Anteanoche, en las mesas de Trópico 56 no solo se sirvieron bebidas y alimentos, sino también ideas, al estilo de aquellas tertulias en establecimientos de París hace 300 años.
Así, entre conversaciones cruzadas y miradas curiosas se realizó la quinta edición de Bla Bla Blarte, una iniciativa en la que nadie es espectador pasivo, pues todos hablan, escuchan y juegan.
Jonathan Hellwig, coordinador y anfitrión del encuentro, brindó la bienvenida a los asistentes que comenzaron a llegar a las 7:30 de la noche. “¿Cómo están todos?”, preguntó dando por iniciada la sesión, que reunió a literatos, académicos, artistas…
El formato propone mesas en las que cada persona tiene dos minutos para compartir ideas durante media hora. Después, el eco de esas conversaciones se lleva al micrófono. “Utilizamos el arte para platicar… simplemente ponemos un tema durante toda la sesión y todo el mundo contribuye al diálogo”, explicó Hellwig en entrevista previa con el Diario.
Antes de que las voces se multiplicaran, dos invitados ofrecieron una reflexión desde sus propias trincheras, procurando estar a tono con el tema de la sesión: “Abril, mes del niño”.
Olivia Manzanilla, quien se identificó como una hermana de Peter Pan en el mundo de los niños, llevó a los asistentes al corazón del Festival de Cine Infantil Churumbela, una iniciativa que cumple una década acercando el cine a niñas y niños, especialmente a aquellos más vulnerables.
La historia, nacida de la visión de Michelle Raguth, no solo trata de proyectar películas, sino de mostrarles a los niños y niñas que todo es posible y que son capaces de lograr lo que sea que se propongan.
En su propia trayectoria dentro del festival, dijo que encontró algo más profundo: la posibilidad de volver a jugar. “Como buena hermana de Peter Pan, he aprovechado cada oportunidad para jugar, para ser niña otra vez”.
En su intervención también hizo un llamado a desmontar el adultocentrismo que silencia a las infancias. “¿Cuántas veces nos dijeron: ‘Tú no porque eres niño’..? ¿Cuántas veces nosotros hemos sido quienes dicen eso?”, cuestionó para luego invitar a los presentes a permitirse regresar a ese estado en el cual la imaginación no pide permiso. “Es una oportunidad para abrazar a ese niño o niña que fuimos, incluso sanarlo”, consideró.
Después, Bernardo Sarvide Primo, director del Museo Regional Palacio Cantón, habló de su experiencia en los recintos museísticos, no sin antes señalar que “la versión de realidad que estamos viviendo… no parece nada halagador”, aunque luego afirmó que “el momento en que vivimos presenta posibilidades infinitas y emocionantes”.
Para Sarvide Primo, la clave está en entender que la cultura no depende únicamente de la voluntad institucional. “La administración de la cultura y la cultura por sí misma son dos cosas diferentes”. Los procesos culturales, explicó, son vivos, imposibles de contener.
En ese sentido, propuso mirar a los museos como espacios de resistencia. No como recintos estáticos, sino como ventanas que permiten entender quiénes somos y quiénes podríamos ser. “Son una guía de lo que hemos sido, lo que estamos siendo y lo que quisiéramos ser”, señaló para luego mencionar que si se quiere un mejor futuro para las artes, hay que volver a estos espacios como herramientas de análisis social y aprendizaje.
Al retomar el micrófono, Hellwig lanzó un juego e invitó a los asistentes a elegir una sola palabra. “Una sola palabra que nosotros como niños sabemos que tiene que prevalecer toda nuestra vida”. Él eligió “alegría”, como un hilo que, dijo, ha permanecido en su pecho desde la infancia.
Así, como en el juego del ahorcado, cada participante tuvo dos minutos para que los demás adivinaran su palabra. Pero más allá del juego, lo que emergió fueron pequeñas confesiones disfrazadas de pistas: valores, nostalgias, deseos que siguen vigentes en la adultez.— IVÁN CANUL EK
