo desde el cielo, desciende sobre nosotros y adoptados por la voz del Padre nos transformamos en hijos de Dios. (S Hilario, Mt 2).

El ser humano como hijo, por Jesucristo, es amado con amor infinito por el Padre Santísimo, indudable realidad, y el divino amor, ilimitado, incondicional, es pródigo en dotar a sus hijos de grandes atributos propios, para que su vida terrena sea como un espacio de tiempo placentero transformado en acción de gracias por ser quién es, de quién es y para quién es. “Soy de ti y para ti”.

Pero como consecuencia del pecado original de nuestros primeros padres, se debilitan los fundamentos de la visión ética de la existencia humana y la dignidad de ser hijos de Dios parece disiparse, lo que hace importante y muy necesario recordar uno de lo atributos que el Padre nos concede: las tres virtudes teologales (la fe, la esperanza y la caridad).

La primera virtud es la fe, por la que creemos, conjuga en ella: la verdad, la fidelidad, la confianza, la seguridad, el gozo. (Dicc.Peq.Larousse).

Entonces, si al llegar a la profundidad de nosotros mismos no encontramos la “paz interior”, acudamos a las gracias, facultades y talentos que el Padre Dios amorosamente nos concede para hacerle frente a las circunstancias, conflictos, propios o ajenos, que amenacen intervenir en nuestra valiosísima paz interior, muy factible de transmitir a través de la mirada, expresiones y actitudes. Hoy es el tiempo propicio para iniciar en nuestro entorno una efectiva contribución a la paz.

Integrante del Apostolado de la Cruz.

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