Hoy conmemoramos el día de la Cena del Señor con sus discípulos. Conviene hacer una reflexión sobre el uso de los alimentos. En un mundo donde millones de personas padecen hambre, resulta paradójico que una gran parte de los alimentos producidos termine en la basura.
El desperdicio alimentario no es solo un problema logístico o económico; constituye un drama ético que interpela la conciencia humana y cuestiona los modelos actuales de producción y consumo.
De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), aproximadamente un tercio de los alimentos producidos en el mundo se pierde o desperdicia cada año, lo que equivale a cerca de 1,300 millones de toneladas.
El desperdicio de alimentos contrasta con la realidad del hambre. Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), más de 700 millones de personas sufren desnutrición. Esta situación plantea interrogantes fundamentales:
¿Es moralmente aceptable desechar alimentos mientras otros carecen de lo básico?
¿Qué responsabilidad tienen los sistemas económicos y cada individuo?
Desde una perspectiva ética, el desperdicio constituye una forma de injusticia estructural, al negar el acceso equitativo a los recursos alimentarios. El desperdicio alimentario tiene consecuencias graves:
Genera entre el 8% y 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.
Implica un uso inútil de agua, tierra y energía.
Aumenta la presión sobre los ecosistemas.
Los alimentos que terminan en vertederos producen metano, un gas altamente contaminante. El desperdicio de alimentos interpela profundamente la conciencia moral. En la tradición cristiana, el alimento es visto como un don de Dios, destinado a todos. Desperdiciarlo implica una falta de gratitud y de solidaridad.
Como recuerda el Papa Francisco, “tirar comida es como robar de la mesa del pobre”. Esta afirmación subraya la dimensión ética del problema y llama a una conversión del corazón.
El desperdicio de alimentos no es solo una cuestión ética, sino una crisis de valores. Afrontarlo exige cambios en los sistemas productivos, pero también en los estilos de vida. Reducir el desperdicio es un acto de justicia, de cuidado de la creación y de compromiso con la dignidad humana.— P. Alejandro de J. Álvarez Gallegos, coordinador diocesano para la Pastoral de la Salud, Vida y Adultos Mayores
