• La soprano Valeria Vázquez y la mezzosoprano Gabriela Flores en el Stabat Mater de Pergolesi con la OSY, bajo la dirección de Alfonso Scarano
  • A la izquierda, Valeria Vázquez; sobre estas líneas, Gabriela Flores

Hay conciertos que se escuchan. Otros, que se sienten. Pero también los hay que se recorren desde la esperanza más instintiva hasta la evocación más profunda.

El de la noche del viernes de la Orquesta Sinfónica de Yucatán pertenece a esta última, desbordante de experiencias estéticas, espiritualidad y redención. Todo, bajo la batuta de Alfonso Scarano al frente de un tejido orquestal de gran cohesión junto con la acertada participación de la soprano Valeria Vázquez y la mezzosoprano Gabriela Flores.

El programa llevó al público a oscilar en un arco emocional que va desde el dolor a la trascendencia, uniendo en la misma vivencia a dos genios atemporales en armónica yuxtaposición: Giovanni Battista Pergolesi, con una espiritualidad íntima donde la sencillez melódica y la emoción contenida convierten lo sacro en profundamente humano, y Richard Wagner, con una estética total, cargada de tensión y simbolismo, en la que lo sonoro trasciende hasta convertirse en una vivencia filosófica y sentimental.

Precisamente en este vaivén de sentidos que transitan entre lo íntimo y lo trascendente como si no mediara distancia, la Orquesta Sinfónica de Yucatán, fiel a su sólido quehacer en cada programa, se erigió como vehículo sensible de esa contención, profundidad y equilibrio que la obra exige. El conjunto asumió el reto de unir cielo y mar en ese horizonte encarnado en Pergolesi y Wagner, dos universos estéticos unidos por la misma pulsión espiritual.

Giovanni Battista Pergolesi escribió Stabat Mater en 1736 en su lecho de muerte, mientras agonizaba por una tuberculosis que no le dejaría cumplir los 27. La obra tuvo un éxito rotundo y se convirtió en una de las más populares del siglo XVIII.

En este contexto, abrazando al dolor físico y emocional, Pergolesi compuso una obra que no busca per se la grandilocuencia, sino la intimidad del sufrimiento humano en pro de la experiencia religiosa más pura. El éxtasis de la obra es coronado en Quando corpus morietur con un “Amén” desgarrador que es capaz de despedir su alma de una vez por todas.

Las voces que resonaron en el Palacio de la Música, sostenidas por la instrumentación contenida y solemne, no narraron, suplicaron clemencia desde una tristeza transparente y depurada, bajo el engañoso velo de la obra sacra convertida en dolor. El público se rindió una vez más, dejando que el espíritu de Pergolesi se incrustara en sus sentidos.

Revelación de Wagner

Cuando la orquesta dejó ir el dolor terrenal e íntimo del compositor italiano, Alfonso Scarano condujo una transición sutil, elevando el discurso hacia la dimensión contemplativa de Richard Wagner. El Encantamiento de Viernes Santo, parte del Acto III de su ópera “Parsifal”, llegó para hacer una pausa luminosa y purificar el simbolismo que aún persistía.

Con Wagner, el lenguaje y las formas cambian. Las cuerdas dibujan atmósferas pacientes, reveladoras, y la tensión acumulada encuentra vías de reconciliación con el tiempo. Las maderas logran que la música no solo se escuche, sino que resuene. Este momento es uno de los más sublimes de toda la obra y aunque no se trate de un clímax atronador de metales, el papel del oboe en la simplicidad orquestal se traduce en el triunfo de la serenidad sobre la angustia.

Sin perder esa atmósfera, la orquesta interpretó con firmeza la siguiente pieza, el preludio de Parsifal, un canto a la profundidad engalanada con una arquitectura solemne, para traducirlo en un universo sonoro que emerge lentamente y, finalmente, logra la seducción total de los sentidos.

El tiempo wagneriano, ese que se mide en tensiones, fue habitado por la orquesta en una suerte de arquitectura invisible, sin gestos excesivos y privilegiando la sonoridad justa para permanecer y sostener al público dentro de la obra.

La Muerte de amor de Isolda logró, en el cierre, llevar el programa a su máxima intensidad. Ya no hubo contención ni quietud; al sonar los primeros compases, la pasión y el desgarro se apoderaron del escenario como una marea brava, con olas que atrapan, pero no rompen. Si Parsifal era una admiración contemplativa, la muerte de Isolda fue un desbordamiento absoluto.

La música de la orquesta logró expandirse hasta sus propios límites. Las cuerdas ampliaron el espacio emocional, los metales irrumpieron dando luz a la tragedia y, a pesar del final doloroso, todo giró en un halo de transformación imparable. La voz de la soprano Valeria Vázquez, a su vez, consiguió fundirse perfectamente con la amalgama hasta rozar la apoteosis antes de que, al cesar la música, el público se pusiera de pie para ovacionar el ejercicio.

Porque así fue. El público entendió que este transitar infinito e íntimo de un Pergolesi moribundo a un Wagner trágico era simplemente la confirmación de que la música, cuando alcanza su verdad más profunda, deja de ser sonido para convertirse en algo imborrable.— Javier Caballero Lendínez

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